La Maldita y El Cuervo Capítulo 12 - Pánico
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Capítulo 12 - Pánico

Falta solo una semana para que el campus cierre sus puertas para las vacaciones de Navidad. Sinceramente, no puedo esperar. Por primera vez en mucho tiempo siento algo de ilusión al pensar en estas fechas.

Este año no va a haber nadie que me lo estropee.

No va a haber discusiones absurdas que me roben las ganas de ver a mi familia.

Ni gritos e insultos que me cierren el estómago y no me dejen probar bocado.

Ni quejas sobre si mi ropa es adecuada o no.

Nada. Solo estaremos el ambiente navideño, toneladas de comida, mi familia, Jenna y yo. «Y el Cuervo», me recuerdo.

Aunque él no va a ir a casa de mis padres, evidentemente.

No puedo aparecer con un chico desconocido que, además, resulta que tiene unas sedosas plumas de ébano en vez de cabellos, unos colmillos que podrían servir de abrelatas y unas garras que hacen que el cuchillo de trinchar el pavo parezca el de untar la mantequilla.

Él se tendrá que quedar en casa con Aceituna, la gata de Isa. Además, lo más seguro es que él no festeje estas fechas. Puede que ni sepa lo que es la Navidad. Aunque eso no hace que me sienta mejor al imaginarlo completamente solo en casa.

«¿Y si hago algo con él para que no se sienta excluido? El día veintiséis podríamos preparar una cena especial, cocinar juntos y luego hacer un maratón de películas navideñas…».

Me freno de golpe en medio de la calle al ser consciente de que lo que estoy pensando suena exactamente igual que un plan que harías con tu pareja. Algo revolotea en mi estómago y parece bastante más grande que un puñado de mariposas.

«También es un plan perfecto para hacer con un amigo», me justifico. Eso es, simplemente es una forma de compensar al Cuervo por dejarlo solo en unas fechas tan señaladas, y de agradecerle lo bien que se porta conmigo y lo mucho que me está ayudando. Y no hablo solo de las tareas de la casa.

Al principio me resistía a admitirlo, pero tenerlo cerca me está haciendo bien.

Su presencia me tranquiliza y me reconforta cuando más falta me hace.

Últimamente estoy menos nerviosa, me noto más animada, con más energía, con ganas de hacer cosas otra vez…

Creo que por fin empiezo a ver la luz al final del túnel.

Y aunque a veces sea un incordio, un pegajoso y un intensito de cuidado, la verdad es que su forma de ser me está ayudando con otra cosa. Me está ayudando a dejar de odiarme tanto a mí misma.

Mi parte racional sabe que yo no tengo la culpa de que mi ex fuese un celoso manipulador, un mentiroso y que tuviese tendencias agresivas.

A pesar de eso, sí me culpo por no haber sabido reconocer las señales, por haberme dejado engañar, por haber dejado que me robase las riendas de mi propia vida, por no haberle puesto fin antes a una situación insostenible aferrándome con desesperación a la esperanza de que él acabaría cambiando…

Me odio por no haber sido más lista. Me odio por haberme callado y por haber ocultado lo que pasaba a la gente que me quería y que podía haberme ayudado a salir antes de ese infierno. Me odio por haberle permitido llenar mi vida de angustia y miedo. Por seguir sintiendo esas cosas incluso ahora.

Y, por encima de todo, me odio porque él me hizo odiarme.

Porque me hizo creer que soy pequeña, inútil, insignificante, una exagerada, un incordio, que no soy bonita, que no soy suficiente, que no valgo nada…

Y aún lo creo. Aún creo todas esas cosas que él me decía a diario, esos insultos camuflados de consejos para que mejorase por mi bien .

Da igual que mis padres y las chicas no dejen de repetirme que eso no es así, mi cabeza no puede creerles porque todos ellos son mi familia, de sangre o no, pero son mi familia. Me quieren incondicionalmente, me ven con los mejores ojos y, por eso, mi cerebro se niega a aceptar sus palabras.

Sin embargo, el Cuervo es un desconocido que se comporta como si yo fuese más maravillosa que el helado de chocolate.

Un extraño que no para de decirme de la forma más franca y vergonzosa que yo soy importante.

