La Maldita y El Cuervo Capítulo 15 - Acariciar la luna #3
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Capítulo 15 - Acariciar la luna #3

Haciendo el mayor esfuerzo de mi vida, logro articular unas pocas palabras en medio de las hiperventilaciones.

—No… puedo… Me ahogo… Tengo… salir… Aire… —suplico, aunque dudo que él entienda nada de lo que acabo de decir. De lo que está pasando dentro de mi cabeza.

Un acantilado aparece en medio de su entrecejo, partiendo sus hermosas facciones en dos. Me suelta y… se levanta. Me deja ahí, en el suelo, y se aleja con pasos rápidos.

«Parece que se le ha acabado la paciencia y ya no soporta ni un segundo más mi patético culo», me río, pero en el fondo estoy llorando. Estoy sangrando. Me estoy muriendo.

Permanezco de rodillas y agacho la cabeza hasta que mi frente toca el suelo. Estoy demasiado mareada. Intento aferrarme a algo, lo que sea, pero solo toco el suelo liso; aun así, clavo las uñas en las juntas de la madera hasta que me hago daño.

De repente, algo me cae encima y me sobresalto. En un segundo, el Cuervo me incorpora, me sienta sobre los talones y me pasa los brazos por las mangas de mi abrigo. «¿Qué está haciendo?», me sorprendo.

Me ata los botones a toda prisa, me enrolla la bufanda alrededor del cuello, cubriéndome también parte del rostro, me rodea con sus brazos y me levanta sin esfuerzo. Esto parece otra vez nuestra luna de miel.

Mi perplejidad aumenta cuando nos dirigimos al balcón. Y el desconcierto muta en pánico al ver que vamos derechos hacia la barandilla.

«¡Joder! Lo he cabreado tanto que me va a tirar a la calle desde el segundo piso como si yo fuese una cáscara de pistacho».

Al menos, debo reconocer que se le ha ocurrido una forma de lo más efectiva de ponerle fin a mi ataque de pánico. Si estoy muerta, ya no habrá pánico que valga. Si me muero, se puede ir todo a hacer puñetas. Yo incluida.

Desesperada, me engancho a su cuello y me doy cuenta de que él está sonriendo. Está encantado de la vida con la idea de deshacerse de mí.

—Eso es —asiente él—, agárrate bien fuerte a mí. Y si te mareas, cierra los ojos, no vaya a ser que me vomites encima.

«¿Marearme? ¿Vomitar? ¿De qué narices está…? Oh… Oh, oh… Oh, no. No, no, no, no. ¡Ay, Dios!», me aterro cuando él se sube a la barandilla de un salto conmigo en brazos. Aunque este terror es totalmente diferente al que estaba experimentando hace unos instantes.

—¡Me cago en los Lacasitos de colores! —berreo, cuando noto que él coge impulso.

Nos arrojamos al vacío.

Mi estómago trepa hasta mi garganta en un desesperado intento de llegar a la seguridad del balcón, pero ya es tarde. Ya no hay nada que hacer, estamos en el aire. En menos de un segundo, él extiende sus alas y emprendemos el ascenso hacia el cielo estrellado.

Cierro los ojos con fuerza y me refugio en el pecho del Cuervo. Teniendo en cuenta que me da miedo volar dentro de una lata de sardinas gigante, soy incapaz de describir lo que siento ahora mismo.

Estoy surcando la noche como un jodido meteoro a cuerpo descubierto, con el único sostén de los brazos del emplumado y sin una carrocería alrededor que me proteja si nos la pegamos.

Esto es como montar en la montaña rusa y que lo único que te sujete en tu asiento sea un tallarín al que han hervido veinte minutos de más. Aunque debo reconocer que estos tallarines son bastante musculosos, para qué mentir.

No sé cuánto rato pasa antes de que el zumbido del viento en mis oídos se detenga por completo, puede que hayan sido diez minutos, diez horas o diez milenios.

—Abre los ojos —me pide el Cuervo.

—No.

—Kaya, abre los ojos.

—Ábrelos tú.

—Yo ya los tengo abiertos —se ríe, pero yo no le veo la puta gracia por ningún lado.

—Bien por ti. Y yo también estoy bien así, gracias . Ahora déjame en paz y devuélveme al lugar al que pertenezco, al suelo, con las lombrices.

—¿No necesitabas aire? —Percibo una leve nota de diversión en su voz y por primera vez en mucho rato, más allá de la angustia o el terror, lo que fluye por mi sangre es mala leche.

Si no tuviese que soltarme de su cuello, comprometiendo mi seguridad en el proceso, juro que le arreaba un mamporro ahora mismo—.

Confía en mí por una vez, por favor. Abre los ojos y respira hondo.

«¿Confío en él?». Sigo sin tener clara la respuesta a esa pregunta. Sin embargo, por alguna estúpida razón, puede que porque no me ha abandonado en mi peor momento, le hago caso. Abro los ojos, giro la cara y la visión que tengo ante mí me roba el aliento.

Juro que, si ahora mismo extendiese el brazo, podría acariciar la luna llena, la cual se alza majestuosa ante mí a una distancia ridículamente pequeña.

Pierdo la noción del tiempo mientras contemplo embelesada esta maravilla. Es la voz del Cuervo lo que me arrastra de vuelta a la realidad.

—¿Te gusta?

—Es preciosa —admito.

De repente, me percato de que mis palabras ya no salen temblorosas ni entrecortadas.

Yo tampoco tiemblo. Mi mente está despejada, mi corazón sereno y soy capaz de respirar de nuevo.

Por esta noche, la pesadilla ha acabado.

Él le ha puesto fin. Él ha iluminado mi camino para traerme de vuelta de la oscuridad y lo ha hecho entregándome la luna.