Capítulo 7 - La tirita
Me llevo la taza de café a los labios y por encima del borde observo atentamente al Cuervo. Está sentado tan tranquilo en mi sofá, comiéndose la tercera tortilla del día… Y no son ni las diez de la mañana.
La pálida luz de mediados de diciembre arranca suaves reflejos índigo a sus plumas y hace que su piel parezca más pálida y perfecta que de costumbre.
Lo cierto es que, si ignoras las garras, los colmillos y la melena hecha de plumas, es muy atractivo. Incluso sin ignorar todo eso sigue siendo atractivo, joder. Pero ya se sabe que en la naturaleza las cosas más hermosas suelen ser las más mortales.
Además, da igual si es atractivo, mitad pájaro o un demonio. Por encima de todo es un hombre. Y ese es el problema. Los hombres dan asco. No te puedes fiar de los hombres. Aunque afirmen ser tu guardián y estar aquí para protegerte de todo mal.
Cosa que el Cuervo lleva haciendo los últimos dos meses y medio.
Sí, dos meses y medio. Ese pajarraco infernal con pestañas de supermodelo lleva viviendo aquí, del cuento, casi tres meses.
Ha hecho de mi apartamento su nuevo nidito, literalmente, y tampoco es que me esté protegiendo de gran cosa.
Lo máximo que ha hecho hasta ahora es matar un bicho.
Aunque siendo totalmente sincera, cuando lo vi salir de debajo del sofá, por poco me arrojo al vacío desde la ventana, así que ese día sí que me salvó la vida. Pero solo ese día. El resto del tiempo no hace nada útil.
Mi mala conciencia empieza a darme toquecitos con un dedo huesudo y puntiagudo. Resoplo, exasperada, y reprimo las ganas de partirme la taza en la cabeza.
Supongo que, si vamos a ser totalmente sinceros…
, debo admitir que sí me ayuda con otros temas.
Siempre que la ansiedad amenaza con tragarme viva, él está ahí al segundo.
Cuando tengo un mal día o estoy triste, siempre consigue hacerme reír.
Está pendiente de mí, intenta ser útil en casa…
Y gracias a Dios no ha vuelto a cometer más delitos.
Sin embargo, no sé si todo eso me compensa.
No quiero bajar la guardia y que me vuelvan a engañar. Y con él pululando por aquí, con todas esas sonrisas despampanantes, esa gentileza, esos músculos y esas declaraciones de devoción totalmente inapropiadas; a veces me olvido de que los hombres son caca de la vaca.
Capto un movimiento en la periferia de mi visión y eso me arrastra de vuelta a la realidad. El emplumado se estira y bosteza, dejando a la vista sus colmillos de tiranosaurio.
Antes, esos dientes me daban pavor. Eran un recordatorio de que este chico es un depredador y de que, comparada con él, yo tengo el mismo poder de destrucción que una lombriz de tierra.
Si él quisiese darse un festín con mis tripas, yo solo podría preguntar si las quiere fritas o al vapor.
Sin embargo, por alguna razón (tal vez porque soy una descerebrada o porque he vivido con cosas peores), ya no me dan ningún miedo ni sus dientes ni él.
El Cuervo se dirige con pasos perezosos a la cocina. Al pasar a mi lado, me sonríe de esa forma dulce, cálida y luminosa; esa que hace que me den ganas de apuñalarme los ojos con un tenedor porque me perturba de un modo que no quiero (ni debo) analizar.
Abre la nevera y mete medio cuerpo dentro. «Qué cosa más adorable», pienso con ironía. Lo siento, pero que sea un ente demoníaco lo puedo tolerar; que sea antihigiénico, no.
—Oye, Kaya, no nos quedan huevos —me informa con tono lastimero.
—No soy yo la que se ha comido tres tortillas en lo que va de mañana —le reprocho—. Come otra cosa.
—La tortilla es de las pocas cosas que me has enseñado a cocinar —se queja.
Ahí tiene razón. Desde aquella primera cena que le hice (durante la cual juro que me pareció ver que se le saltaba una lágrima), me ha pedido en repetidas ocasiones que le enseñe a cocinar. También a hacer otras tareas de la casa.
Que haga la colada, que quite el polvo o que barra no me importa; incluso lo agradezco. Sin embargo, verlo manipular la comida con esas garras como mejillones es algo que no soporto. Así que me he limitado a enseñarle las recetas más básicas, entre ellas, la tortilla.