Que me cuida. Que me escucha. Que nunca menosprecia mis sentimientos, ni siquiera cuando estos no son lógicos.

Que me dijo que soy fuerte, a pesar de todo lo que ha pasado.

Los ojos me escuecen y al mover la mano para frotármelos, la siento agarrotada. Entonces tomo consciencia de que llevo plantada en medio de la calle como una farola, no sé, setecientos años, más o menos.

Me pongo en marcha otra vez antes de que todo mi cuerpo se gangrene por el frío. Las temperaturas son tan bajas que se escapan copos de nieve y hay pequeños parches de hielo en la acera.

No llego demasiado lejos. No he dado ni cinco pasos cuando esa sensación de que me vigilan regresa. Ya estoy muy cansada de todo esto. Si de verdad estoy cambiando, si de verdad estoy sanando, tengo que empezar a demostrarlo. «Soy más fuerte que mi miedo».

Impulsada por ese pensamiento, me doy la vuelta y miro a mi alrededor.

La calle está llena de gente que va a trabajar y de estudiantes, lo normal a primera hora.

Y tal y como sospechaba, nadie se fija en mí salvo los segundos necesarios para esquivarme y murmurarme alguna lindeza por entorpecer el paso.

Más tranquila, empiezo a girarme otra vez para seguir con mi camino cuando mis ojos captan un movimiento extraño en medio del flujo de gente. Un cuerpo alto vestido de negro que avanza de forma perpendicular en dirección a un callejón.

Lleva la capucha de la sudadera calada hasta la nariz y solo alcanzo a ver una barbilla de piel pálida que me resulta levemente familiar; sin embargo, no me da tiempo a fijarme bien antes de que el joven desaparezca por la callejuela.

Algo se agita inquieto dentro de mi pecho, aun así, lo ignoro. Ese chico no me estaba prestando ninguna atención e iba en otra dirección. Solo estoy proyectando mis ansiedades e imaginando cosas. «No lo voy a permitir».

Aprieto los dientes, alzo la barbilla y continúo mi camino pensando en posibles platos navideños que le podrían gustar al Cuervo para mantener el estrés a raya.

No sé cómo es posible, pero cuando acaba la jornada y salgo del trabajo hace todavía más frío que esta mañana. Nieva abundantemente y el aire es tan gélido que la capa blanca del suelo se ha congelado. Las calles son una pista de patinaje.

Avanzo con sumo cuidado, pegada a las fachadas por si necesito sujeción en algún momento, y con los pies levemente ladeados. Este truco me lo enseñó mi padre. Siempre repetía que cuando hay hielo, hay que girar los pies y andar como los pingüinos.

Y desde luego yo me siento tan ridícula como un ave de pies planos mientras camino y rezo por no partirme el espinazo o cascarme la cabeza como un huevo contra el bordillo.

Volver andando me lleva mucho más tiempo de lo normal, sin embargo, me alegro de no haber cogido el transporte público porque la carretera es un caos ahora mismo. Ya he visto tres accidentes. Por suerte, estoy cerca de casa, solo un par de manzanas más y habré llegado.

Prosigo mi caminata de pingüino cuando noto varios aguijonazos en la nuca.

«Ahora no, joder. Ya tengo bastante con el hielo».

Ignoro la desagradable sensación de ser vigilada, pero esta persiste y se vuelve más intensa.

Mi cuerpo empieza a segregar adrenalina como si me estuviese acechando un puto oso pardo.

Maldiciendo con todas mis fuerzas por ser así de imbécil, al final me apoyo en el escaparate de una tienda de zapatos y me giro para cerciorarme de que nadie me sigue, y simplemente es que estoy para que me encierren y tiren la llave a una alcantarilla.

Todo mi cuerpo se paraliza y mi corazón se arroja de cabeza a los abismos del mundo cuando a unos metros de distancia veo una figura alta con una capucha negra que le cubre prácticamente todo el rostro.

Antes de que yo pueda hacer o decir nada, el encapuchado se mete en un pequeño supermercado de productos orgánicos sin prestarme la más mínima atención.

