Capítulo 13 - La fisura
Vuelo a tal velocidad que solo soy un borrón negro surcando el cielo. Con un poco de suerte, los humanos me confundirán con la sombra de una bandada de pájaros. Sin suerte… Francamente, me da igual.
Me da igual si me ven, si me descubren, si me apresan o si me matan. Me da igual lo que me ocurra siempre y cuando sea después de llegar hasta Kaya.
Por el olor sé que tiene que estar muy cerca, pero buscarla en medio de este laberinto de moles de hormigón y cristal resulta extremadamente complejo, más teniendo en cuenta que el viento no deja de cambiar y pierdo su rastro constantemente.
Todo esto es terriblemente frustrante porque podría encontrarla en un segundo si ella me llamase.
Si ella pronunciase mi nombre pidiendo ayuda, el vínculo se activaría y yo podría localizarla en un parpadeo.
Pero no lo ha hecho. Está aterrada y sufriendo, y no me ha llamado.
Y pensar en las posibles razones de que esto sea así me hiere profundamente.
—¡Me cago en la plastilina de colores!
El grito llega amortiguado por todos los sonidos que me rodean, pero esa era ella. Era Kaya. No hay ninguna duda.
Me lanzo en picado siguiendo la dirección de la que procedía su voz y, tras girar abruptamente en dos esquinas, por fin la veo. Una bestia metálica más grande que una barcaza está a punto de embestirla.
El infierno se desata dentro de mí, la noche se apodera de mi mente y solo queda un pensamiento en pie: «por los dioses que no permitiré que me la vuelvan a arrebatar cuando la acabo de encontrar».
El camión está a punto de atropellarme. Él tampoco ha logrado frenar y sigue deslizándose incontrolable hacia mí.
Quiero pedir ayuda. Quiero llamar al Cuervo. Pero estoy tan asustada que no puedo ni gritar. Mi garganta es un pozo seco, un desierto en pleno mediodía, un campo de cultivo sobre el que han echado sal.
Lo único que me responden son los párpados y los cierro con fuerza, como si esas dos finas cortinas de piel pudiesen convertirse en escudos impenetrables capaces de protegerme de lo que se avecina.
Veo los ojos de mi madre llenos de amor y ternura, a mi padre haciendo un ridículo baile cuando les dije que me habían aceptado en la universidad, los rostros de las chicas y la sonrisa del Cuervo. Ese va a ser el último recuerdo que me voy a llevar de este mundo.
Un ruido detona a escasos centímetros de mi oído. Siento el brusco impacto de algo pétreo y salgo despedida a una velocidad imposible que catapulta mi estómago hacia mi boca.
El movimiento cesa tan súbitamente como se ha iniciado y espero a que el dolor estalle por todo mi cuerpo…, pero este no llega. Apenas me duele nada. Sigo viva. No estoy tirada en el suelo desangrándome, sino que permanezco en una posición aovillada.
«Algo me está sosteniendo», me percato. Algo firme. Algo frío. Algo con un corazón que late tan desbocado como el mío. Algo que huele a fósforo quemado.
Me tiembla todo tanto que me cuesta abrir los ojos. Al hacerlo, me doy de bruces con un firmamento sin luna donde solo habitan dos estrellas azuladas que han devorado la luz de todas sus hermanas.
El Cuervo me acaricia el rostro y cuando llega a mi barbilla, la sujeta y la gira con cuidado en varias direcciones, observándome, comprobando que no me ha pasado nada.
Yo estoy bien, solo terriblemente asustada después de lo que acaba de pasar.
Él no parece estar tan bien. Una cortina escarlata desciende por su frente, tiene la sudadera destrozada en la zona del hombro y más sangre brota de ese punto.
Mi conmoción es tan grande que la visión de tanto rojo no me afecta, si no, ya estaría echando hasta los higadillos.
—¿Te has hecho daño? —me pregunta, y yo niego con la cabeza. Mi voz sigue perdida—. Menos mal.
Me abraza y juraría que me ha parecido escuchar un sollozo. Me lleva dos intentos ser capaz de controlar los temblores lo suficiente para rodearlo con mis brazos.
Al sentir que le correspondo, él me estrecha más fuerte y entierra su cara en mi hombro. Como está tan encorvado, puedo ver su espalda. La parte de atrás de su ropa está hecha jirones, aunque ahí no hay sangre.
Alzo los ojos y me topo con el camión que por fin ha logrado detenerse y se ha quedado cruzado en medio de la calzada. El conductor permanece dentro de la cabina con el rostro desencajado y lívido.
El morro del vehículo tiene una abolladura y un salpicón rojo sobre la pintura. Vuelvo a mirar hacia el hombro del Cuervo. Siento algo húmedo y pegajoso en el cuello, donde él tiene apoyada su frente.
«Me ha quitado del medio y él se ha llevado el golpe. Lo han herido por mi culpa». Mis dedos se aferran más fuerte a él.
La tensión por fin encuentra una grieta en el dique que cerraba mi garganta, se cuela por ella, avanza hasta mi boca y abandona mi cuerpo en forma de un sonido agudo y bajo al principio. La grieta se agranda, algo revienta y un sollozo horrendo me rompe la garganta en dos.
He pensado que iba a morir. He estado a punto de morir.
Si él no llega a intervenir, lo habría hecho.
