La Maldita y El Cuervo Capítulo 5 - Una maldición pegada al culo
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Capítulo 5 - Una maldición pegada al culo

Estoy terminando de meter el pijama y las cosas de aseo en la maleta bajo la atenta mirada del Cuervo. Está extrañamente tranquilo, teniendo en cuenta lo obsesionado que parecía con cuidarme y que está a punto de perderme de vista para siempre.

«Supongo que en el fondo no le importo tanto como decía.

Si es que son todos iguales», me río sola.

Pero tampoco se lo puedo reprochar, después de todo, se vio obligado a estar conmigo por la petición de una de esas alcahuetas metetes.

Seguramente, él estará feliz porque esta situación se vaya a acabar, igual que yo.

Esta convivencia forzada ha sido de lo más extraña y yo echo de menos mi intimidad.

Echo de menos ir al baño sin preocuparme de qué clase de ruidos saldrán de mi cuerpo.

Echo de menos despertarme y no tener que agobiarme por si me he babeado entera.

Y echo de menos que nadie invada mi espacio personal cada dos minutos.

Cuando no tengo nada más que guardar y ya no puedo seguir posponiendo lo inevitable, dirijo mi atención hacia el emplumado.

No sé cuál es el protocolo social para las despedidas demoníacas. ¿Un apretón de manos? ¿Un abrazo? «Ni loca lo abrazo yo». Ni idea. Por eso me limito a cruzarme de brazos, visiblemente incómoda, y a decir:

—Bueno, pues supongo que esto es un adiós.

Él ladea la cabeza, confundido, y sus plumas caen todas hacia la derecha.

—¿Un adiós?

—Sabes que vuelvo a casa, ¿no? —Tiene que saberlo, estos días lo he mencionado varias veces de forma no tan disimulada para que se fuese mentalizando por si acaso.

—Sí.

—Entonces, esto es un adiós.

—Sabes que voy contigo, ¿no? —me suelta. Por poco me desplomo—. Así que solo es un hasta luego —sonríe.

—Co… Co… Com… Co… —Igual sí que se me pegó algo de la gallina, porque estoy cacareando igual que una.

—¿Estás bien? —Da un paso en mi dirección con gesto preocupado. Yo retrocedo otro.

—¡¡No puedes venir conmigo!! —Las palabras salen todas de golpe como una explosión.

—Tengo que ir o no podré protegerte. El vínculo no funcionará si estamos separados por un océano, Kaya.

Él está increíblemente tranquilo. Yo me siento de todo menos calmada en estos momentos.

—Primero, no hay nada de lo que protegerme, ya te lo dije.

Su gesto se ensombrece y esa aura intimidante que confirma que es un demonio regresa.

—Eso no es verdad y lo sabes. —Avanza otros dos pasos hacia mí y yo ya no tengo más espacio para alejarme, he acabado incrustada en la pared. Esa fogata azul vuelve a danzar en sus ojos, haciéndolos parecer más oscuros y profundos, a juego con su voz.

«No te achantes. Has visto cosas que daban muchísimo más miedo que esto», me recuerdo, a la vez que me obligo a aguantarle la mirada.

—Aunque eso sea así —admito a regañadientes—, hasta ahora me las he apañado bien y seguiré haciéndolo.

No te necesito —afirmo desafiante, intentando parecer más valiente de lo que me siento.

Su rostro se ensombrece aún más—. Así que te puedes guardar todas esas chorradas del guardián donde te parezca.

—No son chorradas. Lo digo en serio. Estoy aquí para protegerte y no me iré hasta que estés a salvo de todo peligro. Es mi obligación como guerrero y como tengu.

«Joder, qué pesado . Y qué obsesión tiene con las obligaciones. Uno pensaría que los demonios no son tan estirados».

—Bueno, pues hablaré con mis amigas para saber quién te hizo esa petición y le diré que la retire —propongo—. Así ya no estarás atado a ninguna obligación y podrás perderme de vista.

—Aunque la plegaria sea retirada, yo no me iré. Ya me he vinculado contigo y ahora me debo en cuerpo y alma a ti.

Por ya ni sé qué vez vamos, me atraganto con mi propia lengua. «Por favor, ¿puede dejar de hablar de ese modo? ¿Como si estuviésemos casados o algo?», imploro.

—Yo no recuerdo ninguna ceremonia de vinculación —le increpo.

Su gesto por fin se relaja un poco y una sonrisilla tuerce su labio superior, haciendo que su colmillo izquierdo asome ligeramente.

—Eso es porque estabas inconsciente.

El cuerpo se me queda frío de golpe.

—¿ Disculpa ? —No atino a decir nada más.

—Ya te lo dije. —Se encoge de hombros; sin embargo, yo no recuerdo que mencionase nada de ninguna vinculación mientras mi mente estaba de paseo por el vacío sideral—.

La plegaria de tu amiga captó mi atención, pero no acepté hacerme cargo de inmediato.

Vine aquí por curiosidad y, después de verte, fue cuando decidí que sí lo haría, que te mantendría a salvo de lo que fuese sin importar el precio o las consecuencias.

—«La leche con el intensito. Y luego soy yo la dramática».

Aunque me hago la dura, lo cierto es que me están temblando hasta los huesecillos del oído al escucharlo decir esas cosas—.

Y por eso, cuando te desmayaste, me vinculé contigo para sellar el trato.

