La Maldita y El Cuervo Capítulo 6 - Buffy la Cazavampiros
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Capítulo 6 - Buffy la Cazavampiros

—¡Atención, soldados! —Meredith se pasea con pasos largos y firmes por delante de la línea que nos ha obligado a formar a las demás—. Antes de abandonar el hotel, repasemos una vez más que llevamos todo lo necesario y que tenemos todo listo para evitar problemas en el aeropuerto. ¡Pasaporte!

Todas miramos en nuestros bolsos.

—Sí —decimos las cuatro a la vez.

—Móvil y cargador.

—Sí —respondemos, tras comprobarlo.

Meredith prosigue con su lista. También lo hizo antes del viaje a Japón. Ella es la más organizada de todas nosotras y está bien que se ocupe de estas cosas para evitar sustos y percances posteriores.

El problema es que esta vez puede haber un susto bien gordo y un percance descomunal como alguien descubra que en mi maleta, aparte de comida y suvenires, también llevo un puñetero karasu-tengu.

Y no hablo solo del riesgo de que alguien lo vea. Está todo el tema de aduanas. Se supone que antes de entrar en los Estados Unidos debemos declarar cualquier cosa extraña que llevemos en el equipaje.

«¿Cómo coño declaro que llevo un demonio en la maleta? ¡No puedo! ¡Me van a tomar por una loca! Y no una de las graciosas y adorables, sino de las que tienen que estar vigiladas porque son un peligro para la sociedad».

Por eso, cuando me entreguen ese papelito en el avión preguntando si llevo seres vivos o algo que declarar en el equipaje, me callaré.

Me callaré como una muerta y rezaré para que nadie se entere y que, a mi llegada al aeropuerto de Seattle, no me estén esperando la policía, el ejército o Buffy la Cazavampiros para detenerme por tráfico ilegal de seres sobrenaturales.

«Madre mía, qué estrés», me angustio. Sinceramente, no sé por qué me preocupo por acabar encerrada en la cárcel o en un psiquiátrico porque a este paso no voy a llegar viva a mi hogar. Me voy a morir de un aneurisma, de una úlcera sangrante o de un colapso multiorgánico.

Dos dedos chasquean a escasos palmos de mi nariz y me arrastran de golpe y porrazo al presente.

—Kaya, ¿quieres hacer el favor de no dispersarte? —me reprocha Meredith—. Esto es importante.

—Perdón —murmuro—. Son los nervios por el viaje. —Esto es una mentira parcial. Es verdad que estoy nerviosa por el viaje, pero por unas razones que no puedo contarle a nadie.

—Estarás menos nerviosa si te aseguras de que tienes todo en orden para no volver a dar un espectáculo en el control de seguridad —sonríe Meredith con malicia.

—Nadie va a dar un espectáculo —afirma Isa con dulzura.

—A mí no me importa darlo —salta Jenna—. Siempre y cuando me paguéis por adelantado, claro —se ríe.

—Calla, loca. —Meredith enrolla el papel que tiene en la mano y le arrea en la cabeza.

Con todos esos rizos, no creo que Jenna lo haya notado—.

Y sigamos con esto antes de que se nos haga tarde.

Bien, ahora vamos a repasar en el mapa los enlaces de tren para llegar al aeropuerto por si acaso alguna se despista o se separa del grupo. Así todas sabréis llegar.

Los siguientes quince minutos los pasamos intentando descifrar lo que nos está diciendo. Esto es más difícil que una clase de Física Atómica.

Necesito aclarar algo sobre la buena de Meredith.

Es extremadamente inteligente, muy organizada y atenta, pero se le da como el culo dar explicaciones.

Para ella todo es fácil y no entiende que el resto de los mortales no tenemos tantas conexiones neuronales dentro de la cabeza.

Y la cosa empeora todavía más cuando se trata de direcciones porque mi amiga la rubia es ambidiestra y no sabe distinguir la derecha de la izquierda.

Por esa razón, cuando Meredith acaba, se da de bruces con tres caras perdidas.

—¿Por qué me estáis mirando como tres besugos recién pescados? —nos increpa.

—No sé las demás —Jenna toma la palabra—, pero yo no me he enterado de nada. Y cuando digo nada, es nada .

—¿Qué? —se sorprende Meredith—. ¿Me estabas escuchando?

—Claro que sí —se defiende Jenna—. Pero me he perdido por completo la tercera vez que has dicho derecha y has señalado a la izquierda en el mapa.

Los ojos azules de Meredith se inundan de agobio.

—¿Y vosotras dos? —nos interroga a Isa y a mí—. Vosotras sí que os habéis enterado de cómo llegar al aeropuerto, ¿no?

—Yo… —Isa se queda callada, incapaz de decirle que sus explicaciones son peores que un sándwich de queso y chocolate.

Las miradas de las tres se fijan en mí. El muerto de decirle la verdad ha recaído de algún modo en mí. «Bueno, total qué más da. Ya tengo un demonio, también puedo hacerme cargo de un muerto. Y si sigo así, podré montarme mi propia mansión del terror».

—Se te da fatal dar indicaciones para llegar a los sitios, Meredith —suelto por mi bocaza. Ya he dicho antes que lo de la sutileza no va conmigo.

—¿Qué dices? —Sus ojos se abren con espanto—. ¡Eso no es cierto! ¿A que no, Isa? —Por supuesto, busca a la más amable de las cuatro para que le eche un cable.

