La Maldita y El Cuervo Capítulo 11 - Pandemónium
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Capítulo 11 - Pandemónium

Suena la alarma y una poderosa sensación de confusión se apodera de mi mente.

Estaba teniendo un sueño muy realista y, al mismo tiempo, muy extraño.

Me encontraba delante de una pequeña casita con el techo de paja, colgando ropa recién lavada en lo que parecía ser un tendedero hecho con tres palos de bambú.

El viento mecía mis cabellos que eran negros. Mi piel también era más morena en el sueño. No había ni rastro de civilización a mi alrededor, solo campos de cultivo hasta donde alcanzaba la vista y unas montañas de cimas nevadas al fondo.

El Cuervo también estaba ahí. Sentado con la espalda apoyada en la pared de la casa bajo el saliente del tejado, mirándome embelesado.

Eso era todo, yo tendía y él me observaba. Sin embargo, había una extraña intimidad en la escena y una tensión en el aire que vibraba entre nosotros cada vez que nuestros ojos se encontraban. Parecíamos una pareja de enamorados.

«No estoy diciendo más que disparates», me reprendo, frustrada conmigo misma por la soberana estupidez que acabo de pensar, y porque esta es la segunda vez en lo que va de semana que tengo un sueño así.

En el anterior, yo preparaba la comida sobre un fuego medio enterrado en un agujero del suelo y tarareaba una canción que no conozco, todo bajo la atenta mirada y la sonrisa traviesa del Cuervo.

Se me eriza el vello del cuerpo solo de acordarme. Había complicidad en esa mirada. Había picardía. Había deseo… Y había amor.

No comprendo por qué estoy teniendo estos sueños cuando yo no quiero que el emplumado me mire de ninguna de esas maneras. Por supuesto que no. No. Para nada. En absoluto. No. Triple no.

Si por una desgracia sucediese algo así, eso solo nos traería mil y un problemas de todo tipo porque yo no puedo corresponder esos sentimientos.

Primero, porque a no ser que los tengus sean asexuados como las anémonas de mar, él sigue siendo un hombre. Lo peor de lo peor. Y yo ya no estoy interesada en ellos. Y segundo y más importante, porque él es un demonio de ochocientos años y yo una mera humana de veintiocho.

Seguro que hay leyes contra eso. Seguro que hay impedimentos físicos (por mucho que él diga que no, yo sigo dudando de que en verdad tenga nada ahí abajo).

Seguro que si intentase besarlo, el arcángel San Miguel se presentaría espada en mano para decapitarlo.

Y puede que a mí también por díscola e impía.

O a lo mejor los que aparecen son los de Greenpeace y me acusan de cometer zoofilia, yo qué sé.

Lo único que tengo claro es que no puedo alentar ese tipo de pensamientos; los cuales se han descontrolado desde que el Cuervo me consoló de esa forma tan tierna e hizo aquella lasaña horripilante para mí.

Me jode admitirlo, pero ese día él logró llegar a un rincón de mi alma que ha permanecido a oscuras y vacío muchísimo tiempo. Y ahora que ese desamparado lugar ha sentido la calidez de sus palabras y la luz de sus sonrisas, quiere más. Sin embargo, yo no puedo ceder a sus demandas.

Me aterra confiar en nadie de ese modo. De hecho, he acabado tan rota que ni siquiera estoy segura de poder. Hay tantas partes destrozadas dentro de mí que no sé si podré volver a funcionar como una persona normal alguna vez.

Aunque también me daba miedo mostrarme vulnerable y admitir que sigo triste y angustiada después de tantos meses, y lo hice. Lo hice con él porque me sentí segura.

También pensaba que jamás podría volver a vivir con nadie y el pajarraco lleva aquí casi tres meses, y no ha sido tan terrible.

Se esfuerza mucho por ayudar. A pesar de eso, aún tiene que mejorar en algunas cosas porque anteayer nos llegaron trescientos estropajos de la nada. Porque sí. Porque patata.

Pero dejando los pequeños errores al margen, convivir con él es fácil. Tiene un don para tranquilizarme y es atento, caballeroso, dulce, con un leve toque infantil a veces, aunque no en el mal sentido, y divertido.

Nunca se me habría pasado por la cabeza que después de una llorera como la del otro día podría reírme casi al instante, y él lo consiguió con sus castañas de pollo.

«De verdad me pensé que estaba hablando de gratinar testículos». Se me escapa la risa y me tapo la cabeza con el edredón para ahogarla. Desde esa noche me da la impresión de que me río más y me siento más ligera.

«Tal vez… Tal vez puedo darle una oportunidad y conocerlo mejor como amigo ». Me tomo la molestia de remarcar esas dos palabras para que me quede bien clarito y que sus pestañas kilométricas, sus labios perfectos y sus bíceps de infarto no me distraigan.

Puede que esta sea mi oportunidad para volver a agarrar con firmeza las riendas de mi vida, intentar abrirme un poco y confiar en alguien de nuevo. Por algún motivo, me da menos miedo si es él.

