Capítulo 14 - Pompas con olor a limón #2
Vuelve a taparse la boca corriendo cuando sus tripas amenazan una vez más con abandonar su cuerpo. Las mías las imitan por solidaridad y me da una arcada solo de pensar en lo que está a punto de pasar.
«Ay, Dios. Ay, Dios. Ay, Dios. Ay, Dios… ¡Ay, Dios mío!». Estoy hiperventilando.
Él extiende una mano en mi dirección.
—Kaya, tranqui…
El sonido por fin logra escapar de su estómago y emerge al mundo en forma de un atronador eructo que va acompañado de un millar de pompas con olor a limón. Los dos nos quedamos paralizados en medio de las pequeñas esferas flotantes.
—Creo que yo no debería volver a comer culiandro —declara él, antes de eructar por segunda vez y tirarme a la cara más pompas perfumadas.
El pajarraco se ha pasado dos días enteros eructando pompas de jabón. Dos días . Pero no ha tenido a bien morirse. Al parecer, los estómagos demoníacos están hechos a prueba de sustancias tóxicas.
Y después de que casi me muero yo al pensar que iba a ver una fuente de entrañas licuadas en mi comedor, he decidido que a partir de ahora mis planes de asesinato tienen que ser más limpios e higiénicos.
Nada de salpicones de sangre ni de tripas desparramadas.
Necesito que el Cuervo se muera de forma ordenada, aseada y, a ser posible, sin armar mucho alboroto.
Tras darle muchas vueltas a muertes que cumplan esos tres requisitos, he dado con la solución. Por eso, de regreso a casa, paro en el supermercado y compro el bote más grande de insecticida que veo.
Cuando lo uso con las moscas, estas caen fulminadas de inmediato y luego solo tengo que barrer sus cadáveres. Coser y cantar. Y un cuervo viene a ser como una mosca gigante y emplumada, ¿no?
Estoy muy triste. Kaya me dio una oportunidad para arreglar las cosas, incluso preparó la cena para los dos y, en lugar de aprovecharlo, lo estropeé todo otra vez comportándome como un cochino sin modales ni decoro.
Desde ese día ella no ha vuelto a dirigirme la palabra. Sinceramente, no puedo culparla. Yo también me ofendería si alguien me eructase en la cara. Gracias al cielo, al fin parece que mi estómago ha vuelto a la normalidad.
Algo de esa sopa de pollo me sentó francamente mal. La sensación me recordó vagamente a una vez que intentaron envenenarme… Pero aquella vez no eructaba pompas. No tengo ni idea de dónde salieron las pompas.
Escucho las llaves en la puerta y corro a la entrada para recibirla con una sonrisa, igual que siempre, aunque por dentro esté llorando.
—Hola, Kaya. Espero de corazón que hayas tenido un buen día. —Silencio. «No te rindas», me animo—. ¿Sabes una cosa? Tengo una buena noticia, ya no suelto pompas. Ya vuelvo a ser normal.
A lo mejor, si sabe que ya no me comporto como un gorrino, se le pasa un poco el enfado. Ella solo me mira de reojo. Deja sus cosas en los colgadores, pero no se quita el abrigo y se va hacia la habitación con él puesto, agarrándose la zona del pecho.
Mi agobio se dispara. «¿Tiene frío? ¿Se encuentra mal? ¿Le duele algo?». Quiero ir tras ella y preguntarle, sin embargo, no me atrevo. No quiero atosigarla y que me acabe repudiando más. Aunque también es cierto que es imposible que me odie más de lo que ya lo hace.
Me llevo las manos a la cara y trato de respirar lentamente para no ceder a los pensamientos pesimistas que me llevan acosando todos estos días.
«Solo debo ser paciente. Paciente y comportarme bien de una vez.
Así, seguro que al final ella accede a que hablemos.
Sé que lo hará. Kaya es buena y tiene un corazón gentil.
Mientras tanto, no puedo presionarla. Esto es culpa mía y ahora debo lidiar con las consecuencias de mis actos y mis errores».
—Oye —la escucho hablar desde el fondo del pasillo—, ¿puedes venir un momento? Necesito ayuda con algo.
Me quedo paralizado.
—¿Me…? ¿Me estás hablando a mí? —titubeo.
—¿Es que hay alguien más en la casa? —Una pequeña chispa de esperanza prende en mi pecho. «Lo de contarle que ya no parezco un bote de jabón estrujado sí que ha funcionado»—. ¿Vienes o no?
—¡Voy! —Casi echo a correr—. ¡Claro que voy! —De camino hacia el pasillo, intento serenarme. Necesito estar tranquilo para no cometer más fallos. Debo comportarme y no hacer nada malo. Giro la esquina que lleva hacia su habitación—. ¿Con qué necesitas…?
Escucho un siseo extraño y de pronto la boca se me llena de una niebla que sabe fatal y que pica en la lengua. También me arden los ojos, la nariz y la piel. «¿Qué es esto? ¿Nos están atacando?».
—¡Kaya! —grito, y la busco a tientas porque no veo nada—. ¡Kaya, ¿estás bien?!
Mi pregunta es respondida con un aluvión de toses y unos ruidos sibilantes. «Se está ahogando». Mis instintos toman el control y me guío por el sonido. La localizo. Tanteo con las manos y siento que está encorvada y medio caída sobre la pared.
La rodeo con un brazo, me la cargo al costado y regreso por donde he venido.
Ya he pasado suficiente tiempo en este apartamento para poder moverme sin ver, así que voy derecho al balcón y salimos al frío vespertino.
El aire fresco ayuda a calmar mis irritados ojos y también alivia la sensación de ardor en los pulmones.
Consigo enfocar la mirada lo suficiente para ver a Kaya doblada por la cintura. Tose de forma tan violenta que al final le da una arcada y escupe un montón de saliva sobre el suelo.
—Qué asco —dice, entre tos y tos—. No mires.
—No te preocupes ahora por eso. —La sostengo con un brazo mientras le froto la espalda con el otro—. Céntrate en respirar el aire limpio. ¿Te ha entrado esa cosa en los ojos?
Ella niega, justo antes de que le dé otra arcada.
—Los tenía cerrados… Solo lo he respirado.
—Menos mal. Tú no te preocupes, te vas a poner bien. Y yo voy a descuartizar al responsable de eso. —Un gruñido reverbera por mi pecho y ella se tensa más que la cuerda de un arco.
—Ha sido un accidente —musita.
—¿El qué ha sido un accidente?
—Lo del insecticida…
No comprendo esa última palabra; sin embargo, deduzco por lo que está diciendo y por su tono que la responsable de lo que ha pasado en el pasillo ha sido ella.
—¿Esa niebla ha sido cosa tuya?