Capítulo 4 - El ladrón y la gallina
Una vez que estoy perfectamente limpia, me pongo el pijama y salgo a la habitación. El pajarraco aún no ha regresado, gracias al cielo. Con un poco de suerte, a lo mejor se pierde y ya no vuelve nunca más.
Considero la opción de sentarme en la butaca, pero tengo miedo de que, si ese pirado aparece, repita el numerito de antes y me lleve en brazos a la cama otra vez, como si esto fuese nuestra luna de miel.
Un escalofrío se desliza por mi columna al recordar la forma en que me ha levantado sin ningún esfuerzo, el tacto de su piel, tan fría y suave como el mármol, y los fuertes músculos de su espalda cuando mi mano se ha colado sin querer bajo su yukata.
Mis mejillas se calientan y un hormigueo muy molesto se instala en mi rostro. «Sí, el pajarraco está cuadrado y es agradable a la vista, pero eso no importa. Es un demonio. Y lo que es todavía peor, es un hombre. Y yo no quiero saber nada de esos nunca más».
Al final me meto en la cama y espero. Espero tanto que mi cerebro se pone a divagar.
Fogonazos de imágenes desfilan por mi cabeza: la primera vez que lo vi en el balcón envuelto en sombras, esas pestañas infinitas que enmarcan sus rasgados ojos, su entusiasmo al recibirme antes, esa chispa azul de las profundidades de su mirada, sus grandes manos, sus afiladas garras, sus intimidantes colmillos, un puño que impacta a escasos centímetros de mi rostro…
Me incorporo de golpe y me llevo la mano al pecho. «No pienses en eso… No pienses en eso…». Ya es tarde. El miedo ha llenado de golpe mi estómago y ha empujado toda la bilis hacia mi boca. Mi respiración es demasiado superficial y mis latidos están a punto de partirme una costilla.
«Estás bien. Él ya no está. Todo eso pasó. Estás bien. Traga. Respira. Estás bien». Me lleva muchos minutos volver a encerrar el pánico en el baúl donde suelo esconderlo. Aun así, la sensación de derrota por no ser capaz de olvidar todo eso es intensa y abrumadora.
Me hundo en la almohada, cierro los ojos y me tapo la cara con las manos. Quiero dejar todo eso atrás. Quiero olvidarlo, recuperar el control de mi vida, seguir adelante como si nada de eso hubiese sucedido… Y no sé cómo. Y no saberlo hace que me sienta impotente, miserable y fracasada.
Aterrizo en la barandilla y de ahí desciendo de un salto al balcón. Me ha costado bastante más de lo que pretendía conseguir algo de cena para Kaya.
El mundo ha cambiado muchísimo en estos siglos. Ahora hay estrellas artificiales alumbrando prácticamente todos los rincones de la ciudad, gente por todos lados, ruido constante... En estas condiciones, me cuesta más moverme sin ser visto.
Al amparo de las sombras, repliego las alas y me subo la parte de arriba del yukata para no entrar al cuarto con el torso desnudo. No es que a mí me importe, tengo un cuerpo bonito y no me avergüenza enseñarlo. Sin embargo, tengo la sensación de que a Kaya no le gustaría.
Descorro la extraña puerta transparente y un olor sale reptando de la habitación.
Miedo. No, mejor dicho, terror. Mi cuerpo se pone en alerta y barro la estancia con la mirada.
Aquí no hay nadie salvo Kaya, que está tumbada en la cama con el rostro cubierto.
Su respiración suena laboriosa y entrecortada. Ella es la fuente del olor.
Mi sangre crepita igual que la madera tierna que es arrojada al fuego.
Está claro que sí hay algo que la acecha.
La acecha incluso dentro de su propia mente; y eso significa que alguien ya le ha hecho mucho daño y la ha dejado marcada con cicatrices de las que no se ven.
Por eso, la otra joven rezó por Kaya con semejante desesperación.
Por el momento no puedo hacer nada respecto al humano que ha provocado esto. Tendré que coger toda mi ira y mis ganas de eviscerarlo y guardarlas a buen recaudo hasta que me tope con él cara a cara.
Lo que sí puedo hacer es centrarme en ayudar a la chica que está sufriendo, perdida en medio de las tinieblas. Cojo aire y busco esa pequeña luz dentro de mí que ha sobrevivido todo este tiempo. La luz que ella prendió hace seis siglos y que ahora va a servir para traer a esta Kaya de vuelta.
—¡Buenas noches! —exclamo. La pobre da tal salto que por poco se cae por el borde de la cama—. Ya traigo la cena. Perdona el retraso.
Cierro la puerta del balcón y en el reflejo veo cómo ella se limpia los ojos. Tengo que reprimir un gruñido bronco. «Voy a despedazar a ese bastardo cuando lo encuentre».
—En serio, me vas a acabar matando de un susto —protesta ella con voz nasal—. ¿Cómo has entrado sin que te oyese?
—Soy un guerrero, ser silencioso forma parte de mi naturaleza. —Me encojo de hombros.
—Usted disculpe, señor Ninja —replica con sorna.
—Ya les gustaría a esos shinobis ser la mitad de silenciosos que los tengus —resoplo con indignación. No me gusta esa gente. No me gusta nada en absoluto.
Ella se limita a poner los ojos en blanco.
—Te ofendes enseguida, ¿sabes? Tienes un ego demasiado frágil.