—Yo… A ver… —La aludida se recoloca un mechón de pelo castaño detrás de la oreja—. Yo no diría que a ti se te da mal explicar… Lo más seguro es que nosotras seamos torpes y por eso no te entendemos.

—¡Oye! ¿A quién llamas torpe? —se ofende Jenna, y a la pobre Isa le desaparece todo el color de la cara.

—Lo que pretendía decir… es que… Bueno… Yo… Santo ravioli… —murmura, desesperada por hallar un modo de salir de esta—. No sé qué pretendía decir —se rinde.

—Creo que es una mezcla de ambas cosas. —Voy al rescate de mi amiga—. Meredith es una inútil enseñando cómo llegar a los sitios y nosotras tres no sumamos ni dos neuronas funcionales juntas. —Me encojo de hombros.

Todas me miran unos segundos antes de echarse a reír.

—Y de esas dos, yo creo que una está de baja —dice Jenna.

—O se ha suicidado —añade Meredith—. Pero volviendo a lo importante, viendo el panorama, vamos a esforzarnos todas porque nadie se despiste y alguna se suba al tren que no es. —Le lanza una mirada de soslayo a Jenna. Ya le ha pasado tres veces desde que llegamos a Japón.

—Yo le echo un ojo —se ofrece Isa, y la rubia asiente—. No te vas a alejar de mí hasta que lleguemos al aeropuerto, señorita. —Se engancha al brazo de Jenna.

—Si se pone rebelde, usa chocolatinas para engañarla y que te siga —sugiere Meredith.

—¡No soy un perro! —protesta Jenna—. Aunque no diría que no al chocolate, me muero de hambre.

—Ya desayunaremos al llegar al aeropuerto —le consuela Isa.

Tras un último repaso rápido para asegurarnos de que de verdad estamos listas, emprendemos el camino que nos llevará de regreso a casa… A nosotras y a un inesperado polizonte de última hora.

La temperatura exterior no suele ser un problema para los demonios.

El clima tiene que ser muy extremo para que lo notemos y por los dioses que yo lo estoy notando ahora mismo.

Hace muchísimo frío dentro de esta bodega, como la ha llamado Kaya.

También huele raro, hay una vibración que nace del suelo debajo de mí, y un rugido extraño y ensordecedor lleva sonando desde hace horas.

Me acurruco un poco más contra la maleta de Kaya y me envuelvo mejor con mis alas. He tenido que desplegarlas para tener algo con lo que cobijarme. «Solo espero que Kaya no esté pasando por todo esto», me lamento.

No soporto la idea de que su delicado cuerpo esté expuesto a este frío espantoso. Cuando se ha ido esta mañana, no llevaba suficiente ropa de abrigo para esta temperatura, podría enfermar… Los humanos son muy delicados.

«Tranquilo, seguro que ella está en un sitio más cómodo», me animo para no emprender el ascenso por las entrañas de esta bestia de metal e ir en busca de Kaya para asegurarme de que está bien.

A lo mejor estoy siendo un poquito paranoico y sobreprotector, pero no puedo evitarlo. No soportaría perderla cuando la acabo de encontrar.

Entierro la cabeza bajo el ala, me abrazo las rodillas y cuento mis propios latidos para serenarme.

Al amparo de la oscuridad mi mente vaga sin rumbo buscando recuerdos felices, estrellas dentro de la noche que habita en mi cabeza, que me permitan mantener la calma.

Igual que siempre, sus recuerdos son los que encuentro.

Su sonrisa resplandeciente cuando tendía la ropa.

Sus preciosos ojos rebosantes de alegría.

Los pequeños hoyuelos de sus mejillas cuando se reía de mis tonterías.

Su sedoso pelo de ébano que parecía tinta líquida sobre el futón.

Las dulces melodías que entonaba mientras cocinaba.

El sabor de su comida llena de amor. La calidez de sus abrazos…

Han pasado seiscientos años y aún recuerdo cada detalle como si hubiese sido ayer mismo porque he atesorado cada memoria suya con el mayor cuidado. Son lo más valioso que tengo en esta vida… O lo eran hasta hace poco.

Pensar en ella me da fuerzas y me calma, aunque también duele horrores.

Porque a pesar de los siglos transcurridos, su pérdida me sigue destrozando el corazón.

También he guardado esa sensación con sumo cuidado porque el dolor es la prueba de cuánto la amé.

Esta pena inmensa es la prueba de que ella fue mi mayor alegría.

Esta oscuridad que ahora plaga mi alma es la prueba de que ella era mi sol.

Antes de ella, yo solo conocía la violencia, la lucha y la muerte.

Mis manos no estaban manchadas de sangre, sino que el líquido carmesí se había convertido en mi segunda piel.

Con ella llegó la paz. Con ella descubrí lo hermoso que era este mundo en realidad.

Con ella hallé una felicidad tan grande como el firmamento.

Ella me vació de todo lo malo y luego me llenó de emociones hermosas, casi tan hermosas como lo era ella. Conocí una vida mejor. Aprendí a ser mejor. Lo hice por ella, para hacerla igual de feliz que ella me hacía a mí.

Lo compartimos todo durante el breve tiempo que duró su vida… Los años que pasé a su lado fueron un suspiro, una gota en medio de la vasta inmensidad de mi existencia y, aun así, lo cambiaron todo. Me cambiaron a mí. Perderla también me cambió de una forma irremediable.