La Maldita y El Cuervo Capítulo 8 - Trescientos #2
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Capítulo 8 - Trescientos #2

Por hoy me apaño con el estropajo usado y cuando la lavadora termina, meto la ropa en la secadora. Este también es un gran invento. La ropa se seca en un par de horas y sale calentita y esponjosa, como una nube que ha estado toda la tarde al sol.

Con todas las tareas hechas, cojo la pantalla en miniatura, me siento en el sofá e intento averiguar cómo comprar los estropajos, qué es el espacio personal y por qué la pesadez aumenta con la edad.

Me lleva un buen rato familiarizarme con el tema de las compras, pero finalmente estoy listo para hacer mi primera transacción por internet. Siento un revoloteo de excitación en el estómago, seguro que Kaya va a estar muy orgullosa de mí.

En el último segundo, aparece un escollo en mi camino. «Pack de tres. Pack de diez. Pack de trescientos… ¿Qué es esto?».

Kaya me dijo que nuestro edificio es el número trescientos. «Significa eso que este es el que tengo que comprar para que sepan que tiene que llegar aquí? Es probable, porque esta ciudad es inmensa y un caos».

Cuando tengo la confirmación de que mi compra se ha realizado con éxito, me dan ganas de aplaudir. «Bien, ahora pasemos a lo del espacio personal».

Teclear en la pantalla con mis garras es complicado y por eso acabo pulsando un botón que no es el que yo quería. «Oh». Se abre una página sobre parejas. Intento retroceder. «Oh, vaya». Acabo no sé cómo en un sitio con consejos para conquistar a un hombre. «Vamos para atrás y… ¡Ay, madre!».

—¡¡Atrás, demonios!! —grito, cuando un anuncio gigante aparece de pronto en la pantalla con imágenes de señoritas muy ligeras de ropa y con demasiada piel expuesta—. ¡No vais a tentarme! ¡Mi corazón y mis ojos le pertenecen a Kaya!

Con la vista fija en el techo, presiono la pantalla como un energúmeno para cerrar corriendo esa ventana. Por poco parto el aparato en dos y por alguna misteriosa razón, acabo en otra página sobre cómo cazar un marido millonario.

La mañana está siendo tranquila. El brazo me molesta un poco, pero no es un dolor insoportable. Seguramente es de mover tantos libros para colocar las devoluciones del viernes en las estanterías.

Trabajo de bibliotecaria en la facultad de ciencias de la Universidad de Washington. Es la misma universidad en la que me gradué. Las chicas y yo estudiamos aquí, así es como nos conocimos.

Meredith también trabaja en la universidad.

Terminó su doctorado en Química el año pasado y el departamento la contrató para continuar el proyecto de su tesis.

Isa es enfermera pediátrica en el Hospital Universitario Montlake que está aquí al lado.

Y Jenna trabaja en una sucursal del banco Wells Fargo que también está cerca.

Esto es una bendición porque así nos reunimos a diario para comer juntas en una de las cafeterías del campus. Meredith, Isa y yo seguimos vinculadas a la universidad, así que no hay problema. Y a Jenna la dejan pasar porque antes trabajaba ahí y todos la conocen.

La hora del almuerzo es mi pequeño oasis en medio de la jornada laboral.

Y no es que mi trabajo no me guste, porque no es así.

Amo los libros, amo leer, siempre quise dedicarme a esto y algún día aspiro a trabajar en una biblioteca inmensa llena de novelas.

Mientras tanto, esto está bien para ganar experiencia y pagar las facturas.

Lo que no me gusta es mi jefe. Ese hombre de carácter agriado, con la empatía de una coliflor y con unos antihigiénicos pelos que le salen de las orejas y de la nariz como plumeros grises.

Me tapo corriendo la boca para contener una náusea.

También tiene siempre una capa de pelusilla cubriéndole el labio superior y parte de las mejillas.

Ese impresentable la tiene tomada conmigo desde que mi ex montó dos escándalos aquí. De algún modo, ese señor con más pelo facial que un kiwi me responsabilizó a mí de lo ocurrido y desde entonces me trata fatal.

No lo aguanto. Y esta tarde tengo una reunión con él. Solo de pensar en ello me da acidez de estómago. «Menos mal que en quince minutos veo a las chicas», me animo al comprobar la hora.

De repente, se me ponen los pelos de la nuca de punta y un escalofrío se desliza por mi piel. «¿Qué coño me pasa?». Mis latidos se aceleran y mi respiración va detrás. Algo no está bien. Tengo la impresión de que… «De que me están observando».

Me quedo paralizada a medio camino de dejar un libro sobre vacunas en la estantería. Tengo miedo de darme la vuelta para comprobar si realmente hay alguien ahí o no.

Se escucha un chirrido, el ruido de una suela sobre el linóleo, y el pánico inunda mi boca. «Respira, maldita sea», me ordeno. «Estás en un sitio público, es normal que haya gente, que se oigan ruidos y que alguien te haya mirado», razono.

El problema es que el pánico no atiende a razones, el pánico solo sabe de sensaciones y las mías están a punto de sepultarme.

Sigo paralizada, hundiéndome en una ciénaga invisible y, aun así, muy real para mí. Lo único que se mueve es mi pecho y lo hace a una velocidad anormalmente rápida.

Mis dedos están tan crispados alrededor del lomo del pesado libro que me duelen los tendones de la mano. El dolor se propaga como un latigazo cuando el corte de ayer se estira más de la cuenta. Casi espero sentir en cualquier momento las gotas calientes deslizarse por mi piel.

Al pensar en la sangre mi mareo empeora y, entonces, en medio del pringue pegajoso que cubre toda mi mente, aparece una imagen. Una compresa de noche pegada a mi antebrazo.

Algo trepa por mi garganta y un sonido a medio camino entre una risa y un gruñido se escapa de mis labios. Ese sonido evoca otra imagen, la sonrisa del Cuervo cada vez que me escucha reír. Un pequeño sol florece en medio de la noche más oscura.

Me estabilizo y logro controlar al fin mi desbocada respiración. «Solo te lo estás imaginando», me reprendo una vez que estoy algo más calmada. Sigues paranoica y como has pensado en las veces que ese cafre se presentó aquí, ahora estás alucinando.

Aunque lo cierto es que la semana pasada ya me ocurrió algo similar dos días y entonces no había pensado en nada ni en nadie previamente. Simplemente me sentí observada de repente y todo mi cuerpo se puso en situación de alerta máxima.

Me obligo a guardar toda la ansiedad en un cajoncito reforzado y continúo con mi trabajo como si nada hubiese pasado. Fingiendo que todo está bien. Que yo estoy bien. Igual que llevo haciendo desde hace meses.

—La Navidad está a la vuelta de la esquina —comenta Jenna, antes de llevarse una cucharada de puré a la boca.

—Todavía quedan tres semanas, no jodamos ya con el espíritu festivo, por favor . —Meredith frunce el ceño.

—Tú calla, Grinch —replica Jenna, y se me escapa una risilla—. ¿Vamos a celebrarlo juntas este año?

—Yo vuelvo a casa a pasar las fiestas con mi familia —se disculpa Isa.