La Maldita y El Cuervo Capítulo 3 - Gérmenes callejeros #3
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Capítulo 3 - Gérmenes callejeros #3

—Solo iba a dejarte en la cama —murmura él con voz grave y apenada—. Te prometo que no iba a hacer nada más. Ya te lo dije, yo jamás te haría daño de ningún modo.

En medio de las turbulencias de mis pensamientos caigo en la cuenta de que para alguien que no me conoce de nada, seguramente mi comportamiento ha podido interpretarse de una forma errónea. Él se ha pensado que yo estaba asustada de él o de que me hiciese algo en la cama.

—No… No es eso… —Al hablar, ese olor a fósforo quemado me acaricia la lengua—.

No quiero meterme en la cama con la ropa puesta.

Está sucia y llena de porquería. Y yo no me he lavado tampoco.

No puedo acostarme así… Por favor —añado, intentando que él comprenda lo importante que es esto para mí.

Sé que para mucha gente parezco una desquiciada y una paranoica, pero no puedo evitarlo.

Esta es una de las muchas formas en las que se manifiesta mi ansiedad y no sé cómo controlarlo.

La onda expansiva de su suspiro se propaga por mi cuerpo.

—Perdona por no haberme dado cuenta, a veces puedo ser un poco obtuso.

Mis ojos se abren por la sorpresa y me recibe un campo de nieve recién caída. La única imperfección en su piel es una gran cicatriz estrellada debajo de su clavícula izquierda.

Nos movemos otra vez, aunque ahora nos alejamos de la cama. Me está llevando al baño.

—Puedo andar yo sola —susurro, y sin querer desvío la mirada hacia arriba. Ha sido una idea pésima porque me topo de lleno con sus ojos oscuros que están fijos en mí y con su deslumbrante sonrisa.

—No me importa llevarte. Es agradable tenerte en brazos.

Ante semejante afirmación, me veo forzada a volver a incrustar la frente en su pecho. «No dejes que te impresione. Solo es un montón de palabrería bonita y vacía», me recuerdo.

Me centro en otra cosa para no pensar en temas que no debo. Jamás imaginé que los demonios tuvieran corazón; sin embargo, yo siento sus latidos calmados y regulares contra mi frente.

Por lo visto, el Cuervo ha aprendido algo de nuestra conversación de esta mañana porque se limita a dejarme en la puerta del baño y no intenta entrar conmigo.

—Si estás mal del estómago, el arroz es lo que más te conviene —asevera—. Voy a ver si encuentro gachas de arroz en algún lado y, si no, traeré onigiris [2] . Mientras tanto, tú aséate, cámbiate y espérame en la cama, ¿de acuerdo? No tardaré mucho. —Me da unas palmaditas en la cabeza.

Cuando se gira, sus plumas ondean. «¿Cómo se va a presentar en un restaurante con esos pelos? O plumas. O lo que sea. Al pobre camarero le va a dar un infarto igual que a mí anoche», me agobio.

—¿Y si pido comida para que la traigan aquí?

—¿Pedir comida? —Enarca una ceja.

—Sí. Seguro que encuentro algún sitio online donde repartan a domicilio también en hoteles.

Su gesto cada vez parece más confundido y empeora cuando saco mi móvil del bolsillo.

—¿Qué es eso?

—Un teléfono —respondo, algo extrañada por su pregunta.

—Teléfono… ¿Eso se come?

—¿Perdón? —Casi se me cae el móvil al suelo de la impresión y, a pesar de eso, él parece más perplejo que yo—. ¿Nunca…? ¿Nunca has visto un teléfono?

—No. Parece un filete quemado.

—¿Se puede saber dónde has estado metido los últimos veinte años?

—Ya te dije que llevaba sin salir de mi montaña mucho tiempo. —Le da dos toquecitos con la garra a la pantalla y se retira de un salto cuando esta se ilumina.

—¿Cuánto es mucho tiempo? ¿Trescientos años? —me río con ironía.

—Un poco más. Seiscientos.

Mis risas cesan de golpe. Por poco me fallan las rodillas.

—Se… Sei… Seiscientos —tartamudeo. No quiero preguntar, pero acabo haciéndolo—. ¿Cuántos años tienes?

—Ochocientos treinta y uno.

«¿Ocho…?». Me atraganto con mi propia saliva y me agarro al marco de la puerta cuando todo se pone a girar a mi alrededor. «Joder, es más viejo que el barbero de Jesucristo».

—Pues sí que te conservas bien… —Es lo único que atino a decir, y lo hago con una voz de pito que da vergüenza ajena.

—Gracias —sonríe ampliamente—. Ya te he dicho que me cuido bien las plumas.

Una risa histérica trepa por mi garganta y tengo que reprimirla tapándome la boca con la mano. «No voy a sobrevivir a este viaje. Voy a acabar muerta o loca del todo», me lamento, mirando de reojo al… «¿Puedo seguir llamándolo joven? Lo dudo mucho».

Mi cerebro no sabe cómo asimilar que él estuviese vivo incluso antes de que el continente americano fuese descubierto por los europeos. No hay forma de asimilar eso.

—¿No ibas a buscar comida? —le interrogo con un hilo de voz.

Llegados a este punto, ya me da igual si le causa un infarto a otra persona, con que no me lo cause a mí, me conformo. Y para que eso sea así, necesito un poco de tiempo y espacio para tratar de digerir todo esto.

—¡Cierto! —Da una palmada—. Tú ponte cómoda, yo vuelvo enseguida.

El emplumado se dirige al balcón. Sí, al balcón. No va a la puerta. Va derecho al balcón. Al balcón. Si se arroja al vacío, creo que mi cordura saltará detrás, así que me encierro en el baño antes de tener tiempo de ver qué se propone.