Capítulo 15 - Acariciar la luna #2
Ya no dudo más. La rodeo con mis brazos, la coloco en mi regazo y la abrazo fuerte.
Ojalá hubiese algún modo de quedarme con su sufrimiento, de absorber todo eso que le hace daño a través de la piel y hacerlo mío, de introducir mis manos en su alma y arrancar de raíz todas las cosas horribles con las que carga.
No hay nada que desee más en este mundo que liberarla de esas pesadas cadenas.
Cuando noto el contacto en el hombro, mi cuerpo reacciona solo y se encoge más. A lo mejor, si me hago lo suficientemente pequeña, si nadie me ve, si nadie repara en mí, no me harán más daño.
Creo que ha funcionado porque no siento más dolor, solo el mismo que lleva carcomiéndome por dentro años, como si mi alma fuese un pedazo de madera podrida.
Otra mano se apoya en mi hombro y mi estómago se pone del revés. Sin embargo, solo me mueven y me incorporan. Alguien me está hablando, pero no entiendo las palabras. Solo oigo un murmullo grave.
A través del zumbido de mis oídos, me parece escuchar mi nombre. Mis ojos logran enfocarse en la figura que tengo delante. Es el Cuervo.
Por alguna razón que no comprendo, no parece enfadado o asqueado conmigo, sino afligido. Cualquiera diría que mi angustia se ha convertido en algo infeccioso y se le está pegando a él también.
Su mano se alza. «Ah, me he equivocado. Sí que está enfadado. Ahora viene el golpe». Aprieto los dientes para no morderme la lengua, al menos esa lección sí la aprendí bien.
Una caricia lenta deja una sensación aterciopelada en mi mejilla. Sus labios se mueven. Me está diciendo algo, aunque yo no lo capto porque mi mente está demasiado ocupada lidiando con la perplejidad.
«¿Por qué? ¿Por qué sigue aquí? ¿Por qué no me ha hecho daño? ¿Por qué parece angustiado? ¿Por qué tengo la impresión de que está intentando consolarme?».
Él sabe que lo he tirado por el balcón. Puede que incluso haya deducido lo de la sopa y el insecticida. Solo eso sería motivo más que suficiente para que quisiese vengarse de mí y lastimarme. Y no lo ha hecho.
Las veces que yo tuve un ataque de pánico con Ethan, él se limitó a llamarme exagerada, teatrera, me miró como si yo fuese un trozo de animal muerto que un gato hubiese vomitado delante de su puerta, y se largó, asqueado, dejándome totalmente sola para lidiar con lo que él me había hecho. Y el Cuervo sigue aquí.
De hecho, el día que ese salvaje me sacó a rastras del baño y que por poco me revienta la cara de un puñetazo, yo tuve el peor ataque de ansiedad de toda mi vida.
Y lo que ese bestia hizo fue decirme que le estaba poniendo de los nervios y, como yo no conseguía calmarme, acabó dándome un tortazo que me tiró al suelo.
Después, mientras yo me asfixiaba en una mezcla de terror, lágrimas y sangre; él me hizo a un lado con el pie y se marchó sin mirar atrás.
Y el Cuervo me acaba de acariciar la cara.
No me ha hecho daño. No ha perdido la paciencia. No me ha gritado. No me ha insultado. No se ha ido. Sigue aquí, cuidando de mí. Incluso después de cómo lo he tratado estos días. Incluso después de haber intentado matarlo, joder, sigue aquí para mí.
Estoy totalmente perdida. «¿Cómo es posible que este chico sea un acosador y un mentiroso?». No lo sé. No sé nada. Solo sé que cada vez me cuesta más respirar.
Lo miro y por fin capto sus palabras.
—¿Yo te he hecho esto? —pregunta angustiado—. ¿Quieres que me vaya?
Una nueva oleada de pánico satura mi sangre.
«No me dejes. No me dejes sola, por favor».
Todavía no sé si puedo confiar en él, pero sí sé que lo necesito aquí porque no creo que yo sola pueda encontrar la salida de este pozo en el que me he hundido.
Intento hablar, pero solo salen unos pitidos extraños de mi garganta.
La tristeza lo cubre. Parece terriblemente abatido, igual que toda esta semana. Sus dedos se aflojan, me está soltando, y él se retira un centímetro.
Se va a marchar. Se va a ir, llevándose esa sonrisa luminosa que se ha marchitado por mi culpa. Se va a ir, dejándome sin un consuelo que ni yo misma creía necesitar. Se va a ir, y ya no habrá nadie que me salve de esta pesadilla.
Desesperada e incapaz de decir nada, hago lo único que puedo, muevo enérgicamente la cabeza a ambos lados. Dos lágrimas caen de sus ojos. Solo han sido dos gotas y, sin embargo, verlas causa una inundación dentro de mí.
La tensión de mi pecho aumenta y mis costillas se expanden. Estoy a punto de quebrarme entera cuando sus brazos me sujetan y contienen la embestida del dolor.
Me coloca en su regazo, me estrecha muy fuerte y me acuna mientras tararea una melodía suave en mi oído.
Reconozco la canción, es la que yo estaba cantando en sueños, aunque eso es imposible.
De vez en cuando me repite que voy a estar bien, que soy fuerte, que soy valiente, que él está conmigo y que no va a dejar que me ocurra nada malo.
Sus gestos son como una suave lluvia de primavera que poco a poco calma y apaga la angustia que me estaba consumiendo. Con la mente y el alma un poco más serenas, me permito abrir los ojos. No ha sido una buena idea.
Frente a mí están las manchas de la pared que no conseguí limpiar. El resultado final de una discusión que tuve con Ethan porque yo quería ir al cine con mis amigas. Solo eso.
Él me acusó de estar mintiendo y de usar lo del cine como excusa para verme con algún chico, y me prohibió ir. Yo no cedí. Discutimos. La cosa se descontroló y me tiró su bebida. Y luego alegó que había sido un accidente y culpa mía por sacarlo de sus casillas de ese modo.
Una espiral de ansiedad brota de lo más profundo de mi mente y se me traga viva por segunda vez. Hay demasiados malos recuerdos en mí. Demasiados detonantes en esta casa. No tengo la fuerza necesaria para enfrentarme a esto. Ahora no. No puedo quedarme aquí. No puedo moverme. No puedo respirar.
—Kaya. —La profunda voz del Cuervo me ancla levemente a la realidad—. Kaya, ¿qué pasa?
Me separa de él lo justo para poder mirarme a los ojos.