La Maldita y El Cuervo Capítulo 6 - Buffy la Cazavampiros #2
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Capítulo 6 - Buffy la Cazavampiros #2

Y desde que su vida se apagó, he guardado cada momento, cada sentimiento, cada caricia y cada lágrima; lo he abrazado todo, lo bueno y lo malo, durante seiscientos años para no olvidarla.

De ahí he sacado la fuerza para poder seguir adelante con mis días, aguardando paciente… «Y ha merecido la pena», sonrío.

El viaje ha sido largo, muy largo. Y cuando nos bajamos del avión, mis ojos vagan inconscientemente hacia la barriga de esa lata de sardinas gigante. «¿De verdad irá ahí? ¿De verdad me habrá seguido hasta aquí?».

Una parte de mí cree que es imposible que un hombre, demonio o no, se haya tirado más de diez horas echo un ocho entre maletas para acompañar a alguien que conoce desde hace menos de una semana.

Otra parte de mí espera que no lo haya hecho por dos razones.

La primera y más importante, no necesito más follones en mi vida.

Ya he cumplido el cupo de desgracias que le pueden acontecer a una sola persona y no he llegado ni a los treinta, joder.

La segunda, me da bastante pena imaginarlo en la bodega del avión.

Y una diminuta parte de mí, una parte a la que me gustaría meterle una botella de cicuta por el gaznate, desea que sí lo haya hecho.

Es la parte que ansía creer que todas las cosas que me ha estado diciendo ese pajarraco en los últimos días son verdad.

La parte que quiere volver a confiar en otros.

La parte que necesita con desesperación que alguien me demuestre que soy digna de que me quieran y me cuiden de una forma sana y normal.

La parte de mí que sigue siendo una ingenua y una idiota, al parecer.

Cuando las maletas empiezan a salir por la cinta transportadora casi me espero que él aparezca tumbado sobre la mía con una de esas despampanantes sonrisas suyas. Pero no es así. No hay ni rastro del emplumado por ninguna parte.

Tampoco aparece cuando me monto en el taxi con Meredith, ya que las dos vamos en la misma dirección. Ni cuando llego a mi edificio en la zona noreste de la ciudad, cerca del parque Washington y del Jardín Botánico. Ni cuando entro en mi apartamento.

«En el fondo es mejor así», me digo, y sé que es verdad. Lo mejor para ambos es que él se haya quedado en el lugar al que pertenece, eso nos ahorrará mucho sufrimiento. Porque espero que se haya quedado en Japón… «Dios, no se habrá caído del avión, ¿no?», me agobio.

No, eso es imposible. Los aviones están perfectamente sellados, no habría podido caerse ni queriendo.

«Perfectamente sellados…». Otro pensamiento horrible sustituye al primero.

«¿Y si se ha asfixiado al no tener aire?

¿Es eso posible?». No, a veces viajan animales ahí.

Además, es un demonio. Dudo que pueda morirse por una cosa tan tonta como el oxígeno.

Y lo que es más importante, eso no es asunto mío.

Lo que le pase al Cuervo no me incumbe ni debe afectarme.

Compartimos espacio vital durante unos días, él por poco me causa treinta infartos, me echó sangre en la boca cuando yo estaba inconsciente, robó una gallina para alimentarme y eso fue todo.

A partir de ahora, cada uno en su casa o en su nido, y Dios en el de todos.

Un poco más serena, voy a la habitación para dejar mi maleta. No me apetece nada ponerme a deshacer el equipaje en estos momentos, aun así, lo hago para poner la lavadora porque no soporto la idea de que los gérmenes proliferen en la ropa sucia. Recordemos que soy idiota y estoy loca.

También me doy una ducha porque tampoco soporto la idea de que los gérmenes del avión y del aeropuerto proliferen sobre mí.

Para estar más cómoda, me pongo unos pantalones de chándal y una camiseta descolorida de un concierto al que fui con las chicas hará como, no sé, porrocientos años.

