La Maldita y El Cuervo Capítulo 3 - Gérmenes callejeros
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Capítulo 3 - Gérmenes callejeros

—¿Se puede saber dónde te habías metido? —me reprocha Meredith, en cuanto sus ojos azules se posan en mí.

—¡Kaya! ¡Al fin! —vocifera Jenna. Al segundo, la rubia le chista y le estampa un trozo de pan en la cara—. ¿Qué haces, trastornada?

—¿Quieres dejar de dar voces? —sisea Meredith—. Es muy temprano y yo estoy muy resacosa para eso.

Antes de que esas dos puedan enzarzarse en una lucha a muerte, tomo asiento y les ofrezco una mentira para que aderecen sus desayunos.

—Perdonad el retraso, creo que la cena de ayer no me sentó muy bien y he tenido algún problemilla en el baño.

La parte del baño es verdad. La causa del problema, no.

Aunque en este caso, mentir es necesario porque no puedo decirles que un demonio cuervo se coló en mi habitación y ahora afirma ser mi guardián, tener un vínculo conmigo y no sé qué más patochadas.

Porque si les dijese eso, se creerían que tengo diarrea, pero cerebral.

—Kaya —Isa me mira con preocupación—, ¿ya te encuentras un poco mejor? Yo tengo medicinas en mi cuarto si quieres.

No tengo tiempo de responder antes de que Jenna me haga desear estar muerta.

—¿Te has pasado la noche en el baño? ¿Vómitos? ¿O también de lo otro?

Mi piel se incendia y ahora la que tiene ganas de estamparle una rebanada de pan (o un plato) en la cara soy yo.

—He pasado la noche bien, gracias —bufo—. Ha sido al levantarme cuando he tenido que estar un buen rato en el baño.

—Si quieres, nos quedamos hoy aquí —sugiere Meredith.

—Sí, no tenemos obligación de ir a ningún lado —añade Isa—. Podemos tomarnos un día de descanso.

—No estoy tan mal —les aseguro—. Y no quiero que cancelemos nuestros planes por mi culpa.

—Cielo, si estás mala no es culpa tuya ni de nadie. Son cosas que pasan. —Jenna se encoge de hombros.

—Y yo tampoco estoy para tirar cohetes —admite Meredith—. Si el café no me revive lo suficiente, me voy a pasar el día de muy mal humor.

—Tú siempre estás de mal humor, Mer —se ríe Jenna.

—Totalmente cierto —asiente la aludida con una sonrisa torcida, antes de darle un sorbo a su taza.

—Podemos hacer algo en Nara, cerca del hotel, por si en algún momento te encuentras muy mal y necesitas volver —propone Isa, y me frota el brazo.

Agradezco mucho su preocupación y considerando que mis intestinos están bailando un tango dentro de mi abdomen, aceptaría de buen grado su sugerencia.

El problema es que no quiero quedarme en el hotel ni cerca de él. Quiero poner toda la distancia que pueda entre el emplumado y yo, volver lo más tarde posible y rezar para que el tipo se aburra de esperar y se largue antes de que yo regrese.

—Eso no es necesario, chicas. Estaré perfectamente. —Spoiler uno: no lo estaré—. Solo debo tener un poco de cuidado con lo que coma hoy y todo irá bien. —Spoiler dos: no irá nada bien.

—De acuerdo —claudica Jenna, en nombre de todas—. Pero si en algún momento te sientes demasiado mal, dilo y nos volvemos inmediatamente.

Spoiler tres: jamás lo diría. Aun así, me hago la loca.

—Vale, mamá .

—No te pases de lista —se ríe, y me tira una servilleta arrugada—. Y si yo soy la madre, ¿qué es ella? —Señala a Isa.

—Ella es la hermana adorable que siempre te cuida y te mima —contesto.

Isa sonríe y Jenna asiente.

—¿Y ella? —pregunta, señalando a Meredith.

Lo medito un segundo.

—Ella es la tía abuela que vive con ochenta gatos y de la que sospechas que tiene una cámara de tortura en el sótano.