Él está herido. Y todo porque no he sabido contener el pánico y me he puesto a correr como una demente por las calles heladas.
Porque sigo imaginando cosas. Porque he pensado que un encapuchado me seguía.
Algo cruje dentro de mi cabeza y una idea se desliza por el lodazal de miedo hasta la parte consciente de mi mente. Mis ojos se vuelven a fijar en la espalda del Cuervo. En su ropa destrozada y… negra.
«¿Cómo ha podido salvarme? ¿Cómo ha sabido que estaba en peligro? ¿Cómo me ha encontrado si yo no lo he llamado? No. Por favor. Otra vez no. No me puede estar pasando lo mismo por segunda vez».
La desconfianza se convierte en un tornado que arranca pedazos de mi cordura y se los lleva volando. Un segundo estallido de adrenalina inunda mi sistema y mi cuerpo responde. Rompo a sudar, los temblores se intensifican, las náuseas regresan y me mareo.
Me aparto de él. Lo primero que atrae mi mirada son sus penetrantes ojos. De ahí mi vista avanza hasta su frente y sus plumas, que ahora están cubiertas por una capucha. Una capucha negra.
—Eras tú —susurro. Mi voz arrastra más dolor y decepción de la que nadie debería ser capaz de sentir.
—¿Yo? —Me mira confundido, pero no me voy a tragar su teatro.
—El que me ha estado siguiendo todo el día eras tú —le acuso—. Seguramente llevas haciéndolo todo este tiempo, por eso no puedo quitarme de encima esa horrenda sensación de que me observan. Porque has estado siguiéndome, espiándome…
Me cubro la boca con la mano. Alguien me ha metido una cuchara por la oreja y se ha puesto a batir mis sesos. Voy a vomitar. No puedo respirar. «Otra vez no».
—Kaya, ¿de qué estás hablando? ¿Alguien te ha seguido?
Intenta acercarse a mí y yo retrocedo corriendo.
—No —le advierto—. No se te ocurra acercarte. No me toques. No me hables. No me mires.
—Kaya… —Desde luego es un actor estupendo porque mi nombre nunca ha sonado de una forma tan desgarradora. Y su gesto parece realmente atormentado. Sin embargo, yo mejor que nadie sé cómo funciona esto.
Fingen ser todo dulzura y amabilidad hasta que te tienen atrapada.
Fingen que se preocupan por ti, pero solo quieren controlar tu vida.
Hacen algo horrible y fingen arrepentimiento.
Te hieren de mil formas y fingen que la culpa es tuya.
Un día logras reunir el valor suficiente para marcharte y fingen amor sincero para retenerte un poco más.
Fingen. Siempre fingen. Siempre mienten.
—Ahórrate la actuación, las excusas y las disculpas —le espeto.
Tengo que morderme el labio para contener el temblor de la voz y me hago sangre.
Mi interior también está sangrando. Una fisura se ha abierto dentro de mí y de ella rezuma sangre, dolor y miedo—.
No lo quiero. No quiero nada de ti. No te quiero cerca.
Me levanto y, como la idiota que soy, echo a correr otra vez para llegar a casa antes de que todo mi cuerpo colapse y me convierta en un millón de fragmentos rotos sobre la calle.
La sensación de traición me está desgarrando. Yo confié en él. Quise creer en él. Le dejé acercarse. Le dejé llegar a rincones de mi corazón que llevaban vacíos mucho tiempo. Me abrí con él. Me mostré vulnerable… ¿Y todo para qué?
Para que él me haya engañado, haciéndome creer que se quedaba en casa todo el día mientras yo estaba trabajando. Para que me siga y me vigile como un puto acosador. Para que se sienta con derecho a invadir mi espacio, mi privacidad y mi vida como le plazca.
Nieva sobre mi cabeza y llueve desde mi rostro.
«Soy idiota. Soy imbécil. Soy estúpida. Soy despreciable. No aprendo. Me han vuelto a engañar. He vuelto a confiar en quien no debía. Sí que estoy maldita». Mi mente va en caída libre y ya no hay nada que pueda detenerla.
Escucho que ese pirado me llama a mis espaldas. Me está siguiendo. Otra vez. Acelero todo lo que puedo sin partirme una pierna en el proceso para llegar a casa antes de que él me alcance.
«A casa…». El pensamiento me asalta de golpe. No puedo huir de él porque vive conmigo. Vive en mi casa. «Tengo que echarlo», decido. «Pero… ¿y si se pone violento?». Espinas de miedo se clavan por todo mi cuerpo.
Fogonazos de recuerdos que de normal tengo metidos en un baúl cerrado con cuatro candados en un sótano sobre el que vertí cemento estallan en mi mente.
Gritos. Zarandeos. Agarres demasiado fuertes que dejaban marcas. Una puerta reventada de una patada. Empujones. Un vaso estallando contra la pared a escasos centímetros de mi cuerpo. Un puñetazo impactando al lado de mi cara. Tirones de pelo…
«Otra vez no. Por favor. No puedo volver a pasar por esto. No he escapado de una pesadilla para caer de cabeza en otra», sollozo.
No comprendo qué ha pasado. Estábamos abrazados y, de pronto, ella se ha puesto a decir unas cosas muy extrañas, su cuerpo se ha inundado de terror, ha afirmado que no quiere verme y se ha ido corriendo.