La Maldita y El Cuervo Capítulo 6 - Buffy la Cazavampiros #3
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Capítulo 6 - Buffy la Cazavampiros #3

—Sí, bienvenido a los Estados Unidos —intento bromear—. Y no pasa nada. Podías haberte tomado todo el tiempo del mundo. Podías no haber venido porque yo estaba perfectamente bien —miento como una condenada, y creo que él lo sabe porque me abraza más fuerte.

—Lamento haber tardado tanto —repite—. Y ahora vamos a que te pongas cómoda y te abrigues bien.

El brazo que aún tiene en mi espalda desciende hasta mi cintura, él se gira y me carga sobre su costado sin el menor esfuerzo.

Se me escapa un sonido nada digno de una señorita, ni de un ser humano, ya que estamos. Creo que ni una alimaña atropellada haría un ruido semejante. El Cuervo se limita a reírse y cierra el balcón.

Me lleva derecha al sofá y me deposita en él, igual que hacía con la butaca del hotel. También se arrodilla delante de mí y me estudia el rostro con una atención digna de un alumno de matrícula de honor.

—¿A qué venía eso de abrigarme? —le interrogo, por distraerme del hormigueo de mis mejillas y de mi estómago.

—Hacía mucho frío durante el viaje, por poco se me congelan las plumas.

—Hace un mohín y se acaricia la cabeza un par de veces.

Parece un niño enfurruñado y, para mi más absoluta vergüenza, lo encuentro jodidamente adorable—.

Estaba preocupado por ti. Tenía miedo de que enfermases.

¿Estás bien? —Envuelve mis manos con las suyas.

Me siento culpable porque yo he viajado en un lugar climatizado y me han dado dos mantas mientras él iba con las maletas. Pero supongo que me sentiré todavía peor si dejo que se preocupe sin motivos. «Espero que no se enfade al saberlo…».

—Donde yo estaba sentada no hacía tanto frío y me han dado mantas para taparme.

Su sonrisa por poco me abrasa las córneas.

—¡Eso es estupendo! Menos mal. —Suspira, y cualquiera diría que el aire lo he soltado yo porque de pronto me siento más ligera—. Bien, pues entonces solo queda ocuparnos de una cosa. ¿Qué vamos a cenar? ¿Quieres que salga a buscar algo?

—¡No, por Dios! —Aquí no va a encontrar gallinas por ningún lado y no quiero saber qué dejaría a cambio de la comida.

Una rata de las alcantarillas, tal vez—.

Mientras estés aquí, no saldrás a por comida ni intercambiarás animales vivos por bienes, y se acabó lo de no pagar por las cosas, ¿entendido? —Le apunto con un dedo.

—Entonces, ¿qué vamos a comer?

—Tú, no sé. —No quiero sentar malos precedentes y que crea que yo le voy a hacer la comida a diario—. Yo comeré lo que cocine, igual que siempre.

—¡¿Vas a cocinar?! —Sus ojos se iluminan y juraría que se le han levantado las plumas del cogote.

—Sí, voy a cocinar para mí —separo bien las sílabas para que le quede claro.

—¿Y yo puedo probar algo de lo que cocines? Solo un poquito. Por favor. Por favor . —Alarga la última palabra de un modo infinito y su sonrisa es tan amplia que puedo verle hasta las muelas. Solo le falta ponerse a dar saltitos y a aplaudir.

Una de mis cejas se muda a lo alto de mi frente por culpa del escepticismo. «¿Se puede saber qué tripa se le ha roto a este bicho raro? ¿Y esta obsesión con mi cocina?». Porque tampoco es que yo sea una chef de tres estrellas. Ni de dos. Ni de media.

«A lo mejor se cree que haciéndome la pelota va a conseguir que cocine para él también».

—Por favor, Kaya —suplica—. Aunque solo sea un bocadito. Uno chiquitito. Un poquito de nada. Por favor.

«Esto es peor que tener a un perro rogándote por las sobras, joder».

Y sé lo que digo porque mis padres siempre han tenido perros en casa y todos se metían debajo de la mesa a la hora de comer para torturarme con sus ojos de cachorro y babearme en el regazo, pidiendo cualquier migaja que tuviese a bien darles.

—Por favor. Por favor. Por favor. —Se mece en el sitio y a mí me da acidez de estómago de verlo.

Como no cedo ni respondo, me vuelve a coger las manos. Ahora que estoy un poco más calmada, me percato de que está más frío que de costumbre. Su nívea piel ahora parece agua helada, pues hay un leve matiz azulado en el dorso de sus manos.

«Se ha quedado como un chuzo en la bodega del avión». La acidez de estómago aumenta a la par que mi cabreo. Cabreo conmigo misma y ni siquiera comprendo bien las razones.

A lo mejor es porque está empezando a importarme esta versión demoníaca de un golden retriever, porque me siento responsable por sus penurias o porque estoy a punto de ceder como una gilipollas a su petición.

Suspiro por no ir y darme de cabezazos contra la encimera de mármol hasta cascarme la cabeza que, al parecer, tengo llena de serrín en vez de sesos.

—Cocinaré algo para los dos…

Unos brazos me rodean y al segundo siguiente estoy volando por los aires y girando.

—¡Gracias! ¡Muchas gracias, Kaya!

—Ni gracias ni nada, ¡bájame, joder! —exclamo, abochornada y abrumada por su reacción. Cuando mis pies vuelven a tocar el suelo y consigo tragarme de vuelta el corazón, añado—: Y será solo hoy. Hoy haré la cena para los dos y eso será todo. No volverá a suceder nunca más —le advierto muy seria.

—Lo que tú quieras —sonríe el Cuervo, entusiasmado.

Spoiler: si volverá a suceder. Y en repetidas ocasiones, además. Y no será solo la cena.