Capítulo 11 - Pandemónium #3
—Es verdad, llevas unos días que pareces más tú. Sonríes más y te ríes como antes. —Isa se inclina en la silla para llegar hasta mí y darme un precario abrazo.
—Callaos, joder, que me vais a hacer llorar. —Jenna se suena la nariz—. Y estoy de acuerdo con todo lo que han dicho. Hemos echado de menos a nuestra Kaya, y no a la chica que estaba con ese cabrón que ojalá se infecte de gonorrea.
Jenna puede decir lo que quiera (aunque yo hubiese agradecido que se hubiese ahorrado lo de la gonorrea), pero la que está a punto de ponerse a llorar soy yo.
Me froto los ojos con la manga del jersey y cuando los abro, veo que la muy… se está llevando otro tenedor lleno de mi risotto. Mi risotto . Al final me veo obligada a coger mi plato y correr para no quedarme sin nada.
Saco las llaves y me mentalizo para ser abrazada en cuanto cruce el umbral. El Cuervo lleva unos días incluso más pegajoso que de costumbre. Sin embargo, para mi sorpresa, el abrazo nunca llega y soy recibida con un simple:
—Kaya, ya has vuelto.
«¿Qué le pasa a este?». El emplumado parece preocupado, su voz suena anormalmente aguda y se está retorciendo las manos de forma compulsiva. «¿No habrá vuelto a comprar otros trescientos estropajos?», me agobio.
—¿Va todo bien? —pregunto.
—Maravillosamente bien —me asegura, y lo creo menos que a un político—. ¿Has tenido un buen día?
—Ha sido un día normal —comento mientras dejo mis cosas en los colgadores de la pared—, aunque en la comida me he reído mucho con mis amigas. Por cierto, el risotto estaba bueno, muchas gracias.
Normalmente, cuando le digo cualquier cosa susceptible de ser entendida como un cumplido, él reacciona como si hubiese ganado la lotería; sin embargo, ahora se limita a asentir y a sonreír de forma tensa.
«Decididamente pasa algo».
—Ya… Eso está bien —me contesta. «Sí, pasa algo.
Y gordo»—. Pero seguro que estás cansada, ¿quieres ir a darte una ducha?
¿O prefieres relajarte en el sofá? —Me pone las manos en los hombros y me empuja en dirección al salón—.
Si te apetece algo de picar o de beber, yo te lo llevo.
¡O te puedo dar un masaje! —propone con entusiasmo.
Me sienta prácticamente a la fuerza en el sofá y se coloca delante de mí, bloqueándome la visión de todo con su gigantesco cuerpo.
—¿Se puede saber qué te pasa?
—¡Nada! —grazna—. Solo quiero que descanses. ¿Quieres algo de beber? ¿Una manta? ¿Te traigo el pijama para que no tengas que ir hasta la habitación?
Su comportamiento es cada vez más sospechoso.
—Tengo un poco de sed, ¿me puedes traer un vaso de agua?
—¡Agua! ¡Espléndido! ¡Claro que sí! Marchando un vaso de agua. —Da dos pasos, pero regresa corriendo conmigo—. Tú quédate aquí y descansa. No te muevas. Yo te lo traigo. No te muevas. —Se va con pasos apresurados.
«Que no me mueva, y una mierda». Me descalzo a toda prisa para no hacer ruido y voy detrás suyo.
En cuanto sobrepaso la gigantesca isla de mármol que separa el espacio de la cocina y el salón se me cae el alma a los pies. Y el corazón. Y los pulmones. Y el hígado.
—¿Qué ha pasado aquí? —me horrorizo.
Hay piezas metálicas, tornillos, tubos, cables, tuercas y demás porquerías por todos lados. Además de manchas oscuras en mi suelo impoluto e inmaculado.
—¡Kaya! —se asusta el Cuervo—. ¡No mires! —Me tapa como si en el suelo hubiese un cadáver, y puede que sea el caso. Un cadáver mecánico.
—¿Esa es la puerta de la secadora? —inquiero con voz estrangulada. Él me mira con un gesto entre asustado y suplicante—. ¿Por qué está la puerta de la secadora tirada en medio de la cocina?
—Es que he tenido un problemilla…
—Un problemilla —repito, mirando el caos a mi alrededor. Un caos que creo que solía ser mi pobre secadora, la cual tenía menos de tres años de vida. «Solo era un bebé».
—Es que la secadora ha intentado comunicarse conmigo y creo que no nos hemos entendido muy bien.
—Que se ha comunicado contigo… —A juzgar por los restos del suelo, más bien diría que la secadora ha insultado a su madre y él la ha descuartizado en venganza.
—El caso es que he intentado encontrar el filtro interno para lavarlo y no sabía cómo llegar hasta él y…
bueno, de repente tenía un trozo de secadora incrustado en las garras.
He buscado en internet cómo arreglarlo, una cosa ha llevado a la otra y…
—Señala el estropicio que ha armado con gesto compungido.
Yo solo puedo parpadear varias veces y tan rápido que me acaban doliendo los ojos.
«¿Qué voy a hacer? Después de lo de los estropajos no estoy para gastos imprevistos… Ni siquiera sé si esto tiene arreglo o voy a tener que comprar una secadora nueva, joder».