Lo más seguro es que solo haya sido una coincidencia. Una casualidad. Con este clima de mierda, casi todos llevan gorros o capuchas. Sin embargo, mi sangre se ha convertido en un torrente de pánico y nada puede contenerlo.

Abandonando toda prudencia, acelero para llegar a casa cuanto antes. Estoy a punto de resbalarme e irme de morros al suelo dos veces, a pesar de eso, no aminoro el paso.

Pierdo el equilibrio por tercera vez delante de la cristalera de una pastelería con preciosas decoraciones navideñas.

Seguramente tengan tonos rojos, dorados, verdes o blancos…

Yo no puedo verlo. Mi mundo se ha convertido en una mancha gris en la que solo existe otro color, el negro de la capucha que veo al final del escaparate.

Mi razón se apaga, el miedo toma las riendas y echo a correr. A juego con mis turbulentas emociones, se levanta un gélido viento que me araña la cara; sin embargo, apenas lo siento. En mi cuerpo solo hay sitio para una sensación ahora mismo.

Cegada por el pánico, en lugar de seguir por la avenida principal donde hay más gente, me lanzo de cabeza a una calle perpendicular menos transitada para intentar atajar.

«Solo unos metros más», imploro, porque sé que estoy muy cerca de mi edificio. Para mi desgracia, la acera que sigo acaba unos metros más allá en un paso de peatones que tiene la luz roja encendida.

—¡Me cago en la plastilina de colores! —estallo, a punto de echarme a llorar.

Freno…, pero no me detengo. Mis pies pierden agarre y me deslizo sin remedio hacia la calzada por la que circula un camión a bastante velocidad.

Hoy hace mucho frío, así que he decidido que esta noche cenaremos ramen calentito. Además del caldo, también estoy preparando té verde con jengibre para que cuando Kaya llegue, pueda tomar algo que le revigorice el cuerpo.

«Espero que esté bien», pienso preocupado. Me da la sensación de que llega especialmente tarde.

Mis ojos vagan sin rumbo y veo a través de la puerta del balcón que ha empezado a nevar con fuerza. Apago el fogón y voy corriendo a recoger la ropa que está tendida fuera.

Agarro la manilla para abrir y mi reflejo me devuelve la mirada en el cristal. Chasqueo la lengua, irritado, por no haberme dado cuenta antes. «No puedo salir así».

El apartamento de Kaya está en una segunda altura y el balcón es visible desde la calle.

Si alguien alzase la cabeza, podría verme; puede que incluso llegase a distinguir mis plumas.

Por eso, Kaya me compró un sayón corto con una parte que sirve para cubrir la cabeza para que me lo ponga cuando salgo a tender o a recoger la ropa.

Voy a los colgadores de la entrada, cojo la… «¿Cómo se llamaba esta cosa? ¿Fumadera? ¿Sudadera?». Da igual. Me la pongo, me cubro bien las plumas y salgo a por la ropa, no quiero que acabe empapada de nuevo.

Realmente hace mucho frío y yo cada vez estoy más preocupado por Kaya. «Voy a llevar más mantas al sofá para que se envuelva en cuanto llegue». Y aunque me duela, igual es mejor que hoy me abstenga de darle un abrazo porque mi temperatura es más baja que la suya y no quiero que se enfríe más.

Coloco la colada en el cesto a toda prisa, a la vez que repaso mentalmente otras formas de que un humano entre en calor sin necesidad de encender un fuego, porque no creo que a ella le hiciese gracia que quemásemos las sillas del comedor.

Una fuerte ráfaga de viento me golpea bruscamente y las plumas se me descubren. Instintivamente, me agacho hasta que me tapo de nuevo la cabeza.

Al incorporarme, veo horrorizado que una de las toallas de manos ha salido volando. Corro hasta la barandilla y me estiro todo lo que puedo para atraparla.

El aire cambia bruscamente de dirección y por poco me desestabiliza. Lo bueno es que ha empujado la toalla hacia mí. Lo malo es que ha empujado otra cosa en mi dirección. Un olor. El olor del pánico más crudo y visceral. «Kaya».

Todo pensamiento coherente se desvanece como volutas de humo y se pierde en la inmensidad del cielo. Me arrojo al vacío.