Capítulo 14 - Pompas con olor a limón
Me he pasado prácticamente todo el fin de semana encerrada en mi cuarto.
Solo he salido para cubrir dos necesidades básicas: ir al baño y comer.
Y con la primera llegué a plantearme la opción de pedir un arenero de gato en Amazon.
Si la idea no me resultase tan repulsiva y antihigiénica, lo habría hecho.
Y el Cuervo se ha pasado todo el fin de semana sentado en el puñetero suelo delante de mi puerta como un cachorro abandonado, intentando hablar conmigo cada vez que yo ponía un pie fuera de la habitación.
Es verdad que de momento no se ha puesto agresivo y que no deja de suplicarme que hablemos y arreglemos las cosas. Pero no me lo trago. Conozco esta versión de la manipulación. El hombre arrepentido que jura que nunca lo volverá a hacer. «Patrañas».
No voy a creerme sus mentiras. No voy a confiar en él. Ni me voy a arriesgar a que al final se canse de intentarlo por las buenas y decida forzarme a que lo perdone por las malas. También he visto esa versión de las cosas.
Lo que le dije iba totalmente en serio, si no se larga por su propia voluntad, yo me ocuparé de echarlo. Ya me he hartado de ser un ratón cobarde que soporta lo que sea en silencio. Esta vez, voy a plantar cara.
Está claro que no puedo presentarme en la comisaría de policía para poner una denuncia y pedir una orden de alejamiento contra un demonio. De hacerlo, la que acabaría entre rejas sería yo; así que no puedo contar con la ayuda de las autoridades.
He buscado en internet otro tipo de ayuda. He intentado localizar exorcistas, y lo he hecho… Pero todos parecen unos timadores. Creo que de contactar con ellos, solo acabaría con dos perturbados pegados a mí en vez de uno.
Tampoco puedo hablar de esto con las chicas o con mis padres porque también corro el riesgo de que piensen que finalmente he perdido el poco juicio que me quedaba.
Estoy sola. Me ocuparé de esto yo solita. Esta vez, me defenderé. No viviré ese infierno de nuevo. Voy totalmente en serio. Recurriré a lo que sea para deshacerme del Cuervo, incluso a las ideas homicidas. Así de en serio voy.
Al principio, cuando pensé en asesinarlo, estaba un poco reticente por todo el tema de que matar está mal y eso… Luego lo reconsideré mejor.
Yo no tengo la fuerza ni los medios para lograr que se vaya porque sí. Igual que tampoco tuve forma de impedir que me siguiese hasta aquí. Para librarme de él, necesito medidas drásticas.
Aparte, él es un demonio, así que ¿de verdad está mal que lo mate? Probablemente, no. Estaría protegiendo al mundo de un ser maligno. Seguro que hasta me dan la Medalla al Valor, el Premio Nobel de la Paz o algo así.
Por eso, me paso todo el lunes barajando opciones para matar a ese pajarraco acosador mientras coloco los libros que los estudiantes devolvieron el viernes a última hora.
Llevo unos días sintiéndome verdaderamente miserable. Kaya sigue sin hablarme. Ni siquiera reconoce mi presencia salvo para lanzarme miradas de soslayo cargadas de desdén y recelo. Y si no se comunica conmigo, no sé cómo vamos a arreglar esto.
He perdido la cuenta de las veces que me he disculpado. El otro día me postré ante ella y le supliqué perdón con la frente pegada al suelo, y pasó de largo como si yo solo fuese una mota de polvo. «No, incluso al polvo le haría más caso. Al menos se detendría a limpiarlo».
Probé a hacerle llegar mis sentimientos de otro modo y cociné para ella. Estuve varias horas en la cocina y cuando le ofrecí el plato, lo tiró directamente a la basura con la vajilla incluida.
Como no quiere escucharme, también le escribí una carta. Me costó mucho ya que la escritura occidental es compleja para mí. Ella hizo una bola con el papel y la tiró al inodoro como si mis sentimientos fuesen equiparables a excrementos.
No voy a mentir, la desesperación está empezando a pesar en mí y toda esta situación me duele horrores.
Me siento triste, solo y perdido. Mi ánimo baila por una línea más fina que el filo de una katana y puede caer en cualquier momento al abismo.
Aun así, mientras me queden fuerzas, seguiré perseverando.
Cuando escucho las llaves en la cerradura, corro a la entrada.
Sé que ya no puedo abrazarla, no soy tan tonto como para no darme cuenta de eso (aunque sí soy lo bastante tonto como para haberle hecho tanto daño y no saber por qué).
Sin embargo, sí quiero recibirla. Demostrarle que me alegro de verla y de que haya vuelto sin importar las circunstancias.
—Hola —la saludo nervioso. Solo obtengo silencio—. ¿Qué tal te ha ido el día?
Kaya deja sus cosas en los colgadores y se dirige a su cuarto. Seguro que va a volver a encerrarse dentro.
Permanezco cabizbajo en el recibidor. No me quedan fuerzas para moverme, las estoy usando todas para no derrumbarme.
Escucho pasos que regresan por el pasillo, probablemente ella vaya al baño antes de quedarse en su cuarto toda la tarde, igual que lleva haciendo estos días.
—Hoy haré yo la cena para los dos.
Alzo la cabeza al segundo. Está asomada a la esquina del pasillo y me está mirando. Me está hablando. Es igual que sentir de nuevo el sol después de un invierno que ha durado un milenio.
