La Maldita y El Cuervo Capítulo 3 - Gérmenes callejeros #2
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Capítulo 3 - Gérmenes callejeros #2

—Pues que se comuniquen todo lo que quieran porque no van a obtener nada. —Cruzo los brazos por delante del pecho y giro la cabeza. Me estoy muriendo de la vergüenza, sí, pero también empiezo a estar un poco ofendida de que él se esté riendo así de mí.

—No te enfades. —El hielo de su voz se ha fundido del todo y me roza la mejilla con el pulgar dejando un hormigueo extraño en mi piel—. Es normal que tengas hambre si no has cenado.

—Pues muy normal no debe de parecerte cuando te has pasado los últimos quince siglos riéndote de mí —le reprocho, y él hace justamente eso, se ríe. Aunque enseguida sofoca la risa con un par de toses.

—No me reía de ti, sino de la situación —asegura.

Le miro de reojo y tiene una sonrisilla traviesa en los labios que lo hace parecer endemoniadamente atractivo, nunca mejor dicho—.

Es que me ha sorprendido que una chica de tu constitución y con un aspecto tan delicado fuese capaz de producir semejantes ruidos…

—¡Ya vale, ¿no?! —estallo, cuando se le escapa otra risa.

—También me sorprende que una chica de tu constitución y con un aspecto tan delicado pueda enfadarse tanto.

«Bueno, ya está bien. Demonio o no, yo lo mato».

—Escucha… —Le apunto con el dedo y lo asesino de veinte formas distintas con la mirada.

Él me sonríe, envuelve primero mi dedo y luego toda mi mano con la suya para apartarla de su cara, y me acaricia por segunda vez el rostro con el pulgar.

«¡Qué manía con tocarme!».

—Perdona, Kaya. —Una disculpa era lo último que me esperaba en esta vida y mi boca se descuelga—. No quería hacerte enfadar. De verdad que no me reía de ti. Ahora dime qué te apetece comer y yo te lo traigo, ¿vale?

«¡Y qué manía con sonreír como si fuese un puñetero sol en miniatura!», refunfuño en mi cabeza. No sé por qué me pone nerviosa eso, pero lo hace. Y para ocultar mi nerviosismo, me aferro a la otra emoción principal que recorre mis venas ahora mismo: el cabreo.

—Te he dicho que no quiero comer nada —contesto tercamente. Recupero mi mano y vuelvo a cruzar los brazos por delante del pecho en actitud protectora.

—Pero tienes hambre. Lo lógico es que comas.

—No tengo tanta hambre. —Mi estómago me lleva la contraria de forma enérgica y audible. «Me cago en todo, una no puede ni mentir en paz»—. Y la lógica también dicta que tú no deberías existir y aquí estamos —contraataco.

—Eres adorable cuando te enfadas —se ríe.

Por poco se me cae la boca al suelo y tengo que hacer dos intentos antes de poder hablar.

—¿Sabes lo que va a ser adorable? Cuando te meta mi zapato por el gaznate. —Entrecierro los ojos—. Soy peligrosa. Una amenaza. —Mentira cochina—. Deberías tenerme miedo, Cuervo.

El muy impresentable vuelve a reírse en vez de ponerse a temblar.

—Gracias. —Se seca una lágrima—. Hacía siglos que no me reía tanto.

—Pues qué bien —murmuro enfadada, ofendida y humillada a partes iguales porque el pajarraco no se haya sentido ni un poquito intimidado por mí.

—Dime qué quieres de cenar.

—¡¡Pesado!!

Mi estómago también lo insulta. O a lo mejor le está diciendo lo que quiere comer, no lo sé. No domino el lenguaje de las vísceras.

—Si te acuestas con hambre, no vas a poder dormir. Y mañana no vas a tener las energías necesarias para afrontar tu día.

A pesar de todas las veces que le he gritado, amenazado e insultado, él sigue sonriendo y hablándome con calma.

Y francamente, lo que dice es perfectamente razonable.

Al menos lo que acaba de decir, lo de antes, lo de tocarle el plumón no era razonable.

Aún estoy dudando si puede considerarse acoso sexual demoníaco.

Lo que pasa es que no puedo ceder porque me preocupa seguir mal mañana y estropearles otro día a las chicas. Necesito recuperarme cuanto antes para no ser una carga.

—¿Qué te apetece? —insiste.

«No va a darse por vencido, ¿verdad?». Un suspiro largo y resignado se escapa de mis labios. El Cuervo está tan cerca que las puntas de sus plumas se mecen al compás de mi aliento.

Al final, no me queda más remedio que contarle la verdad.

—No quiero cenar porque llevo todo el día un poco mal del estómago…

—¡¿Estás enferma?!

Doy un respingo porque es la primera vez que lo escucho alzar el tono. En menos de un segundo, él se pone en pie. Me está mirando igual que si me hubiesen brotado champiñones por el cuerpo.

—No estoy enferma. Es solo que… —Se me escapa un chillido, seguido de una palabra nada apropiada para una señorita cuando el emplumado me coge en brazos y me levanta de la butaca—. ¡¿Qué haces?!

—Si estás enferma, tienes que estar en la cama. Y tendrías que habérmelo dicho antes. —Su comentario suena a reproche. La mirada que me dirige de soslayo también va cargada de él.

Quiero decirle que mi salud no es asunto suyo y que ya me estoy hartando de que me toque y me coja sin permiso, sin embargo, tengo un problema más acuciante entre manos. Este loco está a punto de meterme en la cama y yo sigo cubierta de gérmenes callejeros.

—¡La cama no! ¡Aún no! —grito, y me agarro a su cuello con desesperación para impedir que me suelte y yo mancille la sagrada pulcritud de mis sábanas con la ropa que he llevado puesta todo el día y que he ido restregando por todas partes, asientos públicos incluidos.

Nos quedamos congelados. Él ligeramente inclinado sobre la cama y sujetándome con un solo brazo, como si yo no pesase nada, mientras retira el edredón con la otra.

Y yo totalmente abrazada a él, respirando sobre la piel de su pecho, que queda expuesto por el yukata, y con una de mis manos perdida dentro del cuello de su ropa y en contacto directo con la parte alta de su espalda.

En cualquier otra situación, la vergüenza me habría matado. O lo habría hecho yo misma bebiéndome el bote de desinfectante de manos. Sin embargo, en mi lista de prioridades vitales la higiene está por encima de cualquier otra cosa.