La Maldita y El Cuervo Capítulo 11 - Pandemónium #2
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Capítulo 11 - Pandemónium #2

En medio del caos, mis nudillos rozan algo áspero. Saco la nota escrita en inglés con una caligrafía insegura, casi infantil. La nota que el Cuervo escondió ayer en mi abrigo. La que dice: “perdón por lo de los trescientos desparpajos”.

Mis rodillas se doblan de golpe y yo me quedo en cuclillas en el suelo, riéndome como la loca que tanto me empeño en negar ser.

Me río hasta que me duelen las mejillas, mis oídos se aclaran, mi estómago se asienta y mi pulso se serena. Me río hasta que el miedo es exorcizado de mi cuerpo. Me río hasta que soy capaz de ponerme en pie y continuar caminando otra vez con el pequeño papel escondido en mi mano como un tesoro.

Al escuchar el pitido de la secadora, pauso el vídeo que estaba viendo sobre cómo preparar arroz frito con verduras y cojo el cesto.

Una gota de sudor se desliza por mi columna. Hay un mensaje extraño en la pantalla del aparato que no deja de parpadear. «Limpiar el filtro interno», leo.

Me agobio por tres razones: no sé qué es un filtro interno, no sabía que estos aparatos podían comunicarse y tengo miedo de que Kaya se disguste si le ha ocurrido algo a nuestra ropa.

Abro corriendo y siento un gran alivio al comprobar que las prendas están bien y secas. No han sufrido ningún daño a pesar de ese aviso.

Tras poner la colada a buen recaudo, vuelvo a centrar mi atención en la secadora. Reviso el filtro que sí conozco, el de la puerta, y está bien. Siempre quito la pelusilla después de cada uso como Kaya me enseñó, así que esto no puede ser el problema.

Apago el aparato y lo enciendo tres veces, y el dichoso mensaje sigue ahí.

—No sé qué es un filtro interno —le digo a la secadora—. ¿Puedes darme más información de cuál es el problema?

La máquina me ignora. No parece por la labor de seguir comunicándose más allá de repetir constantemente las mismas cuatro palabras.

Chasqueo la lengua, frustrado. Podría esperar a que llegase Kaya para que ella se ocupe de esto, pero no quiero cargarla con más tareas. Se supone que estoy aquí para ayudarla, no para darle más problemas.

Al final hago lo que llevo haciendo los últimos meses cuando no entiendo algo. Le pregunto a internet. Por lo visto, las secadoras tienen otro filtro dentro del cuerpo del aparato y de vez en cuando hay que enjuagarlo con agua. Kaya no me había explicado esto.

«No pasa nada», me animo. Si solo se trata de encontrar ese otro filtro y lavarlo, eso puedo hacerlo. Se me da bien rastrear y buscar cosas, y ya soy un maestro de la limpieza.

Meto la cabeza dentro del agujero donde introducimos la ropa y busco alguna portezuela que me permita acceder a las entrañas de este trasto. No veo nada. «Igual se entra desde el exterior», recapacito.

Investigo en profundidad cada lateral de la secadora y sigo sin ver nada parecido a una puerta que conduzca hasta el filtro interno. Lo único que he visto son unas diminutas rendijas en la parte inferior.

«A lo mejor tengo que hacer palanca para abrir». Meto la punta de mis garras en la estrecha fisura como buenamente puedo y tiro. «Oh, vaya». De repente, tengo un panel entero de la secadora y más de diez tubos colgando de una mano.

Mi comida no va a recibir un premio a la mejor presentación culinaria del año, pero al menos no está quemada y tiene un sabor aceptable .

Lo cierto es que el Cuervo se está esforzando mucho con lo de aprender a cocinar, le pone entusiasmo y ha mejorado una barbaridad en solo cinco días. Además, cada vez que me ve comer lo que él ha preparado, su rostro se ilumina como la estrella que corona el árbol de Navidad.

—Kaya, ¿va todo bien? —La voz de Meredith me saca de mi trance.

—Sí, solo estaba distraída. ¿De qué estabais hablando? —me intereso.

—No, si no lo decía por lo de prestar atención, sino… por eso… —Señala mi plato con su tenedor.

Mi ceño se convierte en una pasa arrugada.

—No te entiendo —admito.

—¿En serio? —Su ceja rubia se pierde en las alturas de su frente. Dirigiéndose a Isa y a Jenna, añade—: No puedo ser la única que lo ha notado.

—Yo también me he dado cuenta. —Isa me ofrece una sonrisa de disculpa que no comprendo.

—¿Estamos hablando del hecho de que esta semana la comida de Kaya parece lo que deja mi gato en su arenero? —salta Jenna.

Meredith escupe de golpe toda el agua e Isa se apresura a pasarle un puñado de servilletas.

—¡¿Estás comparando mi comida con mierda de gato?! —me ofendo, para proceder a morirme del asco a continuación y a luchar contra las arcadas.

—No te lo tomes a mal, pero…

—¡Claro que me lo tomo a mal!

—Joder, Jenna —Meredith se limpia la cara con una servilleta—, tienes menos delicadeza que una lija.

—La aludida se encoge de hombros, no sé si porque no entiende la razón de que le digan eso o porque sí lo entiende, y le importa una leche frita—.

Kaya, lo que estábamos intentando decirte es que… —Se queda pensativa.