—Lo que tengo es un gran apego a la verdad —sonrío, y sé que lo hago con cierto descaro—.
No me gusta que insinúes que tengo parásitos o que mis aptitudes son como las de esos mercenarios porque eso no es cierto.
—Realmente no me gusta que ella piense mal de mí en ningún sentido, punto—. Yo soy mucho más sigiloso y limpio.
—Dijo el demonio de las garras llenas de roña más negra que la tinta. —Frunce la nariz con asco.
—No es roña, es que son así. Es su color natural —me defiendo.
—Lo que tú digas.
«Y dale con pensar que soy un cochino».
—Que sí, mira. —Me acerco a la cama y le enseño mi mano—. Crecen negras ellas solitas, igual que las plumas. Mira. —Me inclino sobre ella para que pueda verlas bien.
—No tengo ningún interés, gracias.
—No seas así —protesto, necesito que entienda que no soy un marrano porque antes me ha quedado claro que la higiene es un tema importante para ella y no quiero que me aparte de su lado solo por pensar que estoy lleno de…
«¿Cómo los ha llamado? ¿Forúnculos?». Da igual.
El caso es que estoy limpio—. Solo mira entre mis plumas y verás que nacen así.
Además, son muy suavecitas. —Acerco más mi cabeza a su rostro.
—Deja de pegarte tanto, joder. —Me empuja, pero no tiene la fuerza necesaria para moverme.
No puedo evitar sonreír ante su adorable intento y alzo la cara.
Nuestras miradas se cruzan y sus mejillas se arrebolan.
«Después de tanto tiempo sigue igual», pienso con una mezcla de nostalgia y cariño—.
Que sepas que es muy indecoroso. Igual que lo de insistir en que te mire y, lo que es aún peor, que te toque.
—Pues antes bien que me has tocado y me has metido la mano por dentro de la ropa —le recuerdo.
Todo el color la abandona de golpe y se queda más pálida que yo. Y cuando está a punto de volverse traslúcida, el amanecer estalla en su rostro y su piel pasa de ser un loto blanco a una camelia carmesí.
—Eso… Eso no… Yo no… Solo estaba…
De repente, pega un grito muy agudo, se deja caer sobre la cama y tira de la colcha hasta cubrirse entera. Parpadeo un par de veces, observando el capullo que se ha formado en medio del colchón.
—Kaya, ¿estás bien?
—¡No me hables! Si no te veo y no te oigo, no existes. Y si tú no existes, lo de antes tampoco ha ocurrido.
Su voz se ha convertido en un pitido estridente, lo cual me preocupa un poco. Sin embargo, todo el olor a miedo ha desaparecido por completo y eso me quita varias toneladas de peso de encima.
—Vale… Pero si yo no existo, entonces la cena que he traído tampoco existe…
En cuanto menciono la comida, su estómago deja escapar un lamento infinito y lastimero.
Hago un esfuerzo por aguantar la risa para no avergonzarla más. Es importante que salga de su escondrijo y coma, ya está bastante delgada, no puede descuidar su alimentación.
Unos dedos emergen por el borde de la colcha y esta desciende hasta dejar a la vista dos ojos y nada más. Unos preciosos e inmensos ojos castaños con un halo verde enmarcándolos.
—¿Qué has traído? —me interroga.
—No he podido encontrar gachas de arroz, así que he traído onigiris —sonrío. No por los onigiris, sino porque esté interesada en la comida. Eso me hace feliz.
—¿De qué son?
—Solo los había de salmón y de ciruelas encurtidas. Puedes quitarles el relleno y comerte el arroz para que sea más suave.
Sale de debajo de las mantas y repta hasta el lateral opuesto de la cama para ponerse en pie sin cruzarse conmigo. Su actitud distante es entendible, aunque no por eso me duele menos.
La sigo, llevando la comida, y cuando ella toma asiento en la butaca, yo lo hago en el suelo. Le ofrezco la bolsa para que ella elija primero. Yo me comeré las sobras.
—¿Solo vas a coger tres? —le pregunto, cuando hace a un lado el resto.
—No quiero comer demasiado y ponerme peor. Ya les he fastidiado bastante los planes a las demás hoy —añade cabizbaja. «Hay demasiados sentimientos negativos dentro de ella», me lamento—. Siento si has comprado toda esta comida para nada.
—¡Por eso no te preocupes! —la animo—. Podemos guardar un par de onigiris por si te da hambre más tarde y el resto me los como yo, tú tranquila.
La sorpresa tira de sus párpados y su vista se fija en mí.
—¿Comes comida normal?
—Puedo comer varias cosas, entre ellas, comida humana. Me acostumbré la última vez que fui guardián de alguien... —Cierro la boca antes de que el temblor del pecho se traslade a mi voz e inhalo profundamente un par de veces.
Ella no parece percatarse, ya ha empezado a roer su arroz y me observa con ojos distraídos. Cojo un onigiri y le doy un buen bocado para que vea que es verdad y para ganar un poco más de tiempo antes de volver a hablar.
—Así que no te preocupes, la comida no se va a desperdiciar —sonrío—. Además, tampoco la he comprado como tal.
Le doy otro mordisco a la bolita de arroz, escucho una tos y varios granos blancos surcan el cielo como pájaros en miniatura.
—Kaya, ¿estás bien?
Tras darse un par de golpes en el pecho, ella por fin es capaz de responder: