La Maldita y El Cuervo Capítulo 5 - Una maldición pegada al culo #2
15%

Capítulo 5 - Una maldición pegada al culo #2

Muy a mi pesar, me río y me gano otro abrazo por hacerlo. Para ser una criatura infernal, es más pegajoso que el queso gratinado. También es más gentil y caballeroso que el noventa y nueve por ciento de los hombres con los que me he cruzado a lo largo de mi vida.

A pesar de eso, no puedo fiarme del todo de él porque, mitad cuervo o no, sigue perteneciendo al género masculino. Francamente, no sé si alguna vez podré volver a confiar del todo en un chico. Tampoco sé si quiero. Es más fácil y seguro si me quedo sola.

Y eso me lleva al otro gran problema del día: no puede volver a casa conmigo. He tolerado su presencia porque sabía que era algo temporal, sin embargo, no puedo dejar que viaje a Seattle y… «¿Y qué? ¿Qué viva conmigo? Imposible».

Como la sutileza nunca ha sido lo mío, saco el tema directamente.

—Escucha, te perdono lo del asunto del vínculo, pero eso no significa que puedas venir conmigo. Es una locura. Yo tengo que volver a casa y tú tienes que quedarte aquí.

—Eso no va a pasar —asevera. La temperatura a nuestro alrededor desciende de golpe un par de grados.

—Sé razonable —le pido—. Es totalmente imposible que viajes conmigo.

—A mí no me parece imposible.

Resoplo, pongo los ojos en blanco y me pellizco el puente de la nariz, todo al mismo tiempo. Mi frustración está alcanzando unos límites que no son compatibles con el bienestar de un ser vivo.

—Ah, ¿no? ¿Y cómo vas a venir? ¿Qué pretendes hacer? ¿Colarte en el avión? —le espeto—. Porque dudo mucho que tengas pasaporte y un visado de turista para entrar en los Estados Unidos.

—¿Qué es un avión? ¿Es lo que te va a llevar a casa?

—Ves, si ni siquiera sabes lo que es. —Me froto los ojos con desesperación—.

Seguro que nunca has visto uno. No tienes dinero para pagar un billete.

No tienes los documentos necesarios para viajar.

—Sinceramente, ni siquiera sé si en su caso le hace falta un pasaporte o la cartilla veterinaria—.

Y aunque los tuvieras, no puedes pasearte delante de la gente con tus pintas. No puedes venir. Es imposible.

Él agacha la cabeza y creo que por fin lo ha comprendido y se ha dado por vencido. Spoiler: no lo ha hecho y yo soy idiota.

—¿Tu equipaje viaja contigo? —Señala mi maleta del tamaño del Monte Fuji.

—Sí y no. Va en el mismo avión, pero en la bodega de carga.

—O sea, que no va a la vista de todo el mundo.

—No —contesto, aunque no tengo ni idea de a dónde quiere ir a parar con esto.

Una sonrisa deslumbrante aparece en su rostro y yo siento miedo, mucho miedo, porque eso no augura nada bueno.

—Pues entonces, me limitaré a seguirte hasta ese… ese avión, me subiré a escondidas y permaneceré con tu equipaje hasta que lleguemos a tu hogar —declara con un gesto triunfal.

—Traducción: te vas a colar en el avión y vas a viajar gratis —le censuro.

—Ni que eso fuese un delito. —Se encoge de hombros.

—¡Sí que lo es!

—Ah, ¿sí?

«No puedo hacer esto». Empiezo a dar vueltas por la habitación como un animal enjaulado.

—Sí, ¡zopenco! ¡Y no se te ocurra dejar otra gallina en la bodega del avión como pago por tu billete! —añado, por si acaso.

—No me llamo Zopenco, me llamo Karasuhito. Kaya, tienes muy mala memoria para los nombres —se ríe.

—Y tú tienes una capacidad nula para captar la sutileza del sarcasmo —murmuro, sin dejar de caminar de un lado a otro. Mis niveles de estrés están a punto de cruzar la estratosfera y en cualquier momento va a llegar la hecatombe digestiva, lo presiento.

—¡Pues asunto arreglado! —exclama el Cuervo—. Yo viajaré con tu equipaje en la bodega de esa cosa, de ese… avión. Ya verás como todo irá bien.

Nada va a ir bien. Nada . Empezando por el hecho de que al final yo me voy a morir antes de abandonar este hotel y no son ni las cinco de la mañana, joder.

No puedo dejar que se venga conmigo. No puedo dejar que toda esta locura me persiga a casa. No, cuando por fin parecía que las cosas estaban empezando a calmarse un poco después de lo de Ethan.

Al pensar en su nombre, un escalofrío desciende por mi columna, se filtra en mi piel, se enrosca alrededor de mi corazón y lo estruja como si fuese una fruta pocha.

Tengo que impedirlo como sea. Llegados a este punto, y considerando que mi cerebro parece ahora mismo pepino licuado, solo se me ocurre una cosa que podría detener al emplumado.

—Escucha, si llevabas seiscientos años sin salir de tu montaña, ¿no te parece excesivo irte del país? ¿No vas a echar de menos tu hogar? —No sé si los demonios tienen familia o amigos, pero aun así me la juego—. ¿No vas a extrañar a los tuyos? ¿No vas a sentirte triste dejando todo esto atrás?

«Por favor, recapacita», imploro, porque soy consciente de que esta es mi única vía de escape. Yo no tengo la capacidad de detener a esa montaña de músculos y plumas por la fuerza, solo puedo rezar por que él decida quedarse.

El silencio se prolonga segundos, minutos, años… Ya no sé si él está meditando lo que le he dicho o si se ha puesto a descifrar los orígenes del universo.

Me estoy quedando sin tiempo, en menos de cinco minutos tengo que reunirme con las chicas en el vestíbulo para ir al aeropuerto.

Mi boca se abre para insistir y él fija esos ojos tejidos con sombras en mí y se acerca con un gesto decidido en el rostro. No sé si eso es bueno o malo.

—No voy a mentirte —empieza—, sí que voy a extrañar Japón y seguramente me sienta triste y perdido en tu hogar.

Ya lo estoy un poco con todo lo que ha cambiado el mundo y será peor en un lugar desconocido —admite.

«Gracias al cielo», suspiro aliviada—. Pero todo eso no importa, iré igualmente —afirma con un tono feroz.

«A la mierda el cielo»—. De todos modos, mis relaciones con los otros tengus del Monte Kurama no son muy buenas.

No me importa viajar a otro país si es por ti.

No me importa sentirme solo o perdido. Solo importas tú. Haré lo que sea por ti, Kaya.

Después de semejante declaración, yo pierdo la capacidad de hablar y no la encuentro hasta que llega el momento de abandonar la habitación e ir a reunirme con las chicas.