Capítulo 4 - El ladrón y la gallina #3
Me estoy planteando muy seriamente llamar a la recepción para ver si alguien puede hacer de traductor entre nosotras cuando un brazo enfundado en una manga negra planea en la periferia de mi visión, se posa sobre mis hombros y me aparta gentilmente.
Por poco me atraganto otra vez cuando el Cuervo se inclina ante la mujer, la cual no parece inmutarse lo más mínimo por sus plumas, su piel anormalmente pálida, su altura descomunal o sus colmillos. «Igual la señora está un poco cegata por la edad», recapacito.
Para mi sorpresa, él se dirige a ella en japonés y los dos se ponen a conversar. Es en ese momento cuando caigo en la cuenta de que durante todo este tiempo nos hemos estado comunicando en inglés.
Tras un par de minutos y tras intercambiar varias reverencias entre ellos, la anciana por fin se va y nosotros nos quedamos solos otra vez.
—¿De qué iba todo eso? —le pregunto al emplumado—.
¿Y por qué puedes hablar mi idioma? Pensaba que no habías salido de tu montaña en los últimos seiscientos años.
—El escepticismo de mi voz es perfectamente audible.
No quiero reconocerlo, pero la posibilidad de que me haya mentido me pone bastante nerviosa… y de mala leche.
—Respondiendo a tu primera pregunta, esa buena mujer es de las islas Goto y sus hijos le han regalado un viaje por su cumpleaños para que haga turismo en Kioto y Nara. Está ocupando la habitación adyacente y estaba preocupada por tus constantes gritos —sonríe.
—¡Yo no…! —Me callo de golpe y el fuego consume mi rostro. El pajarraco me mira con una suficiencia que resulta abrasiva.
—Ya me he disculpado en nombre de los dos y le he asegurado que no la molestaremos más —me cuenta.
Estoy a punto de darle las gracias por eso, cuando añade—: Creo que nos ha tomado por una pareja de recién casados.
—El fuego se propaga de mi cara a todo mi cuerpo y mis palabras mueren calcinadas.
Él se da cuenta y su sonrisa se ladea, aun así, no comenta nada y prosigue—: Y hablo tu idioma igual que hablo todas las lenguas humanas.
—Y una mierda —le espeto—. ¿No sabes decir clorofila y pretendes que me crea que conoces todos los idiomas del mundo? Y una mierda —repito, por si mi incredulidad no había quedado lo suficientemente clara de primeras.
—Los demonios, al igual que todos los yokais [3] y los dioses, disponemos de ese conocimiento sobre los hombres.
Esto es así para que podamos comunicarnos con vosotros sin importar vuestro origen —me explica con paciencia—.
Pero que yo conozca todas las lenguas humanas no quiere decir que conozca absolutamente todas las palabras en cada idioma, o que no tenga dificultades con las más modernas o complejas —admite, y juraría que parece abochornado.
Su respuesta tiene sentido (o todo el sentido que puede tener considerando que estamos hablando de demonios y otros seres que no deberían ser reales) y me deja más tranquila.
Puede parecer una tontería, pero detesto que me mientan incluso en cosas pequeñas o que en teoría no tienen nada que ver conmigo. No me gusta que jueguen así con mi confianza y, además, si alguien miente en lo insignificante, imagínate lo que pasa con las cosas importantes.
—Gracias por explicármelo —contesto. Él sigue mirando al rincón. Creo que sí le ha dado vergüenza admitir eso en voz alta, por eso, digo—: Y yo también me invento palabras todo el rato, así que no te preocupes.
Ha sido un intento bastante lamentable de animarle, aun así, funciona y su sonrisa vuelve en menos de un parpadeo.
Sin más interrupciones, acabamos de cenar. Yo me lavo los dientes, las manos y la cara por segunda vez, y me acuesto en la cama. Él se queda en la butaca.
Seguramente debería estar horrorizada porque hay un joven («no es un joven, es más viejo que el polvo») en mi cuarto, sin embargo, no lo estoy. Si ayer no me hizo nada cuando yo estaba de visita por el hiperespacio, dudo que lo haga ahora.
Y sí, es ciertamente molesto tenerlo alrededor, que se acerque tanto, que me toque todo el tiempo, que se angustie más por mí que mi madre, que no deje de sonreír y que no pare de intentar que le sobe el plumón.
Es un incordio, pero no me da miedo. Yo he experimentado lo que es tener a alguien cerca que te aterra de verdad y él no lo hace.
Dentro del refugio de la cama, me permito observarlo a hurtadillas. Está mirando distraídamente por la ventana y la suave luz de la luna se refleja en su pálida piel, haciendo que sus plumas y sus ojos parezcan más oscuros.
Debo admitir que el chico es muy guapo y que su rostro me transmite calma y una extraña sensación de familiaridad y seguridad. Cosa que no debería ser posible porque lo conozco literalmente desde hace un día.
«Creo que al final todas esas memeces de que es mi guardián y de que está aquí para protegerme me están reblandeciendo el cerebro», me lamento.
Aunque supongo que puedo dejar que me reblandezca el cerebro un poco. Total, solo nos quedan cuatro días más en Japón. Después regresaré a casa, lo perderé de vista y todo esto se convertirá en un extraño recuerdo que acabaré olvidando con el paso del tiempo.