Capítulo 10 -Una castaña de pollo #2
—Kaya, llorar no es un signo de debilidad.
Es una necesidad del alma. Las lágrimas nos limpian, nos purifican por dentro, arrastran lo malo y lo purgan de nuestro interior.
Así que, si lo necesitas, llora. —Acerca tanto su cara que nuestras narices casi se tocan—.
Llora hasta que te sientas más liviana. Llora hasta que la tormenta de tu interior se seque.
Llora hasta que tu corazón pueda respirar de nuevo.
Llora todo lo que necesites, sabiendo que yo te sostendré.
Entrégame tus lágrimas y tus miedos. Los quiero igual que quiero tus sonrisas y tus alegrías —afirma con ferocidad.
Estoy a punto de romperme del todo—. Y si al acabar de llorar eres capaz de ponerte en pie y seguir caminando, serás la persona más fuerte y valiente de todo este inmenso mundo.
Igual que lo llevas siendo todo este tiempo porque, a pesar de lo que te ha ocurrido, aquí sigues, en pie y aguantando, con un corazón capaz de sonreír y de ser gentil. No hay nada débil ni cobarde en ti.
Las emociones me barren como un tsunami que arremete con violencia contra mi pecho y revienta todos mis diques internos. Ya no puedo soportarlo más y me quiebro entera.
Mientras ella se deshace en lágrimas y sollozos quedos, yo imagino las mil formas diferentes en las que voy a torturar al hombre que ha llenado su bello corazón de tantísimo sufrimiento.
Voy a hacer que se ahogue en el dolor, que se atragante con su propio terror y que llegue a suplicar por la clemencia de la muerte. No habrá rincón en este mundo donde pueda esconderse de mí, ni dios que lo proteja de mi ira.
Por cada lágrima que ella está derramando entre mis brazos, ese vil bastardo me va a entregar cien gotas de su sangre hasta que no quede más que un cuerpo marchito y seco.
Un tirón en la zona del pecho me arranca de mis pensamientos homicidas.
Algo parece haberse enredado en la tela de mi camiseta.
No es algo. Es ella. Kaya se ha aferrado a mi ropa como si yo fuese un madero flotando en el mar y ella un náufrago a punto de hundirse.
Ese pequeño gesto de necesidad me conmueve de una forma abrumadora.
Aparto la tarea de idear nuevas formas de tortura a un lado, ya la retomaré más adelante, y me centro en lo que verdaderamente importa ahora: ella.
Gracias a que he atesorado todas sus memorias durante siglos, todavía recuerdo que esto siempre funcionaba para tranquilizarla. La mezo con suavidad, como si fuese un recién nacido, a la vez que le acaricio el pelo y la espalda. A los pocos minutos, los sollozos empiezan a apagarse lentamente.
Le lleva un buen rato serenarse del todo, sin embargo, cuando se seca el rostro con la mano y me mira, sus ojos están mucho más limpios que antes a pesar de la rojez y la hinchazón.
—Lo… Lo siento —susurra. Su disculpa me coge totalmente desprevenido porque no entiendo la necesidad de la misma—. Te he puesto la ropa perdida. —Pasa la mano por la tela sobre mi pecho.
Sé que ella no lo está haciendo con esa intención, pero no puedo evitar sentir su contacto como una caricia y mis labios se curvan de forma involuntaria.
—No te preocupes. Solo está un poco húmeda y se puede lavar fácilmente. En Japón, cuando quería lavar algo, tenía que ir hasta uno de los arroyos de la montaña y rezar por no cruzarme con un oso o un jabalí.
—¿Te dan miedo aun siendo un demonio? —me interroga con voz nasal.
—No es miedo. Es que no es bonito que un animal salvaje te ataque cuando estás haciendo la colada.
Pelear sin ropa con una bestia es raro e incómodo, ¿sabes?
Con todo al aire y colgando… —Me da un golpe en el brazo, aunque mi comentario ha logrado arrancarle una pequeña risita.
Yo también sonrío al escucharla—. ¿Ya te sientes mejor?
—Un poco —asiente—. Gracias.
Me mira de reojo, se ruboriza levemente y me regala una sonrisa tímida.
La visión es tan adorable que me están dando ganas de comérmela.
No en el sentido literal, claro. Yo no como personas.
La mayor parte del tiempo no como personas.
Alguna vez lo he hecho. Pero a ella nunca me la comería, aunque huela igual que un postre.
«Y hablando de comer…».
—Y ya verás como después de cenar te sientes todavía mejor. Los problemas siempre parecen menos importantes con el estómago lleno.
Ella se sorbe la nariz de una forma muy poco decorosa y tengo que contener la risa como buenamente puedo. Es verdad que su esencia sigue siendo igual, pero esta Kaya tiene ciertas peculiaridades que la hacen única. Es más abierta y espontánea, y eso me gusta.
—¿Qué has preparado? ¿Tortilla?
—¡Por supuesto que no! —respondo con un tono más ofendido de lo que pretendía—. La tortilla es maravillosa, sin embargo, no era un alimento digno para esta ocasión. He preparado algo muy especial —sonrío.
—Define especial . —Me mira con cierto escepticismo.
—He buscado en internet ideas para una cena en pareja…
—Nosotros no somos una pareja —me interrumpe, y yo la ignoro, por supuesto.
—Y he buscado una receta de la que tuviésemos los ingredientes necesarios. Estoy cocinando castaña de pollo gratinada —le cuento con una gran emoción.
—¿Disculpa? —Parpadea varias veces y muy rápido, parece sorprendida. Seguramente la he dejado totalmente impresionada con la receta que he elegido, es un plato muy fino y elegante. O al menos es la sensación que me ha dado por las fotografías de internet.
—Sí, castaña de pollo gratinada —repito con una sonrisa orgullosa.
—Algo dentro de mí me dice que no pregunte, pero… a la mierda. ¿Qué parte del pollo es la castaña, exactamente?