—Ha sido sin querer —se disculpa él—. Yo solo quería lavar el filtro para que no tuvieras que hacerlo tú.
No quería darte más trabajo y, al final…
—Su voz suena derrotada—. De verdad que lo siento mucho, Kaya.
No era mi intención. Yo… Te juro que seguiré buscando la forma de arreglarlo, solo necesito un poco más de tiempo. Lo lamento. Lo lamento tanto.
Su agobio es tan denso que lo siento pegándose a mi piel como algo aceitoso y maloliente. Quiero decirle que no pasa nada porque es evidente que está muy arrepentido y no quiero martirizarlo más, pero las palabras no me salen porque sí que pasa.
Ahora mismo no puedo pagar la reparación de esto ni comprar una secadora nueva. Estamos a las puertas del invierno y la ropa no se va a secar si la tiendo fuera. Y si la pongo dentro de casa, con la humedad podría salir moho en las paredes.
Ya puedo imaginar las esporas verdes flotando por el aire y llenando mis pulmones. Y una vez vi un documental en el que decían que las esporas de moho pueden llegar al cerebro y causar enfermedades neurológicas. «Ay, Dios mío». Me llevo las manos a la cara.
Mi angustia está alcanzando unos niveles cósmicos y lo peor de todo es que sé que lo del dinero está justificado.
Lo del moho no. Lo del moho es solo mi ansiedad dándome por saco.
Sin embargo, no logro ralentizar mi respiración.
Apenas puedo tragar para que la bilis regrese al sitio que le corresponde.
—Kaya, ¿te has enfadado conmigo? Lo siento mucho. Por favor, dime algo…
Abro los dedos para poder mirarlo. Sus ojos están más abiertos que de costumbre y ligeramente redondeados, dándole un aspecto desamparado. No puedo quedarme callada o se va a agobiar más.
Para evitar que los nervios me traicionen y yo diga alguna cosa de la que luego igual me arrepiento, me limito a repetir en voz alta:
—O sea, que estabas buscando el filtro interno y por eso ahora mi cocina parece el Pandemónium…
Él ladea la cabeza y las plumas se descuelgan hacia la derecha.
—¿Pan de moñun? ¿Qué es eso? ¿Otro tipo de pan de molde?
Lo observo unos segundos para ver si se está quedando conmigo, pero no, me lo ha preguntado totalmente en serio.
Una carcajada nada apropiada se me escapa y detrás van muchas más. Y cada una de ellas arrastra un buen pedazo de la ansiedad que me estaba asfixiando.
El otro día el Cuervo dijo que las lágrimas purgan los sentimientos negativos que constriñen nuestro corazón.
Bien, yo he descubierto hoy que la risa también lo hace.
Reírse es terapéutico. Es catártico. Esta es la clase de purificación que yo necesitaba y no recorrerme ocho millones de templos en el país de mis ancestros.
—¿Kaya? —El Cuervo parece perplejo por mi reacción.
—Perdón. —Me aclaro la garganta, lo miro y… Rompo a reír por segunda vez con más fuerza—. Es que eres un desastre… —logro decir entre carcajada y carcajada. Estoy a punto de ahogarme.
—Siento mucho lo de la secadora. —Agacha la cabeza.
—Si no lo digo por eso. La castaña. Los desparpajos. La colorifilia. Ahora esto… —No puedo parar de reír—. Me voy a morir…
Lo digo de verdad, me falta el aire y creo que se me van a salir las tripas por algún lado, pero no puedo controlarme. Y es todavía peor cuando él empieza a reírse también. Estoy a punto de hacerme pis encima. O vomitar. O puede que todo a la vez, ya veremos.
—Entonces, ¿no estás enfadada conmigo? —Me coge de la mano y entrelaza sus dedos con los míos. La sorpresa por la intimidad de ese gesto logra que mis risas se sofoquen un poco.
Me sostiene con cuidado y me acaricia con su pulgar. Me percato de que su piel ya no es inmaculada seda blanca. Tiene marcas rojizas y arañazos abiertos por toda la mano y el antebrazo.
Mis ojos vuelan solos a todas las piezas metálicas del suelo, llenas de aristas y filos. «¿Cuánto tiempo ha pasado intentando arreglarlo?». A juzgar por lo agobiado que estaba cuando yo he llegado y por el estado de sus manos, seguramente mucho.
Es verdad que esto es un gasto que ahora mismo no puedo afrontar. Sin embargo, soy incapaz de enfadarme con él. No ha sido su culpa. Él solo estaba intentando ayudar, igual que siempre.
—No me hace gracia que nos hayamos quedado sin secadora, pero no estoy enfadada —admito, y él sonríe y me da un suave apretón en la mano—.
Para empezar, al dejar que te hicieses cargo de la colada, tenía que haberte explicado lo del aviso del filtro que salta cada tres meses más o menos.
Eso fue fallo mío. Y no has hecho todo esto a propósito —él niega enérgicamente—, ha sido un accidente.
Así que no pasa nada. Ya… Ya nos las apañaremos una temporada sin secadora.
Después de reírme tanto y de sentir esos suaves círculos en mi mano, lo de las esporas de moho germinando en mi cerebro ya no me preocupa tanto.