La Maldita y El Cuervo Capítulo 14 - Pompas con olor a limón #3
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Capítulo 14 - Pompas con olor a limón #3

—Es… Es que había un bicho y… y a mí me dan mucho asco, ya lo sabes…

—balbucea con voz muy aguda—. Por… Por eso te he llamado.

Para que lo matases, pero… tú has tardado mucho en venir y he cogido el insecticida y…

y… y como estaba nerviosa, creo que he echado más de la cuenta.

Pero ha sido un accidente… De verdad… Un accidente.

Nadie me ha tocado, sin embargo, yo siento que me acaban de dar un puñetazo en el plexo solar. Uno tan brutal que mi carne se agrieta y las rajas alcanzan mi corazón, que sangra de nuevo.

—Kaya, lo siento mucho. Te he vuelto a fallar —me disculpo, derrotado—.

Da igual cuánto me esfuerce por arreglar las cosas, solo lo empeoro todo.

Primero te hice daño y sigo sin saber por qué.

Después arruiné tu cena comportándome como un animal de granja.

Ahora por poco te asfixias porque no he acudido lo suficientemente rápido en tu ayuda… De verdad que lo siento.

Ella por fin se incorpora y me mira. Sus preciosos ojos están llenos de escepticismo. No me cree. No cree que de verdad lamento todas las cosas que estoy haciendo mal.

Se supone que soy su guardián. Que estoy aquí para protegerla, para cuidarla y para hacerla feliz… Y lo único que estoy consiguiendo con mi torpeza y mi ineptitud es herirla a nivel emocional y físico. Lo que acaba de pasar es la mejor prueba de ello.

Estoy empezando a plantearme que ella estaría mejor sin mí. Que sería más feliz sin mí. Es evidente que esta Kaya me desprecia. Debo aceptar que perdí a la mía hace seiscientos años, pasar página y no seguir imponiendo mi presencia a la fuerza.

El problema es que sí hay una amenaza real en su vida. Y hasta que ese hombre no desaparezca, yo tampoco puedo hacerlo porque, aunque esta Kaya me odie, yo sí que la quiero. La quiero y le deseo lo mejor. Necesito asegurarme de que, así sea sin mí, su vida es segura y dichosa.

Supongo que, por ahora, lo mejor que puedo hacer es dejarla tranquila. Permanecer a su lado, pero a distancia, hasta dar con ese hombre. Y luego, cuando me haya ocupado de él, desaparecer para siempre.

—No creo que lo hagas, pero si me necesitas para algo, avísame —le digo. Entro, me voy a un rincón del salón y me siento ahí, procurando no molestarla más.

Llevamos tres días en silencio absoluto. Ahora que yo he dejado de hablarle, ella no ha hecho el más mínimo amago de dirigirse a mí, acercarse o mirarme. Me ignora por completo. Para ella solo soy parte del aire de la habitación.

Sinceramente, puede que sea así porque me siento totalmente vacío, como si ya no quedase nada en mí, solo una sensación de derrota infinita.

—Perdona. —Escuchar su voz me sobresalta y por poco me golpeo la nuca contra la pared.

Kaya está al lado del balcón con el cesto de la colada en las manos y una expresión muy tensa en el rostro—.

Tengo que tender las sábanas y yo sola no voy a poder, pesan demasiado ahora que están mojadas. ¿Te importa ayudarme?

—No, claro que no. —Me pongo en pie. Llevo tanto rato sentado en la misma postura que mis músculos están un poco agarrotados—. Hace mucho frío fuera, si quieres, lo hago yo solo —me ofrezco—. No hace falta que salgas.

—Prefiero estar yo también. —Desvía la vista hacia un lado.

«Ya no se fía ni de que tienda bien la ropa».

—Como quieras. —Camino cabizbajo hasta el balcón. De pronto, reparo en una cosa—. ¿No pasa nada si salgo así?

El día del accidente hice trizas la prenda que ella me compró para que ocultase mis plumas («otro error más») y no tengo otra de recambio.

—Es tarde, está oscuro y hace muchísimo frío —comenta—, dudo que haya mucha gente por la calle o que se vayan a percatar de las plumas si miran hacia aquí.

Asiento y salgo a la terraza. Es verdad que hace muchísimo frío y no se ve a nadie.

Ella deja el cesto en el suelo y vuelve a entrar rápidamente. «Igual va a ponerse el abrigo», conjeturo. Sin embargo, cuando regresa, trae en la mano el pequeño taburete que usa para llegar a los estantes más altos de la cocina.

—Las sábanas son muy largas, tenemos que subir un poco la cuerda de tender —me explica.

—Ya lo hago yo.

La he visto tambalearse peligrosamente al subirse a esa cosa en la cocina, no quiero que pase lo mismo aquí fuera. Si se tropezase en el balcón, podría ser fatal. Prefiero hacerme cargo yo. Después de todo, sigo siendo su guardián; aunque lo esté haciendo de pena.

Coloco el taburete, lo tanteo con el pie para asegurarme de que el apoyo es firme y me subo. Desengancho un extremo de la cuerda y lo alzo varios palmos.

—Un poco más alto —me indica ella. Alargo los brazos al máximo y me dispongo a clavar el gancho en la pared. Cuando lo colocamos, ella necesitó un martillo para fijarlo, a mí no me hace falta, solo tengo que empujar fuerte—. Más alto o las sábanas van a arrastrar por el suelo.

«¿Más?», me sorprendo. Juraría que esta altura es suficiente, sin embargo, no digo nada. No pienso llevarle la contraria. Me limitaré a hacer lo que me pide y ya está. Me pongo de puntillas y me estiro todo lo que puedo.

—¿Así está bien? —le pregunto. Silencio—. ¿Kaya?

Como no me responde, desvío la mirada hacia abajo a tiempo de verla hincar su hombro en mis corvas.

Los dos trastabillamos. Mis pies se separan del taburete. Ella se balancea e impacta contra las rejas de la barandilla. Mi cuerpo sobrepasa el bordillo y caigo al vacío.