La Maldita y El Cuervo Capítulo 13 - La fisura #2
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Capítulo 13 - La fisura #2

«¿Qué he hecho mal?», me agobio. El mundo moderno es complejo y a causa de mi inexperiencia, he metido la pata varias veces en el tiempo que llevo con ella. Sin embargo, ahora no soy consciente de haber hecho nada que justifique su reacción.

A lo mejor es porque he salido de casa y ella me ordenó que no abandonase el piso bajo ningún concepto a menos que hubiese una emergencia. Pero esto lo era. Tenía que salir. Tenía que ayudarla. «Si el problema no es ese, entonces, ¿qué?».

La llamo a gritos en medio de la calle. Necesito hablar de lo sucedido. Necesito que me explique qué he hecho mal para disculparme, arreglar este desastre y no hacerla sufrir más.

No obtengo respuesta y no me queda más remedio que seguirla hasta su edificio. Una vez dentro, ella se lanza escaleras arriba, dejando tras de sí un intenso hedor a angustia y terror. Ahora que estamos en un espacio cerrado es todavía más notable.

—Kaya, por favor…

Me ignora y sigue subiendo. La alcanzo cuando ella tiene que detenerse para sacar las llaves y abrir la puerta. Intento que me diga algo, pero no hay manera. Ni siquiera me mira y algo dentro de mí empieza a resquebrajarse.

Abre la puerta una rendija, se cuela por ella y, antes de que yo pueda entrar también, Kaya empuja la madera con fuerza. «¿Está intentando dejarme fuera?».

Esa angustia que llevo conteniendo desde que ella ha echado a correr finalmente revienta. Me siento inestable y me aferro con fuerza al borde de la puerta para no caerme. Ante mi peso, esta cede y se abre por completo. Se produce un estallido de olor a miedo que inunda mis fosas nasales.

Me enderezo y me olvido de mi propio dolor porque ella me necesita. Está sufriendo y me necesita. Da igual si yo me hago pedazos. Solo importa ella.

Extiendo una mano en su dirección y me da un manotazo a la vez que retrocede dos pasos. Busco sus ojos y por poco me fallan las rodillas otra vez. Me está mirando con un pavor que me retuerce las entrañas.

—Kaya, tranquila —susurro con la voz más calmada que puedo—. No tengas miedo. El peligro ya ha pasado, solo estamos tú y yo.

—Por eso tengo miedo, porque solo estamos tú y yo. —Sus ojos se anegan de lágrimas—. Vete de mi casa, no te quiero aquí.

Sus palabras me atraviesan el pecho y algo gotea dentro de mí.

—Kaya, yo nunca te haría daño…

—Ya me lo has hecho —me reprocha con un desprecio lacerante. Me falta el aire—. Creí en ti. Confié en ti. Y mira lo que has hecho.

—No sé qué he hecho mal —admito, y ella resopla, furiosa—. No sé qué te he hecho, pero sea lo que sea, lo lamento. Nunca he querido hacerte daño. Yo estoy aquí para cuidarte…

—A otro con el puto cuento. Ya no me creo nada de lo que salga por tu boca. —Se aleja otros dos pasos y se encoge, como si tuviese miedo de mi reacción.

Si supiese que en verdad no puedo moverme, que estoy luchando porque mi corazón no deje de latir.

Ella es lo que me ha mantenido vivo los últimos seis siglos.

Sus recuerdos. La promesa que me hizo. La esperanza de volver a verla.

Y ahora… Ahora me desprecia. Lo he estropeado todo y ni siquiera entiendo por qué.

—Kaya, por favor —suplico—. Dime qué he hecho mal para poder arreglarlo. No quiero verte así. No quiero que sufras.

—Entonces, ¡lárgate de mi casa! —estalla, mitad gritando, mitad llorando—. Déjame en paz y lárgate de aquí.

—No puedo hacer eso. Soy tu guardián. Tengo que quedarme contigo para protegerte.

Su risa áspera y sus lágrimas me cortan el alma por igual.

—Si esta es tu idea de protección, no la quiero. No pasaré por lo mismo dos veces. No pienso tolerar que otro cabrón me destroce la vida. No lo haré. ¡No lo haré!

Le da una arcada y siento el olor del vómito desde aquí. Instintivamente, avanzo hacia ella y Kaya retrocede hasta chocar con la pared y se protege la cara con los brazos. El gesto me deja clavado en el sitio y, si no me ha matado, ha sido de milagro.

Pasan unos segundos en los que todo permanece estático y en silencio, salvo por los jadeos asustados de ella y el goteo de mi pecho, que es cada vez más intenso.

Al fin, ella se descubre la cara y sus ojos están cargados de angustia, miedo y un desprecio abrasador.

—Te estoy pidiendo que te largues por las buenas.

—No puedo irme —murmuro. Mi voz se está ahogando en el charco de sangre que inunda mi pecho.

—Bien. Te lo he advertido. No voy a dejar que me arruinen la vida otra vez. Si no te largas, atente a las consecuencias.

Se va corriendo a su cuarto y se encierra dentro.

Yo me quedo un buen rato en el mismo sitio. Me duele todo demasiado como para moverme. La razón de mi existencia me acaba de echar de su vida. Me ha despreciado. Me ha tratado como a un monstruo. Y no entiendo el motivo. De verdad que no sé qué he hecho mal.

Me escuecen los ojos. Me escuecen las heridas que me he hecho al chocar con esa bestia de metal y las que me estoy abriendo en las palmas, donde mis garras se están hundiendo. Me escuece el alma. Me escuecen hasta las ganas de vivir.

En medio del caos y la oscuridad percibo un pequeño destello. Una luz. Una determinación. «No puedo rendirme».

Si no me rendí durante seis siglos, no lo haré ahora.

No puedo perderla y tampoco puedo dejarla sola.

Tengo que protegerla de ese hombre y también de todos esos sentimientos hirientes que viven en ella.

Sé que sigue rota por dentro y no la abandonaré con su sufrimiento.

No lo haré. Por eso, tengo que encontrar la forma de arreglar esto.

Le pediré perdón cada minuto de cada día.

Me postraré ante ella. Cumpliré cualquier castigo o penitencia que quiera imponerme.

Haré lo que sea salvo dejarla sola. Soportaré lo que sea salvo el dolor de perderla.

Mi corazón puede desintegrarse por el camino hasta que logre su perdón, me da igual.

Solo me importa ella. Solo me importan ella y su felicidad.

Por fin consigo moverme. Me dirijo hacia su habitación. Llamo a la puerta y no me responde. Con la frente apoyada en la madera, me disculpo y le ruego que me cuente qué he hecho para herirla de este modo. Se niega a hablar. Yo me niego a tirar la toalla.

Me siento en el pasillo delante de su puerta, me aovillo y me abrazo las rodillas. Esperaré lo que haga falta hasta que ella esté lista para hablar conmigo. Si la he esperado seiscientos años, qué son unas cuántas horas más.

Kaya no sale de su habitación en toda la noche y yo no me muevo del suelo.