La Maldita y El Cuervo Capítulo 10 -Una castaña de pollo
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Capítulo 10 -Una castaña de pollo

Para cuando acabo de secarme el pelo y me pongo mi pijama mullido y suave, ya estoy más tranquila. Vuelvo al salón y noto un olor extraño en el ambiente, soy incapaz de identificarlo.

El Cuervo está sentado en el sofá y observa atentamente el reloj que hay al lado de la puerta, como si esperase algo. También tiene la tablet encendida sobre la mesa.

Sé que tengo que empezar a hacer la cena, pero necesito reposar unos minutos, estoy demasiado cansada. Me acomodo en el otro extremo del sofá, lo más apartada que puedo de él y de sus indecentes bíceps.

El dueño de los susodichos bíceps aparta la vista del reloj y me mira de reojo.

—Esta mañana he buscado en internet eso del espacio personal. Sigo sin entenderlo bien, aun así, he descubierto otras cosas muy interesantes —dice con una sonrisa ladeada y pícara. «Esto no augura nada bueno»—. Por ejemplo, ahora sé que soy tu querido.

De la impresión, me atraganto con mi propia saliva y por poco me muero de un ataque de tos. Él me da palmaditas en la espalda sin dejar de sonreír.

—¡¿ Disculpa ?! —exclamo, cuando recupero la capacidad de hablar.

—Sí. Tú vas a trabajar y ganas dinero con el que pagas el lugar donde vivo y las cosas que me hacen feliz, como la comida.

Y como de momento no has necesitado mis servicios de protección, yo me limito a quedarme aquí mientras te dejo disfrutar de mi espectacular y sobrenatural atractivo.

—Pasa una mano por delante de su torso, exhibiéndose.

Mi cara se abrasa y sé que tengo que estar más colorada que un pimiento morrón. Es verdad que es muy atractivo, pero eso no le da derecho a pavonearse ni a hacerme pasar este mal rato, joder.

—Primero, tu desvergüenza no conoce límites —le increpo—.

Segundo, lo único más grande que tu desvergüenza es tu ego.

Y tercero, es verdad que yo te alimento, te alojo y que tú te limitas a quedarte todo el día en casa, esperando a que yo vuelva.

Sin embargo, eso no te convierte en mi querido, sino en mi mascota.

—Ahora es mi turno de sonreír de forma burlona, a la vez que siento un pequeño placer maligno al ver cómo sus ojos se abren con espanto.

—¿Me estás llamando perro? —responde ofendido.

Su cara me está dando ganas de reír. Y sinceramente, esto sienta bien después del día de mierda que he tenido.

—No, claro que no. Eres medio pájaro, así que estaba pensando más en un canario o en un diminuto periquito… —Las bromas mueren en mi boca cuando en menos de un segundo lo tengo encima, literalmente.

Una de sus manos se apoya en el respaldo del sofá, justo detrás de mi cabeza; la otra me rodea hasta hundirse en el reposabrazos.

La perfecta cara del Cuervo está a escasos centímetros de la mía, la temperatura a nuestro alrededor desciende varios grados y una hoguera azulada palpita al fondo de sus ojos.

—¿A quién estás llamando “periquito”? —me interroga.

Hago tanto ruido al tragar que creo que me han oído al otro lado del Pacífico—.

Yo no tengo esas plumas de colores tan estridentes y antiestéticos.

Y te aseguro que no tengo nada que pueda considerarse diminuto.

—Mi piel se incendia y si no me está saliendo humo por las orejas será un milagro—. Si quieres, te lo demuestro…

—¡No! ¡Da igual! —le interrumpo con tal voz de pito que la que parece un periquito infartado soy yo.

Le pongo las manos en el pecho para apartarlo, es como intentar mover una montaña—.

Solo estaba bromeando, no te lo tomes en serio…

Ni eso ni nada de lo que yo diga, ya que estamos.

La mayor parte del tiempo solo divago, digo incoherencias porque soy una idiota que tiene confeti de colores en vez de cerebro, ¿sabes?

Así que tú ignórame, como hace la mayoría del mundo.

Le doy unas palmaditas en el hombro mientras sonrío con nerviosismo. Entre su físico y esas insinuaciones subidas de tono que me hace de vez en cuando, algún día me va a matar de verdad con sus estúpidas bromas.

El gesto del Cuervo por fin se relaja y se ríe. Parece que mi penoso episodio de incontinencia verbal le ha hecho gracia. Vuelve a sentarse en el sofá, aunque se queda a mi lado. Su brazo y su pierna están pegados a los míos y eso solo consigue que me ponga más nerviosa.

Quiero apartarme, pero no puedo. Estoy encastrada entre el reposabrazos y ese inmenso cuerpo vestido de negro. Mi única escapatoria es suicidarme, arrojándome al suelo por el borde del sofá, cosa que no quiero hacer.

Al final, decido que lo mejor es renunciar a mi descanso y refugiarme en la cocina para serenar mi agitada mente y controlar todos los pensamientos nada apropiados sobre las cosas nada diminutas que esconderá el Cuervo.

—Voy a hacer la cena —le informo, e intento desincrustarme del sofá.

—No te preocupes, la estoy haciendo yo —sonríe de forma resplandeciente y orgullosa.

