Capítulo 9 - Matar está mal
Cuando salgo de la reunión con la garrapata de mi jefe, estoy exhausta. Tratar con él me drena la energía, la alegría y las ganas de vivir. Y a eso tengo que sumarle todo el estrés que he acumulado a lo largo del día por culpa de esa extraña sensación de que me vigilan.
Pongo un pie en la calle y me dan ganas de cagarme a voz en grito en los Teleñecos. Está diluviando y yo no tengo paraguas. Además, tengo que ir a comprar huevos para el pajarraco porque se nos acabaron ayer.
El camino hasta la tienda es igual que todo este día, gris, penoso y una mierda de proporciones bíblicas. Y por supuesto, acabo calada hasta los huesos.
Cojo lo que necesito lo más rápido que puedo y voy a pagar.
Al verme llegar con los veinte cartones de huevos, a la pobre cajera se le desencaja el gesto.
Alterna su mirada varias veces entre mi esmirriado cuerpo y la pila de huevos que he dejado delante suyo.
Seguramente se crea que estoy intentando matarme de una embolia a causa del colesterol.
Como no estoy de humor para dar explicaciones ni para inventarme nada, me limito a sonreír de forma tensa hasta que ella reacciona, pasa mis artículos por el lector y me cobra.
Tras un infernal ascenso calle arriba bajo la lluvia y cargando con la pesada compra, por fin llego a mi apartamento. Estoy igual de empapada que una rata de alcantarilla, me duelen los brazos, tengo los dedos gangrenados y me siento más un despojo que un ser vivo.
En el segundo que abro la puerta, un cuerpo más pesado que un armario me cae encima y por poco me derriba.
—¡Kaya! —El Cuervo me abraza o, mejor dicho, me estruja y me saca todo el aire de los pulmones—. ¡Qué bien que ya estás en casa! Te he echado de menos. ¿Estás bien? ¿Cómo te ha ido el día?
«Más que un demonio, parece un golden retriever sobreexcitado».
—Me estás… aplastando…, mentecato —consigo decir, casi sin aliento.
—No me llamo Mentecato, me llamo Karasuhito —se ríe—. Ya lo sabes.
Lo sé, pero me importa un rábano frito. No puedo acercarme demasiado a él. Ni confiar en él. Ni ser su amiguita, ya que estamos.
—Quita de encima, que vas a romper los huevos… Y mis costillas…
—¡Huevos! —exclama entusiasmado. Coge la bolsa y se va corriendo a la cocina—.
Muchísimas gracias por acordarte y hacer la compra.
—Al sonreír, sus colmillos quedan a la vista.
«Al menos es educado… Y muy agradable a la vista», pienso mientras me fijo en la forma en que la camiseta negra se pega a su cuerpo y en sus fuertes brazos.
«Deja de mirarle así, depravada», me regaño—.
Ya decía yo que hoy estabas tardando más de lo habitual en volver. Me tenías preocupado.
—Eso ha sido culpa de mi jefe, no de la compra.
—Resoplo exasperada—. Tenía una reunión con él que debería haber durado cuarenta minutos a lo sumo y ha acabado triplicando ese tiempo.
Además, mientras estábamos en su despacho, él ha tosido tres veces.
¡ Tres ! Seguro que está enfermo. Seguro que tiene catarro, gripe o Covid.
—Cada vez hablo más acelerada. Los nervios del día se están descontrolando finalmente—.
O considerando su edad, a lo mejor tiene bronquitis o neumonía.
¡O a lo mejor es sarna! —Ni siquiera sé si la sarna provoca tos—.
Madre mía, ¡seguro que era rubeola! —A mi desquiciado cerebro le importa tres leches si esa enfermedad es de mujeres.
El Cuervo se acerca con pasos lentos y me acaricia la cabeza y el pelo de forma suave y rítmica. Centrarme en eso me ayuda a acompasar mi respiración con sus movimientos y la sensación de mareo se mitiga un poco.
—Si ese hombre te molesta, dímelo. Yo puedo deshacerme de él por ti —afirma, y la sonrisa amable muta en otra más salvaje, más animal.
—¿A qué te refieres con lo de deshacerte de él? —pregunto con voz titubeante.
—Eso depende de ti. Puedo aparecer por la noche en su casa y asustarlo un poco —me explica.
«Admito que eso no suena mal»—. Puedo traumatizarlo tanto que se mude a otro lugar —prosigue.
«Seguramente esto me convierta en una persona horrible, pero eso tampoco suena del todo mal»—.
Puedo secuestrarlo y abandonarlo a su suerte en mitad de un bosque en otro país —sugiere.
«Igual eso es un poquito excesivo, aunque sigue sin sonarme tan mal»—.
O puedo despellejarlo vivo, estrangularlo con sus propios intestinos y hacerme una tortilla con sus ojos.