Además, el vínculo es lo único que me permite encontrarte y acudir a ti siempre que me necesites, era necesario hacerlo.

—Ya… Y… Y eso de la vinculación… —Trago fuerte—. Exactamente, ¿en qué consiste y cómo pasó?

No puede ser lo que mi mente sucia y depravada está pensando.

Demonio o no, pegajoso o no, se lleva comportando como un caballero conmigo todos estos días.

Además, ni siquiera estoy segura de que él disponga de los mismos…

utensilios que un hombre normal. Igual es como un Ken y está más liso que una tabla ahí abajo.

—Para vincularme contigo, tengo que introducir una parte de mí en ti —me explica. Mi estómago se reduce al tamaño de una chinche y me empiezan a pitar los oídos. Creo que me voy a desmayar—. Por eso puedo encontrarte siempre que me llames, porque puedo rastrear esa parte de mí que sigue en ti.

—¿Cómo que sigue en mí? —Mis ojos se desvían solos a mi entrepierna.

—Mi sangre permanece en ti.

Con tanto estrés me cuesta un poco reaccionar.

—Sa… Sangre…

—Sí. Vertí una gota de mi sangre en tu boca —sonríe, como si hubiese hecho algo bueno y no la mayor cerdada de la historia de la humanidad. Me da una arcada—. Kaya, ¿qué te pasa? —Se acerca a mí y me frota la espalda mientras me da aire con la otra mano.

«¿Que qué me pasa? ¡¿Que qué me pasa?!». Mi mano vuela sola y se cierra alrededor del cuello del yukata de este pajarraco mamarracho. Tiro de él con ímpetu y logro arrastrarlo hacia abajo, hasta que nuestras narices se tocan.

—Me llenaste la boca de tus gérmenes de cuervo demoníaco… A mí, que me lavo los dientes diez veces al día. A mí, que me falta usar lejía como enjuague bucal. ¡¡ A mí !!

—Era necesario para sellar el pacto.

—¡Haber usado papel y tinta como toda persona normal!

—Es que no soy una persona, soy un demonio.

No sé cómo contestar a eso porque el tarado tiene razón. Así que, como una persona adulta, madura y racional, me dejo caer al suelo y me hago una bolita de miseria y autocompasión.

«Un guardián, y una mierda. Una plegaria para proteger a los seres queridos, y dos mierdas. Esto es una maldición. ¡Estoy maldita! ¡Estoy maldita y ahora tengo un puñetero cuervo pegado a mí como un chicle masticado!».

En el fondo, tenía que haberlo imaginado antes porque así son los viajes con amigos. Todo son risas y diversión hasta que alguien acaba con una maldición pegada al culo. Y cómo no , ese alguien he sido yo.

«¿Por qué me pasan estas cosas tan horribles y extrañas?

», me lamento. Empiezo a tener la firme teoría de que igual ya estaba maldita.

Igual lo estoy desde que nací. Eso, o soy la reencarnación de Vlad el Empalador, de Hitler o del Joker; y sigo pagando por mis pecados en esta vida.

Es la única forma de explicar mi mala suerte.

Un rostro aparece dentro de mi pequeña burbuja de desdicha. Los ojos del Cuervo están enmarcados por unas duras líneas de tensión.

—Kaya, no quería alterarte de este modo…

—Haberlo pensado antes de convertirme en Drácula —le reprocho con toda la mala leche que puedo.

Moviéndose en cuclillas, se aproxima más a mí. Me acaricia el pelo, el rostro y la espalda. Deja su brazo por encima de mis hombros y su manga me envuelve parcialmente como si fuese un ala negra. Me estrecha con delicadeza y apoya su cabeza en la mía.

En estos momentos me odio profundamente porque, a pesar de que debería agarrar al pajarraco y echarlo en un barreño de agua bendita para que se ahogase, lo cierto es que la ternura de sus gestos y su cercanía resultan reconfortantes.

Es una especie de ancla firme, un faro en medio del caos y las tinieblas de mis ataques de ansiedad.

—No quería disgustarte y lo siento mucho por eso —se disculpa con voz sincera—; pero vincularme contigo era necesario para poder protegerte.

Gracias al vínculo, si te sucede algo malo y no estamos juntos, solo tienes que llamarme y yo sabré al instante que me necesitas y podré encontrarte.

—Hace una pausa durante la cual sigue acariciando mi hombro con su pulgar—.

Y te prometo que solo fue una gotita de nada…

—¡Calla! —le ordeno—. No quiero saber nada más del tema o voy a vomitar de verdad.

—Entonces, ¿me perdonas? —Se aparta un poco y me mira como un cachorro al que has pillado comiéndose tus zapatos más caros.

—No lo sé… —mascullo entre dientes. Sus ojos se redondean en actitud suplicante.

De verdad parece un puñetero y adorable cachorro.

Suspiro con resignación—. Supongo que, si no me he muerto ya, eso significa que no había nada raro en tu sangre, así que igual sí te perdono…

Pero como vuelvas a hacer algo así o como me ponga enferma en los próximos días, te juro que llamo a un cura para que te exorcice —le amenazo, y el muy cenutrio va y se ríe.

—Muchas gracias por entenderlo y por perdonarme. —Me abraza tan fuerte que por poco me parte una costilla—. Y no vas a ponerte mala ni a contagiarte de culandrofilia, te lo juro.