La Maldita y El Cuervo Capítulo 8 - Trescientos
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Capítulo 8 - Trescientos

Mientras Kaya se peina y se arregla para ir a trabajar, yo recojo el futón en el que duermo. Ella me ofreció dormir en el sofá, que al parecer puede convertirse en una cama gracias a algún conjuro, pero rechacé la idea porque me parecía demasiado extraño.

Yo pensaba pasar las noches en el suelo, me bastaba con eso. Entonces ella sugirió la idea del futón. A eso sí accedí porque me recuerda a mi hogar, me es familiar y me resulta reconfortante. Y Kaya fue tan amable de comprar uno para mí.

También me compró ropa para que no tuviese que llevar siempre el mismo yukata. Aunque creo que eso lo hizo para que no fuese por ahí desnudo mientras el yukata se lavaba. A mí me daba igual, no me avergüenzo de mi cuerpo; aun así, le agradezco el detalle.

Es verdad que a veces puede ser un poco gruñona y su carácter tiende a volverse beligerante con demasiada facilidad, pero no me molesta ni se lo tengo en cuenta.

Primero, porque cuando se enfada sus mejillas se hinchan y sus labios se fruncen de una forma adorable.

Segundo, porque entiendo la razón de que sea así y no es culpa suya. Hay demasiados sentimientos negativos en su interior y es imposible que alguien pueda manejar todo eso sin perder los nervios de vez en cuando.

Y tercero, porque sé que en el fondo sigue siendo la misma Kaya dulce, generosa y atenta de siempre. Lo demuestra con detalles de los que creo que ni ella misma es consciente.

Es un alivio saber que aún hay luz en su corazón a pesar de toda la angustia que habita en ella. También me alegra ver que cada día sonríe más, sus hombros están menos tensos y su mirada se va aclarando poco a poco.

Todavía no he encontrado al hombre que le hizo daño y que sigue siendo una amenaza para ella. No creo que pueda hacerlo hasta que Kaya me cuente lo que le ha pasado y me dé detalles sobre él, o hasta que él dé la cara.

De momento me conformo con estar a su lado, apoyarla, ayudarla a sanar su espíritu y protegerla de otras amenazas, como lo de ayer con el cuchillo.

La pobre perdió mucha sangre y su cuerpo no es precisamente muy grande. Miro con preocupación hacia la puerta del baño. «¿Cuánto tardan los humanos en reponer la sangre perdida? ¿Y si se desmaya en el trabajo?». De pronto, noto mucho frío y una sensación tensa dentro del pecho.

—Kaya, ¿estás segura de que puedes ir a trabajar? —La inquietud que siento se filtra en mi tono.

Ella se gira, con el cepillo aún en la mano y me mira extrañada.

—¿Por qué no iba a poder?

—¿No te duele el brazo? ¿Te sientes débil? Ayer perdiste mucha sangre…

Agita el cepillo con brío como si espantase un insecto.

—Pierdo mucha más sangre cuando estoy con la re… —Se calla de golpe, sus ojos se abren muchísimo y su piel se incendia.

Me quedo embobado mirándola. Cuando se sonroja está muy bonita. Bueno, siempre está preciosa, pero el rubor acentúa los brillos caoba de su cálida melena castaña creando un efecto cautivador. «Céntrate», me regaño. No puedo distraerme con esas cosas, tengo otro asunto importante entre manos.

—¿Cuando estás con qué? —inquiero.

—¡Con nada! ¡Olvídalo! —dice apurada.

—Si hay algo que te hace daño y pierdes sangre por eso, quiero saberlo —afirmo, y me acerco un paso.

—No, no quieres.

—Claro que quiero.

—¡Te aseguro que no! —Su voz suena anormalmente aguda.

—Kaya… —La advertencia es clara—. Dímelo.

—No pienso discutir contigo mis ciclos menstruales.

«¿Ciclos…?». Por fin todo se conecta en mi cabeza.

—Oh…

—Sí, oh —me bufa—. Y ahora deja que termine de arreglarme o voy a llegar tarde al trabajo por tu culpa. —Me empuja para echarme y no consigue moverme ni un centímetro.

—¿De verdad te sientes bien? —insisto.

—¡¡ Pesado !! —estalla, a la vez que me arrea con el peine.

Ha sido más una caricia que un golpe. Intento contener la risa y fracaso miserablemente.

Eso solo la enfurece más y me da otra vez—.

Me duele un poco la herida y verla me da mucho asco; al margen de eso, estoy bien.

Ahora, ¡largo de mi baño o te juro que te desplumo como a un pavo el día de Acción de Gracias!

No he entendido la mitad de las cosas que me ha dicho, aun así, ver esos mofletes hinchados y sonrojados como dos manzanas y esos labios fruncidos basta para hacerme sonreír. «No puede ser más hermosa», me maravillo.

Por no agraviarla más, le hago caso, salgo del baño y voy a la cocina para ir preparando las cosas que tiene que llevarse.

Ya he aprendido que siempre que va al trabajo necesita la cartera, el móvil, las llaves, la tarjeta identificativa, la comida, su botella de agua, el desinfectante de manos (dos botes), las toallitas alcohólicas y pañuelos. Y ahora que hace frío, los guantes y la bufanda.

Lo coloco todo como ella me enseñó y aguardo a que acabe de peinarse.

—Gracias —murmura, al ver que ya lo he preparado todo.

