La Maldita y El Cuervo Capítulo 8 - Trescientos #3
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Capítulo 8 - Trescientos #3

Ya lo sabía. De hecho, yo me voy a quedar con Aceituna, la gata de Isa, las dos semanas que ella va a estar en Nueva Jersey. Esa bolita de pelo es un amor, igual que su dueña.

—Yo también vuelo a San Francisco el día veintidós —añade Meredith.

—Suertudas… A mí me han endilgado los turnos de Navidad en el trabajo —se lamenta Jenna.

—Ya sabes que yo estaré aquí, puedes venir conmigo si quieres —le consuelo.

A diferencia de ellas, mi familia vive aquí en Seattle a las afueras de la ciudad, así que yo no tengo que viajar, cosa que agradezco muchísimo. Además, este año tengo un problema añadido: el emplumado.

No tengo ni idea de cuántos días puede quedarse solo un demonio si le dejas comida y agua en abundancia.

Aunque considerando que el perturbado me siguió desde Japón, imagino que, si viajase dentro de los Estados Unidos, vendría conmigo.

Lo cual me plantea otra duda: «¿podría ir en el asiento del tren o tendría que meterlo en un transportín? ».

—¿A tu familia no le parecerá mal? —me interroga Jenna.

—¿Mal? —me río—. Mis padres te adoran. A todas —añado.

Ellas son las que se quedaron a mi lado cuando todo se fue a la mierda y mi familia lo sabe—.

Estarán encantados de que celebres las fiestas con nosotros.

Si a ti no te importa pasar la Navidad rodeada de un grupo de pelirrojos bolingas y ruidosos, eres bienvenida.

La familia de mi madre procede de Japón, sin embargo, la de mi padre tiene raíces escocesas. Son todos pelirrojos, de ojos verdes, pecosos, con voz atronadora y se toman muy en serio lo de celebrar cualquier fiesta, especialmente la Navidad.

—Muchas gracias, Kaya. Me quedo más tranquila —admite ella—. Aunque me da pena no veros también a vosotras esos días.

—No me ibas a ver de todos modos —suelta Meredith—. Mis actividades navideñas favoritas son hibernar y tratar de no morir de una indigestión. No piso la calle a no ser que me arrastren de los pelos. —Se pasa la mano por su larga coleta rubia—. Ver tanta gente sonriente y feliz me da urticaria.

—Joder, Meredith, ni yo soy tan ogro —me río.

—Tú solo eres gruñona. Yo soy asocial. —Se encoge de hombros—. No intentes competir conmigo cuando yo iría por la calle con un lanzallamas en una mano y un bote de arsénico en la otra si me dejasen.

No puedo evitarlo y niego con la cabeza mientras me río en silencio. No soy la única. Isa se cubre la cara como puede con el osito rosa que lleva siempre colgado de su tarjeta del hospital. Y Jenna está totalmente girada en la silla, pero el movimiento de sus rizos la delata.

—¿Y qué os parece si hacemos algo después de las fiestas? —propone Isa—. En enero la gente ya no irá derrochando entusiasmo por la calle —comenta, y Meredith asiente satisfecha—. Podemos salir a cenar y a tomar algo por ahí.

—Sería una buena idea —coincide Jenna—. Hace siglos que no salimos por la ciudad. ¿A ti te parece bien, cielo? —Me mira directamente porque la razón de que llevemos siglos sin salir soy yo y mi miedo a cruzarme con cierta persona.

—Si no, podemos quedar en casa de alguna, ver una película y comer helado hasta que nos dé un coma diabético —rectifica Isa, en cuanto se percata del problema.

Mi ánimo hace aguas y está a punto de irse a pique como el Titanic. Me siento como una mierda porque ya ha pasado casi un año desde que rompí con él y, por mucho que me duela admitirlo, sigo prácticamente igual.

Soy incapaz de llevar una vida normal y lo peor es que arrastro a las personas de mi alrededor al fango, cuando ellas no tienen culpa de nada y lo único que han hecho es apoyarme y quererme incondicionalmente, incluso cuando ni yo misma lo hacía.

Estoy cansada de vivir con esta congoja. Estoy harta de que un imbécil siga condicionando mis días. Quiero pasar página de verdad. Seguir con mi vida. No tener ansiedad. No imaginarme cosas. No vivir paranoica.

—Podemos ir a cenar y a tomar algo. —Me obligo a sonreír—. No pasa nada. No tenéis que preocuparos más por mí. Las cosas llevan en calma varios meses y yo estoy perfectamente.

—¿Estás segura? —Isa me da un leve apretón en el brazo.

—¡Por supuesto! Tengo ganas de volver a aquel restaurante donde tenían esas gambas con sésamo, ¿os acordáis? ¡Estaban buenísimas! —Finjo más entusiasmo del que siento en realidad—. Saldremos todas juntas y tendremos una noche increíble .

—¡Así se habla! —exclama Jenna, alzando un puño al cielo y sobresaltando a toda persona viva en un radio de veinte metros—. Se acabó el lamentarse. Que se prepare la ciudad porque el fin se acerca. ¡Estamos de vuelta, nenas!

—Ni que fuésemos un grupo terrorista —se ríe Meredith.

—Dijo la del lanzallamas y el bote de arsénico —me burlo, ignorando el nudo de mi estómago.

El resto de la comida nos dedicamos a elegir fecha, el restaurante, posibles bares a los que ir después, qué ropa llevará cada una… Todo entre risas, bromas y grititos de excitación.

Mantengo la sonrisa y procuro que mi ánimo no refleje la inquietud que sigue arañando mi alma desde el susto de la biblioteca. La sensación de que alguien me observa persiste.