Capítulo 15 - Acariciar la luna
Mientras su cuerpo se precipita al vacío nuestras miradas se encuentran una última vez. En sus ojos veo sorpresa…, y muchísimo dolor. Y eso hace que a mí también me duela algo dentro del pecho. Lleva haciéndolo desde el día del insecticida.
«Ahora no te vengas abajo», me reprendo. Esto es lo que yo quería. Quería deshacerme de él antes de que él me jodiese la vida igual que hizo Ethan.
No podía quedarme de brazos cruzados por segunda vez. Me propuse defenderme, protegerme y librarme del pajarraco; y es lo que he hecho. Sin embargo, ahora mismo no me siento demasiado bien. No siento júbilo, ni orgullo, ni tengo una sensación de victoria. Más bien es al revés.
La noche se lo traga y él desaparece por completo de mi vista. Pasan unos segundos angustiosos en los que no se escucha nada y finalmente oigo un golpe seco. A la vez, algo se desgarra dentro de mí.
Me levanto sin tener muy claro si las piernas me van a sostener, me están temblando demasiado. Mi pulso cada vez es más errático y mi mente se enturbia.
De repente, una sombra se alza en el cielo y me engulle. Recortada contra la luna llena hay una figura. Un ángel tejido de oscuridad con dos zafiros llameantes por ojos.
El aliento se me atasca en la garganta. «Joder. Joder. Joder. Joder. ¡JODER!». Resulta que el Cuervo tiene alas y sabe volar. En mi inmensa estupidez no había tenido eso en cuenta. Aunque debo admitir que en el fondo me siento muy aliviada de verlo de una pieza. Aliviada e impactada.
La visión es sobrecogedora, en parte aterradora y, al mismo tiempo…, hermosa. Sus alas parecen hechas de ónice bañado en polvo de diamante y centellean como un manto de terciopelo oscuro salpicado de estrellas.
Bate las alas un par de veces y aterriza con gracia en la barandilla. De ahí salta al balcón. Lo tengo a escasos palmos de distancia, su fuerte figura ahora enmarcada por esas alas cuya envergadura fácilmente supera los dos metros de ancho.
Cuando me fijo mejor en las duras líneas de su rostro, en la ferocidad de las hogueras de sus ojos y en su boca fruncida, tomo consciencia de que el Cuervo no está nada contento. Para ahorrarnos los eufemismos, está furioso.
Todo rastro de alivio muere de golpe y solo queda el miedo y la sensación de que estoy a dos segundos de hacerme pis encima.
—Kaya —susurra con voz gélida—, empiezo a tener la impresión de que intentas hacerme daño…
«Me ha pillado. Mierda. Me va a matar». Totalmente aterrada, giro en redondo y me lanzo hacia el interior del apartamento.
En un primer momento me planteo correr hacia la calle, pero entonces me enfrentaría al reto de bajar dos pisos sin que él me dé alcance. Esa idea queda descartada.
Solo me queda encerrarme en el baño o en mi habitación, y rezar por que mis puertas estén hechas a prueba de seres infernales cabreados. Cosa que dudo porque la del baño no aguantó ni la patada de un hombre normal y corriente.
El recuerdo del sonido de la madera astillándose y de la manilla impactando contra las baldosas, que también acabaron agrietadas, me llena la boca de bilis.
«Ahora no, por favor», imploro. No puedo lidiar con esas memorias en este preciso momento cuando hay un tengu que intenta darme caza. Pero ya es tarde, el baúl se ha abierto y no tengo la entereza mental para volver a cerrarlo.
Una imagen atraviesa mi campo de visión y se mezcla con la realidad que me rodea. Ethan entrando al baño, cogiéndome del pelo y sacándome a rastras.
Esos recuerdos me empujan a alejarme del baño. Tuerzo a la derecha, en dirección a mi cuarto, y acelero espoleada por el pánico. No llego muy lejos. Antes de adentrarme en el pasillo, una mano se cierra alrededor de mi brazo.
Me revuelvo y logro soltarme porque, gracias al cielo, él no me ha sujetado con demasiada fuerza.
—Kaya, por favor…
No escucho las palabras que siguen a esas tres, mi desesperación por ponerme a salvo es tan inmensa que ha inundado mi cabeza, ha llenado mis oídos y amenaza con desbordarse por mis ojos.
El Cuervo intenta sujetarme otra vez. En mi afán por apartarme, tropiezo y me caigo contra la pared. Otro recuerdo estalla en mi cabeza. Ethan zarandeándome sin piedad y mi nuca golpeando el papel pintado de color crema tres veces.
Me estoy hundiendo. Me estoy quebrando. Me estoy ahogando.
Me llevo las manos a las sienes y aprieto con fuerza, como si de ese modo pudiese contener la avalancha de memorias espantosas que me está sepultando viva.
Ya no puedo correr. No puedo caminar. Prácticamente no puedo respirar.
No puedo huir del Cuervo, así que me puedo dar por muerta.
Y siendo honesta, llegados a este punto, me da igual.
Solo quiero que este tormento acabe de una vez.
Que este dolor termine. Quiero dejar de sentir esta angustia y este miedo paralizante de la forma que sea.