—No se merecen —sonrío—. Solo quiero ayudarte en todo lo posible.

—Igualmente, gracias. —El rubor vuelve a florecer en su rostro.

—Cuídate mucho hoy —le ruego—. Y si en algún momento te encuentras mal, recuerda que solo tienes que llamarme y estaré ahí en menos de un latido, ¿de acuerdo? —Ella asiente de forma distraída—. Porque recuerdas cómo me llamo, ¿no?

Kaya nunca se ha dirigido a mí usando mi nombre y no sé si se abstiene de hacerlo porque no quiere o porque realmente no lo recuerda.

Siempre me llama otras cosas, lo cual me apena bastante.

La forma en la que sus labios acariciaban mi nombre, con ternura y suavidad, era una de las cosas que más feliz me hacía en este mundo.

—No importa si lo recuerdo o no porque no voy a llamarte. Estoy perfectamente —asegura con obstinación.

Me trago el suspiro resignado que pugnaba por escapar de mi boca.

—Por si acaso, me llamo Karasuhito.

—Bien por ti. —Se pone el abrigo, se cruza el bolso sobre los hombros y se cuelga la mochila a la espalda. Con tantos trastos a su alrededor parece tan pequeña. Antes de que la opresión del pecho me impida moverme, la abrazo fuerte—. No me estrujes tanto que no puedo respirar —protesta.

—Si puedes hablar, es que puedes respirar —me río.

—Majadero.

Me aparto lo justo para poder mirarla a los ojos.

—Ten mucho cuidado. Y llámame si me necesitas. Estaré aquí, esperando tu regreso.

Separarme de ella me entristece, pero me obligo a sonreír para infundirle ánimos. El tiempo que llevo a su lado también he aprendido que detesta los lunes con fervor.

Kaya pone los ojos en blanco.

—Estoy empezando a pensar que la pesadez aumenta con los años… Y tú tienes más de ochocientos…

—No sé qué quieres decir con eso —admito.

—Pues ya tienes algo en lo que pensar mientras yo no estoy. Me marcho. Cuida de la casa y pórtate bien —me dice, igual que todos los días cuando se va.

Aunque es una forma de despedirse un tanto peculiar, la acepto igualmente. Cualquier palabra que venga de ella es bien recibida.

Antes de que se vuelva a ir, la abrazo rápidamente por segunda vez. Ella corresponde mi gesto dándome unas palmaditas en la espalda y eso sirve para animarme de golpe.

Su actitud conmigo sigue siendo precavida y distante la mayor parte del tiempo, sin embargo, se va suavizando poco a poco y yo no pierdo la esperanza de que en algún momento me recuerde. Sé que lo hará. De momento, lo importante es que yo sí la recuerdo a ella. Lo recuerdo todo .

—¡Que tengas un buen día! —me despido con tono alegre, y me asomo al pasillo para decirle adiós con la mano antes de que Kaya se monte en esa caja que sube y baja.

Una vez que ella se ha ido, ya puedo ocuparme de las tareas de hoy. Tengo que limpiar, hacer la colada y que no se me olvide buscar qué es eso del “espacio personal”. Y ya que estoy, igual puedo investigar sobre lo de la pesadez y la edad porque me he quedado con las dudas.

Meto la ropa sucia a la lavadora. Debo admitir que el mundo moderno tiene sus ventajas. No tener que buscar un río para lavar es una auténtica maravilla. Y tener agua caliente con solo abrir un grifo parece obra de los dioses. Aunque sin lugar a dudas lo que más me entusiasma es el frigorífico.

Ese aparato puede guardar cantidades ingentes de comida y, además, la conserva durante semanas. Cuando Kaya me lo explicó, me dieron ganas de arrojarme a los pies de esa mole gris y llorar de alegría.

Igual que siempre, me quedo sentado en el suelo hasta que veo a través de la ventanita redonda que la ropa empieza a girar y que aparecen olas blancas de espuma. Después me centro en la tarea de limpiar.

Ya que estoy en la cocina, empiezo por aquí. Cojo el… el… «¿Esto se llamaba estropajo o espantajo?». Todavía tengo algunos problemas con ciertas palabras en este idioma. Sobre todo con los nombres de cosas que no existían la última vez que yo moré entre humanos.

Me paso una mano por las plumas, intentando hacer memoria. «Yo creo que era estropajo… ¿O a lo mejor era espumarajo? No, eso es otra cosa. Tiene que ser estropajo. Estoy casi seguro».

Cojo el estropajo y me percato de que tiene algunas zonas oscuras y la parte verde que parece un musgo rasposo ya ralea.

«Si Kaya ve que está tan sucio y desgastado, igual se disgusta. Igual le dan arcadas otra vez», me agobio. A esa pobre chica le dan más náuseas que a cualquier ser humano que yo haya conocido nunca.

Voy al armario donde guarda los productos de limpieza y los recambios, pero no veo más estropajos. Tengo el último en la mano.

Ayer ya le pedí que comprase huevos, no quiero seguir dándole más trabajo, se supone que estoy aquí para ayudarla.

Sin embargo, yo no puedo ir a la tienda.

Le prometí que no saldría de casa a menos que fuese una emergencia.

«Igual no me hace falta salir para conseguir más».

Sé que ella compra cosas usando esa pantalla portátil que está conectada a internet.

La he visto hacerlo varias veces, no puede ser tan complicado. Creo. Espero.