La Maldita y El Cuervo Capítulo 4 - El ladrón y la gallina #2
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Capítulo 4 - El ladrón y la gallina #2

—¿Qué es eso de que no los has comprado como tal ? ¿Cómo los has comprado, entonces?

—No he podido comprarlos porque yo no tengo dinero, soy un demonio. —Me encojo de hombros. Además, por lo que he observado, el dinero que yo conocía ya no existe.

La boca se le abre casi tanto como los ojos.

—¡¿Los has robado?! —se espanta.

—No los he robado.

—¡Eres un delincuente!

—No lo soy.

—¡Ladrón!

—Que no…

—¡¡Pecador!!

—Si me dejas que te lo…

—¡Mercenario shinobi!

Algo sisea dentro de mi pecho.

—Kaya… —El hielo de mi voz la congela—. Ya te he dicho hace un rato que no tengo nada que ver con esas personas.

—Perdón —murmura—. Es que de pequeña me caí de la cuna, ¿sabes? Y desde entonces tengo algunas cosas sueltas en la cabeza y a veces sufro episodios de amnesia transitoria, no me lo tengas en cuenta. —Mira para otro lado y le da un bocado diminuto a su onigiri.

—No pasa nada. —Respiro para serenarme—. Pero no me gusta que pienses esas cosas horribles de mí —confieso—. No he robado la comida, la he intercambiado.

—¿Intercambiado? —Enarca una ceja.

—Sí, yo me he llevado los onigiris y a cambio les he dejado una gallina en la cocina. —Estoy muy orgulloso de mí mismo por haber encontrado esa solución para solventar el problema del dinero y poder traerle la cena a Kaya.

—¿ Disculpa ?

—Estás disculpada —sonrío, agradecido de que se haya dado cuenta de su error por haberme insultado de ese modo al llamarme pecador y mercenario shinobi.

Por alguna razón, me bufa como un gato al que le han pisado la cola.

—¿Has hecho un trueque por la cena? —me interroga, y asiento—. ¿Y has dejado una gallina viva en un restaurante donde preparan comida? —Vuelvo a asentir—. ¡Eso va contra las leyes sanitarias!

—¿Las qué?

—¿Y de dónde has sacado una condenada gallina? No —me interrumpe, cuando iba a responder—. No quiero saberlo. Si nos interrogan es mejor que no sepa nada.

—¿Por qué nos iban a interrogar?

—Ay, Dios santo. —Se frota la cara con desesperación y de pronto se queda congelada—.

Espera… Espera un momento… —Un olor extraño me llega de ella, una explosión de miedo y otra cosa que no reconozco—.

Dime por favor que no has tocado nuestra comida después de tocar a un animal de granja…

O que al menos te has lavado las manos entre medias… —Le da una arcada.

—¿Kaya? —me agobio. «Si solo le ha dado dos bocados al arroz. ¿Tan enferma está?»—. ¿Te ha sentado mal la cena?

—Todo dependerá de tu respuesta —dice con voz estrangulada y tapándose la boca con la mano.

—¿Mi respuesta a qué?

—Dime que no has tocado nuestra comida después de haber tocado a esa ave…

Otra arcada la interrumpe.

—Dime que no has tocado nuestra comida después de haber tocado a esa ave…

—Una segunda arcada, peor que la primera me dobla en el sitio—.

Me voy a morir. Me va a dar gripe aviar.

O psitacosis. —Ahora mismo me importa más bien poco que eso lo tengan los loros—.

O argiria. —Ni siquiera sé qué es eso, puede que me lo acabe de inventar, pero suena fatal y mortífero—.

¡¡O clorofila!! —Ya no sé ni lo que digo, solo sé que puedo sentir los gérmenes extendiéndose por todo mi interior como el moho sobre el pan de molde. Me da otra arcada.

De repente, mi melena empieza a flotar en el aire.

«Ay, Dios, ¿ya me he muerto? ¿Soy un fantasma?

». Acto seguido, algo gélido se posa en mi cuello y un pulgar traza pequeños círculos tranquilizadores en mi nuca.

Agradezco sentir el frescor en mi sobrecalentada piel y también agradezco en secreto el gesto, aunque de normal me molesta que sea tan sobón.

—Kaya, no te agobies. No pasa nada.

—Es muy fácil decir eso cuando tú no puedes morirte y a mí me va a dar ébola por tu culpa —le reprocho, al borde de las lágrimas.

—Primero, sí puedo morir. —La sorpresa consigue que se me olvide un poco la crisis de ansiedad—. Se tienen que dar unas determinadas circunstancias, pero de hacerlo, sí puedo morir. Y segundo, por supuesto que me he lavado las manos antes de tocar lo que ibas a comer.