—Hazte una ensalada o come fruta, eso no necesitas cocinarlo —sugiero.
Su gesto se arruga en una mueca de desagrado.
«Por Dios, ni que fuese un niño de cinco años»—.
No puedes comer siempre huevos, tienes que ampliar tu repertorio de alimentos o, al final, te va a dar anemia, escorbuto o la menopausia, yo qué sé.
—Por la cara que tiene es evidente que no le estoy convenciendo, así que cambio de estrategia—.
Además, no creo que tú , precisamente, debas comer huevos.
—No comprendo a qué te refieres. —Enarca una ceja.
—¿No eres medio pájaro? ¿No se considera canibalismo o algo así?
—¿Y? —Su cara es de confusión absoluta. La mía también.
—¡Pues que está mal, tarugo!
—Ah, ¿sí? Primera noticia que tengo al respecto —declara sorprendido. Tengo que agarrarme a la encimera para no caerme del taburete. «Estoy viviendo con un perturbado»—. Y no me llamo Tarugo, ya lo sabes. Me llamo Karasuhito.
—Por mí como si te llamas Barbie.
—Kaya, tengo hambre… —gimotea de forma lastimera. El Cuervo cierra la nevera y se cuelga de mis hombros—. ¿No puedes preparar algo, por favor? —suplica—. Yo te ayudo. ¡Hagámoslo juntos!
—¡Quita de encima, bicho! —Me sacudo de malas maneras porque no es solo su risa lo que me perturba de una forma que no quiero analizar, también su contacto y su olor.
Él se ríe y se pega más—. ¡Y deja de comerte mi comida!
—estallo, por los nervios—. Eres un demonio, ¿no?
Pues búscate la vida. Seguro que puedes alimentarte de culebras, ratas, sapos, cucarachas o alguna marranada. —Me da una arcada al imaginarme eso.
—No sé con qué clase de bestia me estás confundiendo, pero soy un demonio. Puedo comerme tu comida o a ti, tú decides —me susurra al oído con un tono que esconde abundantes notas de diversión bajo la superficie.
«Yo no le veo la gracia por ningún lado, maldita sea». Su amenaza no me ha dado miedo porque sé que el pajarraco no iba en serio. A pesar de eso, no me gusta que me susurren que me van a devorar… O igual sí… «Mejor no pienso en eso tampoco».
—Ya voy a hacerte algo rápido —refunfuño. Si cedo, seguro que el emplumado me deja en paz de una vez.
—¡Muchas gracias! —Aplaude con la misma alegría que un crío—. Y déjame ayudarte. Así aprendo más recetas y la próxima vez que pase esto ya no te molesto ni te doy más trabajo.
Suspiro resignada. Supongo que es por cosas como esta por las que no lo he echado aún de mi casa ni he traído a un cura para que lo exorcice. Es un monstruo, sí, pero por lo menos es considerado y se esfuerza por ayudarme.
Me levanto, me lavo las manos durante cuarenta segundos (el doble de los recomendados porque una nunca está lo suficientemente limpia, segura ni loca) y voy hasta el frigorífico a ver qué puedo preparar.
El loco de las plumas por pelos sigue abrazado a mi espalda.
—Así no puedo cocinar —le increpo, intentando que se separe de mi cogote.
—No quiero soltarte.
—Quita de encima. No eres un koala —insisto—. ¿Es que tus padres no te enseñaron a respetar el espacio personal?
—Los demonios no tenemos padres —me informa. Se me olvida lo mucho que me exaspera y me da un poco de lástima—. Y no entiendo a qué te refieres con eso de “espacio personal”.
—Siento mucho que seas huérfano, pero eso no te da derecho a colgarte de mí. No soy tu árbol de eucalipto —contesto, tratando de reunir algo de paciencia.
—Es que me gusta abrazarte. Eres blandita y calentita…
«A la mierda la lástima y la paciencia».
—¡Tampoco soy una jodida bolsa de agua caliente! ¡Quita, leches!
El muy… tiene la desfachatez de reírse.
—Para tener un aspecto tan dulce, tienes un carácter de lo más espantoso.