Tengo la sensación de que el Cuervo no me juzgará ni saldrá corriendo, aunque le enseñe el vertedero lleno de trastos rotos que es mi corazón ahora mismo. El otro día no lo hizo. Fue todo lo contrario, me animó a desahogarme e incluso me pidió que le entregase mis lágrimas y mis miedos.

«A veces dice unas cosas de lo más vergonzosas». Me pongo las palmas frías sobre las mejillas para refrescar mi piel. El colega es un intensito de cuidado, pero es un intensito de los que te hacen sentir bien y te sacan una sonrisa, incluso cuando no quieres.

A Kaya le ha costado mucho más de lo habitual levantarse después de que sonase ese gallo mecánico que vive dentro de su teléfono. Y cuando ha salido de su cuarto, sus mejillas parecían dos camelias.

Al principio me he preocupado por si estaba enferma; sin embargo, ha desayunado con el mismo apetito de siempre, se mueve bien, no huele a miedo o a dolor, y está más sonriente que de costumbre; lo cual me llena de alegría.

También siento una gran dicha cuando preparo todo lo que ella tiene que llevarse al trabajo y veo el recipiente con la comida que hice ayer para ella.

Desde el tremendo éxito de la lasaña, me estoy animando a cocinar más. Hasta he descubierto una cosa llamada Jutube o algo así, donde hay vídeos que enseñan a hacer recetas paso por paso. Estoy entusiasmado con todo eso.

—Que tengas un buen día —le digo, acompañándola a la puerta como cada mañana—. Y si tu jefe te molesta…

—Si mi jefe me molesta, lo mando a la mierda como toda persona normal y me preparo para aceptar mi carta de despido —me corta—.

En esta casa no matamos a nadie, ya te lo dije.

—Parece que me está regañando, pero su tono serio no casa con su sonrisa torcida.

En el fondo sé que le gusta la idea de matar a su jefe y esparcir sus restos sobre el océano, solo se está haciendo la difícil—.

Que tú también tengas un buen día. Cuida la casa y pórtate bien —me pide, igual que cada mañana.

E igual que todos los días, le doy un abrazo antes de que se vaya.

Para mi sorpresa, ella no se limita a dejarse abrazar o a darme unas breves palmaditas, uno de sus brazos me rodea y siento un apretón en el centro de la espalda que se propaga por el interior de mi cuerpo y acaricia mi corazón.

—Me marcho ya —se despide, y se va.

No puedo responderle, me he quedado paralizado después de ese pequeño gesto de cariño que para mí significa un mundo entero. Significa que seis siglos de espera han merecido la pena.

Tras pasar un buen rato en la entrada plantado como un ciprés, logro reaccionar y me dispongo a empezar con las tareas de casa. Hoy me toca hacer la colada. Y quiero ver más vídeos de cocina y preparar una lista de ingredientes para que ella los compre.

Por algún motivo, ahora me ha prohibido comprar por internet; cosa que no entiendo porque los estropajos llegaron bien y muy rápido.

Yo me sentí muy orgulloso de mi logro, aunque Kaya parecía espantada y no paraba de repetir “cuatrocientos dólares en estropajos” y “vamos a tener que comer papel higiénico” con el rostro cada vez más lívido.

Sinceramente, espero que fuese una forma de hablar, una de esas expresiones modernas porque, al día siguiente, probé el papel higiénico y no está bueno. Tampoco está malo. Directamente no está. No sabe a nada y deja una sensación arenosa en la lengua.

La mañana se me está haciendo interminable. Por suerte, ya ha llegado mi descanso para comer y ver a las chicas me animará lo suficiente como para sobrevivir a la tarde. «Y luego podré volver a casa». Ese pensamiento hace que mis labios se curven.

«Contrólate, mujer. Pareces boba sonriendo sola. Boba y loca», me reprendo. Pero por más que me insulte y me llame la atención, no logro que esta estúpida sonrisilla desaparezca.

Cojo mis cosas, me pongo el abrigo y salgo de la biblioteca. El aire es gélido y la niebla escupe unas diminutas partículas heladas que se clavan como alfileres en la piel. Si el tiempo no mejora, es probable que nieve incluso antes de que el invierno haga oficialmente su entrada.

Escondo la barbilla y la boca dentro del cuello alto del abrigo, y acelero el paso para llegar cuanto antes a la cafetería donde nos reunimos a la hora del almuerzo.

Voy concentrada en el suelo frente a mí por si acaso hubiese algo de hielo cuando un escalofrío me recorre entera y me deja paralizada en el sitio. Y esto no tiene nada que ver con la temperatura exterior.

La sensación de que me observan es increíblemente intensa. Mi corazón se convierte en un tambor de guerra, me duele el pecho por respirar este aire congelado de forma tan rápida, parece que tengo los oídos llenos de bichos zumbadores y me tiemblan las rodillas.

Quiero salir corriendo, pero no puedo. Quiero girarme para comprobar que realmente no hay nadie, y no puedo. Solo puedo hiperventilar e intentar contener las náuseas.

Cruzo los brazos por delante del cuerpo y meto las manos en los bolsillos para crear un escudo que me proteja de esta horrenda sensación. No funciona. Me estrecho más fuerte, como hace él cuando me consuela. No es lo mismo. Me estoy desmoronando.