Noto una mano en mi espalda. Aprieto los dientes esperando a que llegue el golpe, pero en su lugar lo que siento es una rítmica caricia que sube y baja por mi columna.
Me permito abrir los ojos y una mano de piel más pálida que la luna se apoya en la pared delante de mí. El Cuervo la usa de sujeción para inclinarse y poder mirarme a la cara.
Sin embargo, yo no lo veo. Su rostro desaparece, igual que todo lo que me rodea cuando otro recuerdo me devora y me mastica, destrozando mi cuerpo y mi alma.
Un último empujón contra la pared. Sus dedos clavándose en mi hombro para retenerme.
Un puño impactando con violencia a escasos centímetros de mi rostro.
Las lágrimas que no pude contener. Mi estómago encogiéndose.
Él gritándome y diciendo que, si no me comportaba, el próximo golpe iría directo a mi boca.
No puedo soportarlo más y me encojo sobre mí misma. Me hago una bola de miseria sobre el suelo y rezo en silencio porque todo esto acabe de una vez. Las lágrimas acompañan mis plegarias. Mis pulmones están cada vez más vacíos. La oscuridad me envuelve.
Nunca en todos los años que llevo vivo había percibido este nivel de angustia en nadie.
Kaya está hecha un ovillo en el suelo, llorando de un modo desgarrador y los sonidos que produce al respirar me están asustando.
Se está ahogando. Se está rompiendo ante mis ojos.
Y no sé qué hacer para ayudarla porque ni siquiera sé si esto es culpa mía.
Una parte de mí quiere creer que no. Es cierto que he cometido muchos errores en la última semana y sigo sin entender algunos de ellos, pero me cuesta creer que Kaya se haya puesto así solo porque yo estaba intentando hablar con ella.
Cuando me he dado cuenta de que me había empujado, el resto de las piezas han encajado en su sitio. La sopa. La niebla tóxica. Lleva una semana intentando deshacerse de mí.
Por eso la he seguido, para explicarle que no es necesario que haga esto porque yo me iré de aquí en cuanto cumpla con mi deber.
No tiene que seguir poniéndose en peligro de ese modo.
En el balcón ella también se ha tropezado y podría haberse caído.
El otro día por poco se asfixia. No puede seguir haciendo temeridades que pongan en riesgo su seguridad.
Sin embargo, por mucho que ella no quiera hablar conmigo y que yo haya intentado retenerla para poder explicarme, me parece que eso no justifica lo que estoy viendo ante mis ojos. Aunque después de todo lo que me he equivocado últimamente, no puedo estar seguro.
—Kaya —la llamo, pero ella no responde. Ni siquiera sé si puede oír algo más allá de sus propios sollozos y ese sonido silbante y espeluznante que está produciendo su pecho.
Pongo una mano en su hombro y se encoge más sobre sí misma. Mi corazón se hace jirones y sangra. Verla así es la segunda cosa más dolorosa que he experimentado nunca. La primera fue perderla.
No sé qué hacer. Si esto es culpa mía, lo mejor sería dejarla tranquila.
Desaparecer unas horas hasta que ella esté bien.
Unas horas… o definitivamente. Tal vez podría vigilarla desde algún tejado a partir de ahora para no imponerle mi presencia.
Tendría que vivir en la calle en este mundo extraño y frío, pero no me importa si así ella mejora.
Aunque si esto no es culpa mía… No puedo dejarla sola. No puedo abandonarla a su suerte mientras lucha por sobrevivir a unas heridas que recibió injustamente a manos de un loco desalmado. Porque tengo bastante claro quién es el responsable de esto si no soy yo.
Con una pena inmensa, la sujeto de ambos hombros y la obligo a incorporarse un poco para poder verla bien.
Al quinto intento llamándola, ella por fin reacciona. Sus ojos vagan sin rumbo hasta encontrarse con los míos. Lo que veo en ellos me destroza. No puedo soportarlo y acaricio su rostro, que ahora está más húmedo que la arena de la orilla del mar.
—Kaya, por favor, solo necesito que me respondas a una cosa.
¿Esto es culpa mía? —No tengo ni idea de si me está entendiendo.
No parece estar aquí. Puede que su cuerpo lo esté, pero ella no.
Los ojos me escuecen horrores—. ¿Lo que te está pasando es culpa mía?
Porque si lo es, me iré ahora mismo. No volverás a verme nunca. Lo juro.
«Seguiré cuidando de ti, pero lo haré sin que tú tengas que aguantarme».
Su respiración se vuelve más superficial y el pitido agudo de su pecho aumenta de volumen.
«Por favor, dime algo. No puedo ayudarte si no me respondes, si no sé cómo actuar para no hacerte más daño».
—¿Yo te he hecho esto? —repito—. ¿Quieres que me vaya?
El denso olor a miedo que la rodea se vuelve más espeso y se me revuelve el estómago. Me parece que me he vuelto a equivocar y que esto sí es culpa mía después de todo.
Me mentalizo para soltarla, para soltarla para siempre, cuando su cabeza se mueve de izquierda a derecha, negando.
Lo que el dolor no ha logrado lo consigue el alivio y una gota salta al vacío desde mis ojos. «Menos mal». Otra más la sigue.