Fue mi último concierto. Después de eso dejé de salir porque conocí a…

«No, no, no». Consigo detener mi mente a tiempo, sin embargo, ha estado cerca. Demasiado cerca.

Con la respiración un poco agitada, voy a la cocina a por un vaso de agua. Al agarrar el cristal me doy cuenta de que mi pulso tiembla levemente y me maldigo en todas las lenguas que conozco, que solo son dos, pero ya es mejor que una.

Doy pequeños sorbos. No sirve de nada. No me tranquilizo. De hecho, la visión del vaso empuja mis ojos sin querer hacia el pique y la pequeña mancha de la pared que no conseguí limpiar del todo, por mucho que froté hasta despellejarme los dedos.

De repente, mis sentidos se inundan de recuerdos. El sonido del cristal estallando. El olor de la cerveza. La visión de la espuma fluyendo por la pared como una ola. Los gritos. El miedo… «Mierda». Suelto el vaso corriendo y me agarro a la encimera para no venirme abajo.

Mis latidos cada vez reverberan con más intensidad dentro de mi pecho y las rodillas se me están convirtiendo en dos verduras cocidas. Me pongo en cuclillas por si acaso las piernas me fallan. Entierro la cabeza en las rodillas y me esfuerzo por respirar.

Por alguna estúpida razón, espero escuchar al pajarraco preguntándome si estoy bien justo antes de frotarme la espalda.

Mis ojos amenazan lluvia y no sé si es por el ataque de pánico o porque aquí solo estoy yo, incapaz de lidiar por mí misma con toda la mierda que el cabrón de Ethan dejó en mi interior.

Pasa una eternidad y yo sigo echa una bola en el suelo de la cocina. La luz del exterior se apaga y las sombras lo van devorando todo a mi alrededor después de darse un festín conmigo.

Llevo tanto tiempo en esta posición que tengo todo el cuerpo agarrotado y empiezo a dudar de si seré capaz de ponerme en pie otra vez. Las dudas se resuelven solas cuando tres golpes suenan en la cristalera del balcón y yo por poco atravieso el techo del bote que pego.

Al mirar en esa dirección veo plumas y casi lloro de verdad. Ese memo está en mi terraza, saludándome con una mano, y con su estúpida y perfecta sonrisa pegada al rostro.

Ato en corto todas mis desbocadas emociones, tomo dos bocanadas de aire que ahora sí parecen llenar mis pulmones y me pongo en pie.

Camino con pasos lentos por precaución, abro la puerta del balcón y preparo mi mejor cara de indiferencia. Al final, la indiferencia se evapora cuando al Cuervo se le borra la sonrisa de un plumazo y un sentimiento violento se apodera de su rostro.

—¿Qué…? ¿Qué pasa? —pregunto nerviosa.

Él me hace a un lado con cuidado y entra en el piso, deambula por el salón, mira en todas direcciones como si buscase algo, luego se da la vuelta, me contempla unos segundos y sus brazos se me tragan viva.

Mis nervios se tensan ante el inesperado abrazo y, sobre todo, ante la ferocidad del mismo. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que me han abrazado como lo está haciendo ahora él.

Me estrecha tan fuerte contra su pecho que cualquiera diría que intenta meterme dentro de su cuerpo. El olor a fósforo quemado está por todas partes y la frialdad de su piel atraviesa las capas de ropa que nos separan y me alcanza; sin embargo, no me molesta.

Una de sus manos abandona mi espalda y me acaricia varias veces la cabeza, después aparta mi cabello y lo coloca tras mi oreja, desatando un cosquilleo que rápidamente se convierte en un incendio descontrolado cuando me susurra al oído:

—Perdona por haberte dejado sola tanto tiempo. Me ha costado mucho seguir tu rastro y llegar aquí sin ser visto. Este sitio es un caos de gente, ruido y luces, y he tenido que esperar a que oscureciese para poder moverme entre las sombras.