—Si estás muy cansada, a mí no me importa cocinar —me ofrezco.
—No. Cocino yo. —Su tono es seco, pero no me importa. Mientras me hable, me da igual cómo lo haga.
—Lo que quieras. —Dudo un segundo—. Kaya, si ya te sientes un poco mejor, ¿podemos hablar de lo que pasó el otro día, por favor? Yo… Yo quiero entender qué hice mal…
—No quiero hablar de eso —me corta—. Solo venía a informarte de lo de la cena.
Se da la vuelta y se va.
—Vale… —murmuro al espacio vacío.
Tengo que asegurarme de que el pajarraco se come esto, así que, aunque no quiero, me siento a la mesa con él tras comprobar veinte veces que le he puesto a él el tazón con el dibujo del gato. Ese es el que lleva medio bote de friegaplatos dentro [4] .
Por muy demonio que sea, su cuerpo parece regirse por las mismas funciones fisiológicas básicas que el del resto de los seres vivos. Por eso he deducido que, si interfiero con esas funciones, lo más seguro es que lo mande de cabeza al otro barrio. De ahí mi brillante idea de esta noche.
Igual que siempre, él espera a que yo coma primero para coger sus cubiertos. Intentando ser disimulada, observo cómo se lleva la cuchara a la boca. Su nariz se arruga de inmediato, aun así, traga.
—¿Le has puesto algo diferente a la sopa de pollo? —me interroga—. Sabe… algo rara. Un poco a limón y… a otra cosa. —Se nota que está haciendo un esfuerzo por no torcer la boca.
—Le he puesto limón porque va bien con este frío; por la vitamina C, ya sabes —comento de la forma más despreocupada que puedo, y él asiente—. También lleva cilantro. Es una hierba. Igual es eso el otro sabor que notas —miento, y desvío la mirada por si acaso mis ojos me delatan.
—El culiandro sabe igual que huele el jabón de los platos —murmura.
En otras circunstancias, me habría reído de su error. Ahora estoy demasiado agobiada. Si descubre lo que he hecho, solo Dios sabe lo que podría pasar. Y si no se lo come, todo mi plan para convertirme en la versión doméstica de Hannibal Lecter se irá a la mierda.
—¿No te gusta? ¿No te lo vas a comer? —digo, fingiendo indiferencia.
—Yo jamás rechazaría algo hecho por ti —asevera, un segundo antes de agarrar el bol de sopa con ambas manos y bebérselo entero de tres tragos. Si mi boca no ha aterrizado dentro de mi comida ha sido de puro milagro—. ¡Y está muy bueno!
Eso sería más creíble si el emplumado no tuviese un ojo medio cerrado, la ceja contraria alzada, una arruga en el entrecejo, una comisura de la boca caída y la lengua asomando entre los labios.
O se está muriendo ya, o de verdad el detergente sabe horriblemente mal.
Dado que no se ha desplomado sobre la mesa, deduzco que es la segunda opción.
«Y aun así se lo ha tomado entero», me sorprendo. Desde luego está determinado a que me trague su teatrillo de hombre arrepentido y devoto. Y eso le va a salir muy caro. Tan caro que el precio va a ser su vida.
Sigo comiendo en silencio sin perder de vista al Cuervo, que sigue sentado a la mesa esperando a que yo acabe como dictan los buenos modales.
Y no le quito el ojo de encima porque no tengo ni la más remota idea de cuánto tarda en morirse alguien que se ha bebido media botella de jabón. Recordemos que soy una asesina novata.
Aunque si aplico la lógica, cuando yo he comido algo en mal estado, he tardado horas en mostrar síntomas, así que lo más seguro es que él no se muera hasta… No sé… «¿La media noche, tal vez?», conjeturo.
De repente, un sonido espantoso inunda el aire. Alzo la vista, asustada y sorprendida a partes iguales, y me doy de bruces con los oscuros ojos del Cuervo que ahora parecen dos huevos pintados de negro. Está tan atónito como yo.
«¿Qué coño ha sido…?». Ese sonido más propio del infierno hace eco entre las paredes de mi piso por segunda vez. Juro que el pajarraco se está quedando todavía más blanco que de costumbre.
—¿Eso has sido tú? —pregunto.
—Yo… —El ruido lo interrumpe.
Suena como si alguien hubiese tirado una babosa radioactiva y moribunda por un desagüe atascado.
Me da la sensación de que yo también me estoy empezando a quedar lechosa. Desde luego siento cómo el calor va abandonando mi cara.
—Qué vergüenza —dice él, abochornado—. Yo… Pe… Perdón…
Su estómago vuelve a quejarse de forma alarmante y él se lleva las manos a la boca. Yo me pongo en pie en menos de un segundo. «No irá a vomitar, ¿verdad? ¡¿VERDAD?!».
Creo que no he meditado bien el plan del envenenamiento. No lo he meditado bien en absoluto porque que se muera tiene un pase, que eche las tripas en el comedor, no.
Como mi mantel con lavandas bordadas acabe cubierto de vómito o de entrañas de demonio, no me va a bastar con lavarlo. Voy a tener que mudarme. No. Voy a tener que prenderle fuego al mantel, a la casa, al edificio y a la ciudad, y emigrar a Canadá.
Él también se pone en pie con los ojos desorbitados.
—Kaya, lo…