La Maldita y El Cuervo Capítulo 10 -Una castaña de pollo #3
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Capítulo 10 -Una castaña de pollo #3

—No entiendo esa pregunta —admito.

—Y yo no entiendo qué has cocinado.

—La castaña no es una parte del pollo, está hecha con el pollo.

«¿Es que no ha probado nunca la cocina italiana?», me sorprendo.

—Una castaña hecha con pollo… —Su ceño está totalmente fruncido—. ¿Has cocinado albóndigas de pollo?

—¿Qué son albóndigas?

—¿Qué es una castaña de pollo?

Es evidente que algo está fallando en nuestra comunicación porque yo me siento igual de perdido que ella.

Me inclino hacia la mesa para coger la ventanita que te deja ver cosas en internet y ella se escurre y por poco se cae. Solo entonces me percato de que sigue sentada en mi regazo. Esto me parece tan natural que no me había dado cuenta.

—Ya me quito de encima —murmura apurada.

—No hace falta. —La sujeto bien de la cintura para que no vaya a ningún lado y me aproximo a la mesa. Alcanzo lo que necesito y los dos nos volvemos a recostar sobre el sofá—. Esto es lo que estoy preparando.

Desbloqueo la pantalla al tercer intento y se la enseño.

Ella la observa con atención durante un buen rato antes de desviar sus ojos grandes y levemente rasgados hacia mí.

—Castaña…

—Eso es. —Asiento.

—¡Esto se llama lasaña, no castaña!

El desconcierto se apodera de mí. Es verdad que me había parecido extraño que un plato conformado por capas, como futones apilados, recibiese el nombre de algo redondo… Pero este mundo es muy raro y la gente parece haberse vuelto un poco loca con los siglos.

Abro la boca para disculparme, pero no puedo hacerlo porque ella estalla en carcajadas. Esto no es una risa tímida como la de antes, esto es un manantial, una cascada poderosa y llena de vida y musicalidad.

—Te juro que por un momento he pensado que habías gratinado los cascabeles del pollo —se ríe, y se lleva las manos al estómago.

No tengo ni la más remota idea de qué son los cascabeles de un pollo. Tampoco voy a preguntarlo. Estoy demasiado ensimismado observándola como para preocuparme por nada más.

Al final, entre el disgusto que se ha llevado Kaya, el malentendido con las castañas y las risas de después, me despisto y en lugar de dejar la comida en el horno cuarenta y cinco minutos, se queda más de una hora.

Lo que hay sobre la bandeja no se parece demasiado a las fotografías que he visto, esto está más amorfo y chamuscado. Aun así, no me desanimo. He puesto todo mi esfuerzo y mi cariño preparando la falsa castaña y estoy seguro de que eso se reflejará en el sabor.

Nos sentamos a la mesa y espero, nervioso, a que Kaya dé el primer bocado para comer yo también. No sería cortés hacerlo de otro modo, después de todo, he hecho esto para ella.

Los minutos pasan y Kaya se limita a observar el plato con la nariz levemente arrugada.

—Te prometo que me he lavado las manos muy bien antes de cocinar y que no tiene gérmenes —le aseguro, para animarla a comer.

—No… Si eso no…

Eleva la vista del plato y sus ojos se encuentran con los míos. Empiezo a ponerme nervioso de verdad. Pensaba que le preocupaba la higiene, como siempre, pero es evidente que pasa algo más.

Lo medito un segundo. «A lo mejor esto es muy pesado. Si lleva todo el día tan disgustada, igual tiene el estómago delicado y esto no es una comida apta». Yo quería tener un detalle bonito con ella, y creo que lo he fastidiado.

—Si no quieres comer esto, puedo hacer otra cosa —sugiero, e intento sonreír a pesar del nudo que siento dentro del pecho—. Aunque la cena se retrase un poco, puedo hacer arroz… O algo con los huevos que has traído. O si me dices qué te apetece, puedo buscar cómo…

Me quedo en silencio de golpe cuando ella se lleva el cubierto a la boca.

—Has hecho esto para mí, ¿no? —me dice, tras tragar. Yo asiento—. Bueno, pues es lo que voy a cenar.

Un suspiro abandona mis labios. «A lo mejor no lo he estropeado todo. Igual sí que logro que esta comida le anime y le demuestre lo mucho que me importa».

—¿Te gusta? —pregunto temeroso.

—Si le quitas lo chamuscado, no está mal para ser la primera vez que cocinas algo así. Además… —Desvía la vista y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—. Se nota que te has esforzado y te agradezco el detalle.

La primavera estalla de golpe dentro de mi cuerpo inundando todo de luz, calidez y colores vibrantes.

—Sí que me he esforzado. Me he esforzado mucho —le aseguro.

«Me he esforzado por ti».

—Qué modesto —se ríe, y se lleva otro bocado a los labios.

—No mucho —en esta vida hay que ser honesto—, pero igualmente te acepto el cumplido.

Se le escapa semejante carcajada que por poco se le cae el tenedor de las manos y la lasaña de la boca.

«La comida le está haciendo feliz. ¡Lo he logrado!», pienso entusiasmado.

Ahora que sé que todo está bien, yo también pruebo la comida. Es aceptable. No está tan rica como las cosas que cocina Kaya y las partes negras me dejan un ligero regusto amargo en el paladar, pero no me importa.

Viéndola comer lo que yo he preparado, escuchándola reír y contemplando esa pequeña chispa luminosa en sus ojos, me podrían dar de comer barro y me seguiría pareciendo un manjar.