—¿A que es difícil decirlo sin comparar su comida con un mojón? —se burla Jenna, y Meredith le tira todas las servilletas encima.

Isa toma la palabra antes de que la conversación se descontrole del todo.

—Lo que estamos intentando decirte es que tú cocinas muy bien, y eso… —Mira mi comida con pena—. Bueno, eso no parece estar a tu nivel habitual y por eso nos preguntamos si estás bien o si igual estás teniendo algún problema.

La culpa clava unas garras más afiladas que las del Cuervo en mi corazón. «Da igual lo que haga, siempre acabo preocupándolas».

—¿Ves como sí se podía decir sin hablar de excrementos de animales mientras estamos comiendo? —le increpa Meredith a Jenna.

—Se puede, pero no es tan divertido —se ríe la otra.

Meredith abre la boca para replicar con alguna lindeza de las suyas e Isa les chista a las dos para que dejen de decir disparates.

—Entonces, ¿estás bien? —insiste.

—Claro que sí —afirmo, y por una vez no estoy mintiendo. No estoy bien en el sentido pleno de la palabra, aun así, llevo unos días sintiéndome mejor—. Lo que pasa es que he estado probando recetas nuevas, por eso no son tan perfectas como las que ya domino —me justifico de algún modo.

Contemplo mi comida y noto una sensación agria. El emplumado se ha esforzado mucho y, francamente, me duele que estén comparando su comida con algo que ha salido del trasero de un gato, así que añado con tono desafiante:

—Y puede que el aspecto no sea perfecto, pero está bueno. —Mis palabras son recibidas con tres miradas escépticas—. ¡Lo está!

Tres tenedores vuelan por encima de la mesa y se llevan parte de mi comida. Me abstengo de comentar la cerdada que acaban de hacer metiendo sus cubiertos ya usados, chupados y llenos de gérmenes en mi plato porque estoy nerviosa por escuchar sus veredictos.

«La comida no está mala. Se nota que está hecha con esmero y con cariño».

Isa es la primera en tragar.

—Sabe bastante mejor de lo que parece —reconoce, y yo suspiro aliviada. También, por alguna estúpida razón siento un leve orgullo.

—Es verdad —coincide Jenna—. Aunque está un poco grumoso, el puré está bueno.

—Es risotto de setas —le aclaro.

—Santo tortellini. —Isa se queda más pálida de lo que ya es—. Es… Esto… Esto es ri… risotto… Yo creía que era algún tipo de arroz vietnamita…

Seguramente, llamar risotto a esto es un sacrilegio para alguien de ascendencia italiana, pero siendo un ser de luz, se abstiene de decir nada más.

—Puré, risotto, paella o arroz pekinés, me da igual. El caso es que sabe decente —sentencia Jenna, y procede a robarme más comida.

—Si de verdad os parece que esto está bueno —Meredith hace una pausa y nos observa una a una—, por favor, id al médico a que os revisen las papilas gustativas… o el cerebro, porque desde luego algo os está fallando.

—¡A ti sí que te falla el cerebro! —le espeto, y abrazo mi plato para proteger a mi pobre arroz de los insultos de esa rubia desalmada—. A mi comida no le pasa nada. Y a mí tampoco. Estoy perfectamente.

Meredith sonríe de una forma un tanto maliciosa mientras me observa.

—Sí, ya lo veo. Tan perfectamente que te estás aferrando a ese plato de bazofia como si fueses Gollum con el anillo.

Jenna suelta una carcajada tan potente que por poco se cae de la silla. Hasta Isa se está riendo de mí, tapándose la cara con el osito de su tarjeta del hospital.

—¿Me acabas de comparar con un engendro calvo de medio metro y ojos de huevo? —Agarro la cuchara, no sé ni para qué dado que un objeto punzante sería más adecuado, pero ya se me ocurrirá algún modo de asesinar a esa bruja con ella.

Los ojos azules de Meredith se inundan con diversión y esta al final se desborda por su boca en forma de una sonora risa. Al oírla, Jenna rompe a reír de nuevo e Isa lucha por aguantar, pero fracasa miserablemente.

Estoy enfadada. De verdad que sí. Me han faltado al respeto a mí, a la comida que ha cocinado el Cuervo e, indirectamente, al Cuervo también (y por algún motivo eso me escuece más que lo mío). Sin embargo, el enfado me dura un suspiro.

Es imposible estar cabreada cuando estas tres memas están llorando de la risa y todo esto me transporta directa al pasado, cuando una pesadilla aún no había reclamado mi vida como suya. Cuando solo había momentos así, llenos de risas, de bromas y de luz.

En contra de mi voluntad y sacrificando mi orgullo, acabo riéndome yo también. Vuelvo a reírme hasta que me duele la cara, igual que con la nota de los desparpajos , igual que con las castañas de pollo gratinadas. Al acordarme de eso, mis carcajadas se descontrolan del todo y ellas se contagian.

Nos cuesta casi diez minutos seguir comiendo porque cada vez que logramos parar, alguna empieza a reírse otra vez, arrastrando a las demás en el proceso. Y cuando por fin recuperamos la compostura, Meredith es la primera en hablar.

—Kaya, perdona por haberme metido con tu comida, pero es verdad que estaba un poco preocupada. Sin embargo, ya veo que no tenía motivos —me sonríe con una felicidad genuina y mi corazón se pone a dar saltitos—. Me alegra ver que cada día te tenemos más de vuelta. —Me guiña un ojo.