Una pequeña esperanza prende en mi pecho. «Igual no me muero».

—¿De verdad? —Alzo el rostro.

Él está a menos de un palmo de distancia. Sinceramente, me esperaba ver exasperación o enfado en su cara por mi exabrupto dramático; sin embargo, me está sonriendo de una forma cariñosa y reconfortante mientras su pulgar sigue dibujando formas en mi piel.

—De verdad. Ya te lo he dicho varias veces, no voy a dejar que te ocurra nada malo. Así que puedes comer tranquila, ¿de acuerdo?

Asiento y él me regala una sonrisa resplandeciente. Si no fuese por los colmillos de tiburón, sería una sonrisa verdaderamente hermosa. Mi piel se calienta otros dos grados en la zona de las mejillas.

«No seas boba», me reprende una vocecilla dentro de mi cabeza. «Tú mejor que nadie sabes que hasta los monstruos pueden disfrazarse de ángeles».

Entre las náuseas y ese último pensamiento, noto la boca muy espesa y un regusto amargo al fondo de la garganta. Me cuesta tragar mi propia saliva, por eso no cojo la comida inmediatamente y el Cuervo se da cuenta.

—Te prometo que la comida no tiene gérmenes —me ofrece los onigiris— y no te va a dar colorifilia de esa.

Después de tanto estrés, me cuesta unos segundos de más procesar lo que él ha dicho y en cuanto mi cerebro lo asimila, algo vuelve a trepar por mi garganta. Esta vez es una carcajada que limpia de golpe todo el amargor.

Los ojos del emplumado se abren por la sorpresa al escucharme reír y su comisura izquierda se alza en un vuelo solitario.

—¿No me va a dar el qué? —le interrogo.

—¿Condrofilia? —duda. Se me escapa otra carcajada y él sonríe—. ¿No era así? —Niego con la cabeza y le doy un mordisco a la comida. Su sonrisa se ensancha—. ¿Flocorfila?

—¿Qué dices? —Por poco escupo todo el arroz al reírme.

—¿Colchicina?

—Estás diciendo palabras al azar —me río.

—¿Congriocina? ¿Mochifilia?

—¡Basta! —protesto, porque a este paso me voy a atragantar con tanta risa—. Lo estás haciendo a propósito.

—Pues sí —admite con descaro—. Me gusta verte reír. Tu risa es preciosa. Como toda tú.

«La madre que me…». Al final me atraganto de verdad, pero no de la risa precisamente.

—¡Kaya! —El Cuervo se pone en pie, agobiado, y empieza a darme golpecitos en la espalda—. ¿Estás bien?

—Se me ha ido el arroz al pulmón —consigo decir, medio ahogada y con los ojos anegados en lágrimas.

—¿Quieres que te sople a ver si se te pasa?

—¿ Perdón ?

«¿Qué leches tiene que ver el soplar con el atragantarse?».

Como no le digo nada más, el pajarraco decide que sí es buena idea soplarme. Su aliento se desliza por mi rostro y agita mis cabellos, también se cuela dentro de mi boca, dejando un sabor ahumado en mi paladar.

—¡No soy una sopa demasiado caliente, joder! —refunfuño, para esconder que lo que acaba de hacer me ha alterado mucho por alguna razón que escapa a mi comprensión.

—De verdad, tienes muy mal carácter —se ríe.

—Ya habíamos acordado que eso era así, no hace falta seguir repitiendo lo obvio.

—Me alegra ver que ya estás mejor. —Me acaricia el pelo y se vuelve a sentar en el suelo—. Pero no me des esos sustos, por favor.

—¡El susto me lo he dado yo! —le rebato. Y me lo he dado porque ha dicho que soy preciosa, aunque esa parte me niego a repetirla en voz alta.

Él abre la boca para replicar y lo interrumpen unos golpes en la puerta.

—Escóndete —le ordeno, antes de ponerme en pie e ir a abrir.

Al otro lado de la puerta está una señora que parece bastante mayor. La mujer me saluda con una inclinación que hace crujir su espalda y comienza a hablarme en japonés.

Si bien es cierto que soy capaz de entender algunas frases y de decir otras pocas, esta anciana tiene un acento un tanto peculiar y habla bastante rápido. No logro comprender ni una sola palabra de lo que me dice.

Balbuceo torpemente para pedirle que hable un poco más despacio. No consigo nada. La mujer me suelta otra parrafada incomprensible y aguarda mi contestación.