«La madre que lo… ¡Eso ha sonado fatal! ¡¡ Fatal !!». Y me están dando arcadas solo de imaginármelo.
El Cuervo se encoge de hombros como si todas esas opciones fuesen totalmente equiparables entre ellas.
—Es… Es broma, ¿verdad? —inquiero nerviosa.
—¿Broma? ¿Por qué iba a ser una broma? —Su ceja izquierda se eleva y se pierde entre las brillantes plumas negras que le caen por la frente.
—Pues no sé, así, a lo loco, voy a decir que porque matar está mal —le censuro.
—Ah, ¿sí? —Su expresión es de perplejidad absoluta—. Primera noticia que tengo.
Mi estómago se encoge y se queda del tamaño de un grano de maíz. Aunque no sé por qué me sorprendo, es un demonio. Era evidente que no se iba a dedicar a plantar azaleas, a bajar gatos de los árboles y a ayudar a ancianas a cruzar la calle.
«Conmigo sí es amable», susurra una vocecita nada oportuna dentro de mi cabeza. Evidentemente, la ignoro.
—¡No me vengas con chorradas! —Mi nerviosismo abandona mi cuerpo en forma de un ladrido acusatorio—. ¿Cómo no vas a saber que matar gente está mal?
—Está mal matar a la gente buena como tú.
Eso lo sé —asegura. Oír eso me tranquiliza bastante —.
Pero si alguien se comporta de forma cruel, si hace daño a otros…
, no veo cuál es el problema. —Se encoge de hombros—.
Especialmente, si te lo hacen a ti . Si alguien te hace daño, mi deber como tu guardián es quitar esa basura de tu camino de la forma que sea.
—Sus ojos, de normal tan oscuros como la noche, brillan ahora con una intensidad abrumadora.
«¿Está mal que sus palabras me hayan alegrado?». Probablemente. Aun así, es lo que ha pasado. Una parte de mí se ha sentido conmovida y feliz al escucharlo.
Durante muchos años, el miedo ha estado trenzado alrededor de mi corazón, sofocándome más con cada día que pasaba. Y como ha quedado patente hoy en el trabajo, aún no me he librado de él. Todavía hay hebras de esa soga enredadas en mi interior.
Saber que alguien (así sea un demonio cuervo más viejo que la niñera de Matusalén) está dispuesto a llegar a esos extremos por protegerme, me emociona un poco.
Por mucho que me empeñe en levantar un muro entre nosotros, cuando me dice esas cosas no puedo evitar que mi corazón sonría. No puedo evitar pensar que a lo mejor no es tan mala idea confiar en él.
—Voy a ducharme y a ponerme ropa seca, no quiero quedarme fría —murmuro, bajando la vista al suelo, avergonzada por mis propios pensamientos—. Y es verdad que mi jefe es un puñetero incordio, pero de momento no hagas nada. Ni lo mates —añado, solo por si acaso, antes de esconderme en el baño.
Kaya parece terriblemente derrotada y exhausta. Además, aunque el olor es ahora muy tenue, percibo las notas del miedo y la angustia mezcladas con su aroma dulce.
En cuanto ella desaparece en el baño, trato de pensar en una forma de ayudarla y lograr que se sienta mejor, porque mi ofrecimiento sincero de hacerme cargo de ese hombre que la molesta no ha funcionado.
«¿Qué me hace feliz a mí?». La respuesta es muy sencilla: ella.
Su presencia, sus sonrisas, perderme en esos grandes ojos, escuchar su risa, su calidez, tenerla entre mis brazos…
Por desgracia, estoy bastante seguro de que no es recíproco y de que yo no le aporto a ella el mismo consuelo ni alegría que ella trae a mi vida.
Camino en círculos alrededor del sofá, concentrándome, buscando algo que pueda hacer para animarla. Mis bromas suelen hacerle gracia, sin embargo, hoy está especialmente tensa y no sé si eso será suficiente.
«Tiene que haber algo más. ¿Qué más me llena a mí de dicha?». La respuesta sigue siendo la misma: ella. Ella me hace feliz. Todo lo que dice, lo que hace, los pequeños detalles que demuestran que en el fondo se preocupa un poco por mí… «Un segundo». Creo que he dado con algo.
Cuando como cualquier cosa hecha por Kaya es igual que recibir un abrazo en el corazón. Cocinar para alguien es una muestra de cariño y preocupación. Y si yo me ocupo de la cena, eso le ahorraría trabajo, lo cual le vendrá bien porque está muy cansada. Es perfecto.
Ahora solo me queda decidir qué preparo. Las recetas que me ha enseñado son muy sencillas, no me parecen apropiadas para expresar lo mucho que ella me importa. Necesito algo más elaborado. Mis ojos se desvían solos a la pantalla portátil que siempre tiene las respuestas para todo.