—¡Lo único espantoso aquí eres tú! —me defiendo—. Y si nadie te ha enseñado lo que es el espacio personal, haz lo que toda persona decente y normal, búscate un tutorial en internet que te lo explique.
Ahora ya puedo decirle esas cosas porque le he dado un curso intensivo sobre internet, las nuevas tecnologías y los electrodomésticos. Le costó un poco asimilarlo todo y adaptarse, pero lo cierto es que se esforzó mucho. Como con todo.
—También me gusta abrazarte porque hueles muy bien. —Me husmea la nuca y entre el escalofrío que me baja por el cuello y el cumplido, se me pasa un poco el enfado—. Hueles igual que el flan de huevo.
Mi enfado repunta y por poco le atizo con la tabla de cortar. Me da igual si es cierto que mi pelo huele a flan porque mi champú es de vainilla, no voy a tolerar que me compare con algo amarillo y de consistencia cuestionable.
Mis amenazas no sirven de nada. El pegajoso del Cuervo no me suelta y observa atentamente todo lo que hago por encima de mi hombro para aprender. Y yo me veo obligada a hacer malabares para cocinar con un cuerpo que me saca casi dos cabezas de altura y media puerta de ancho colgado a la espalda.
Como era de esperar, al final sucede una tragedia. Me corto en el antebrazo con la punta del cuchillo y la versión escarlata de la Fontana de Trevi se materializa en mi cocina.
No me enorgullezco mucho de esto, pero la sangre me da asco. Me da mucho asco. Casi tanto como los gérmenes. Un sudor frío me empapa la espalda y me fallan las rodillas. Me habría caído de culo si el emplumado no me llega a tener bien sujeta.
Unos brazos fuertes me levantan por los aires y me depositan con cuidado en el sofá, donde me quedo tirada más lánguida que una acelga hervida. Soy incapaz de abrir los ojos.
—Kaya, ¿cómo te ayudo? ¿Quieres que te chupe la herida? —me pregunta él, agobiado.
—Joder, no. ¡Qué asco! —El estómago me pega una violenta sacudida. Ya me hizo beber su sangre, no hace falta que lo repitamos en el sentido inverso.
—Entonces, ¿qué hago?
—En el baño hay tiritas, tráeme una… O dos, o veinte, no sé.
—¿Qué es una tirita?
—Madre mía, qué merluzo. —Aunque tampoco puedo culparlo, no sabe nada del mundo moderno. Va aprendiendo sobre la marcha—. Son unas cosas alargadas con una parte blanca que absorbe la sangre.
—¡Vale! ¡Lo tengo! ¡Tiritas!
Me suelta la mano y escucho sus pasos salir a la carrera en dirección al baño. Al sonido de sus pies le siguen los golpes de cajones y de cosas moviéndose y cayendo al suelo.
Pensar en el desastre que está armando en mi perfectamente ordenado cuarto de baño me da ganas de llorar. A pesar de eso, por una vez me callo y no me quejo, dado que lo está haciendo para ayudarme.
Después de lo que me ha parecido una eternidad, él regresa y me pega algo en el antebrazo. «¿Por qué parece gigante?». Sabiendo que la herida está tapada, me atrevo a abrir los ojos. Al segundo me arrepiento profundamente .
—Esto… Esto no es una tirita… —titubeo—. Esto es una compresa…
—Pero es alargada, tiene una parte blanca y en el paquete ponía para sangre abundante. Y tú estás sangrando abundantemente.
Parpadeo varias veces, perpleja. No sé si reír o llorar. Y lo peor es que no me puedo enfadar porque él tiene razón.
—Muchas gracias —claudico. No tengo fuerzas para seguir discutiendo.
—De nada, ya sabes que estoy aquí para ayudarte y protegerte —asegura, con una sonrisa satisfecha en la cara después de su asombrosa hazaña .
«Desde luego tiene que estar orgullosísimo de su papel de guardián», pienso con un sarcasmo más ácido que el zumo de lima. En dos meses y medio me ha protegido de un bicho y ha evitado que me desangrase pegándome una compresa en el brazo. Le van a dar el premio al empleado del año.
Sin embargo, la realidad es que ahora sí me ha ayudado mucho. De no ser por él, me habría partido la crisma en la cocina al desmayarme. Así que, por no hacerle sentir mal, me paso el resto del domingo con una compresa de noche pegada al brazo.