—¿Tú? —me extraño—. ¿Estás haciendo la cena para los dos?

—Has vuelto muy cansada de trabajar y, a pesar de eso y de que estaba lloviendo, has parado en la tienda a comprar porque yo te lo pedí.

Lo mínimo que puedo hacer es preparar la cena para que tú puedas relajarte un poco.

—Él sigue sonriendo. Yo creo que lo estoy mirando como si tuviese tentáculos en lugar de plumas.

No estoy demasiado acostumbrada a este despliegue de empatía y atenciones por parte del género masculino—.

No me mires así, ya te lo he dicho muchas veces, estoy aquí para cuidar de ti, Kaya.

Tu bienestar y tu felicidad son lo más importante para mí. Tú eres lo más importante para mí.

«¡Me cago en las Tortugas Ninja!», estallo dentro de mi cabeza, a la vez que empiezo a notar un molesto escozor en los ojos.

Todo el estrés del día me ha dejado más blandita que la plastilina y me está jugando una mala pasada. Tiene que ser eso. No puede ser que las palabras de este emplumado me hayan conmovido tanto. No puedo ser tan rematadamente estúpida.

Cierro la boca con fuerza, aprieto los puños sobre mi regazo y agacho la cabeza para que el pelo me cubra y me oculte de él.

No quiero que vea que me estoy desmoronando como una galleta que has dejado demasiado rato dentro de la leche.

No quiero que piense que me importan sus palabras o que necesito escuchar justo lo que él me dice.

No quiero que parezca que tenerlo aquí y que se porte así conmigo en el fondo me alegra.

Una sensación fría me envuelve. Sus manos son tan grandes que con una sola rodea con gentileza las mías.

La otra se posa en mi hombro y me empuja contra él hasta que choco con su pecho.

Apoya su barbilla en lo alto de mi cabeza y eso es todo.

Se limita a ofrecerme un consuelo silencioso, igual que hace siempre.

No me presiona para hablar del tema. No menosprecia mis sentimientos. Nada. Solo me sostiene mientras yo encuentro de nuevo las fuerzas para hacerlo por mí misma.

De verdad que no quiero depender de él. No quiero depender de nadie. Pero me lo pone tan jodidamente difícil… Siempre dice y hace lo correcto. Menos cuando amenaza con matar y comerse a gente, claro, pero eso no viene al caso ahora.

Cuando se trata de mí , siempre sabe qué hacer para que me sienta mejor. Siempre consigue hacerme sonreír con sus bobadas. Siempre está ahí en menos de un segundo si lo necesito, demostrando que me presta muchísima atención. Y lo odio por eso.

Lo odio porque no le da la puñetera gana de quedarse donde debe, en su lado del muro, y se empeña en atravesarlo a cabezazos si es preciso para llegar hasta mí.

Lo odio porque no me deja esconderme ni esconderle mi dolor.

Porque por mucho que yo reniegue, al final sí es verdad que me consuela muchísimo tenerlo aquí.

Desde el primer día su presencia ha sido algo reconfortante, cosa que no comprendo porque antes solo era un extraño que sonaba como un loco y que tenía plumas pegadas al cogote.

Es un maldito demonio y, aun así, tenerlo cerca es como tumbarte sobre hierba mullida envuelta con una toalla recién salida de la secadora mientras acaricias a veinte cachorritos.

«¿Cómo se explica eso? Debería sentir miedo de él y, sin embargo… Sin embargo, aquí estoy, dejando que su presencia me calme». Y eso hace que me odie a mí misma más de lo que lo odio a él.

Porque a pesar de todo, una parte de mí se resiste a creer que su amabilidad es auténtica.

Tengo demasiado miedo de que me hagan daño otra vez.

También tengo demasiado miedo de abrirme y de que él se acabe dando cuenta de lo rota que estoy en realidad y me desprecie.

Tengo miedo de que se quede. Tengo miedo de que se vaya.

La presión del pecho es insoportable. No quiero llorar. No quiero hablar. No quiero seguir siendo así de patética, pero como no encuentre una forma de dejar salir algo de todo lo que me devora por dentro, se me van a quebrar las costillas.

Mi cuerpo está tan tenso como una cuerda de violín y pequeños espasmos empiezan a sacudir mis músculos. Los brazos que me sostienen me estrechan más fuerte.

—Si necesitas desahogarte, hazlo —me susurra el Cuervo—. Seguro que luego te sientes mejor.

La primera lágrima cae y mi desprecio por mí misma sube. «No quiero seguir sintiéndome así. No quiero ser tan débil. Necesito recuperar el control de mi vida. Por favor, ya basta».

Los temblores aumentan cuanto más batallo por reprimir el llanto.

—Kaya… —Su voz suena extremadamente preocupada.

—No quiero llorar. —Fuerzo las palabras a través del nudo de mi garganta y me hago daño, aunque nada es comparable con lo que me duele el pecho—. No quiero seguir triste y asustada… No quiero ser tan débil ni una cobarde…

El mundo se mueve a mi alrededor. No comprendo lo que pasa, pero de pronto estoy sentada en el regazo del Cuervo.

Él me acuna el rostro, desliza el pulgar hasta mi barbilla y me obliga a alzar la cara hasta que nuestros ojos se encuentran.

La emoción que habita en los suyos podría reducir mil mundos a cenizas.