Las otras dos se ríen, Isa de forma más disimulada que Jenna, y a Meredith se le curva una comisura de la boca.

—Totalmente cierto. —Brinda con su taza de café.

El día de hoy solo puede definirse como lamentable.

Creo que he visitado todos los baños de Kobe y alguno más (vale, igual no tantos, pero decididamente han sido muchos).

Los nervios han hecho estragos con mis tripas y yo estoy haciendo lo posible por sobrevivir, porque recordemos que la diarrea es una batalla que no se gana.

Por eso he vuelto derecha al hotel mientras las chicas han ido a cenar.

He decidido darle un poco de descanso a mis intestinos a ver si así contengo este apocalipsis diarreico; y eso a pesar de que sí tengo bastante hambre porque apenas he comido y mi malestar digestivo se debe al estrés.

Un estrés que me ha causado el maldito pajarraco con forma humana.

«Y hablando del pajarraco…». Mi mano se detiene sobre el tirador de la puerta de mi habitación. «Por favor, que se haya ido. Por favor, por favor, por favor», imploro. «O lo que es aún mejor, que lo de esta mañana sí haya sido una alucinación causada por unas gambas rancias».

Tras inhalar profundamente diez veces, abro y entro al cuarto. Las luces están apagadas, hay un tenue olor a incienso en el aire y no se escucha absolutamente nada. «Madre mía, menos mal». Estoy a punto de echarme a llorar del alivio.

Me giro para encender la luz y algo me cae encima desde atrás.

—Kaya, ¡ya has vuelto! —exclama el Cuervo, entusiasmado—. Te he echado de menos. ¿Has tenido un buen día? ¿Te lo has pasado bien?

«No, no, no, no, no, no… ¡¡Me cago en los Teletubbies!! ¿Por qué sigue aquí? ¿Por qué le interesa mi día? ¡¿Y por qué coño me está abrazando?!». Estoy a punto de gritar, vomitar o desmayarme. O puede que suceda todo a la vez, ya veremos.

—¡Suelta! —protesto, intentando zafarme de sus brazos. Es imposible. Es igual que pelear con un oso.

Para mi inmensa desgracia, no solo no me suelta, sino que me levanta por los aires y comienza a moverse por la habitación conmigo a cuestas.

Me lleva hasta la butaca y me sienta con cuidado. Después, se arrodilla delante de mí y me mira como si él tuviese cinco años y yo fuese algo que se ha encontrado debajo del árbol en la mañana de Navidad. Una sensación cálida aletea tímidamente dentro de mi estómago.

—¿Has disfrutado con tus amigas? —me interroga, genuinamente interesado.

«No te dejes engañar. Siempre empieza así. Parecen tiernos, detallistas y considerados; y mira cómo acaba todo cuando sacan a relucir su verdadero rostro».

—No ha sido un mal día —respondo secamente, omitiendo a propósito toda la parte de los mil baños porque mis movimientos intestinales no son asunto de este tarado. Ni de nadie, ya que estamos.

—¿Y ellas se lo han pasado bien?

La sorpresa empuja mis párpados en direcciones opuestas.

—Sí, se lo han pasado bien —admito.

Meredith ha estado a punto de matar a Jenna unas treinta veces antes de que le hiciesen efecto el café y el paracetamol, pero eso tampoco es asunto de este chico.

—Me alegro —sonríe, dejando a la vista esos colmillos que dan escalofríos—. ¿Ellas también han regresado ya al hotel?

—Ellas han ido a cenar.

—¿Y tú no cenas? —Sus cejas se mudan a lo alto de su frente y por poco desaparecen entre sus sedosas plumas—. La comida es importante. Si no te alimentas bien, podrías enfermar. ¿Quieres que vaya a buscar algo para ti?

Tengo que detenerlo porque ya estaba a punto de ponerse en pie.

—No hace falta. No tengo mucho apetito y no creo que sea bueno que te pasees por ahí con esas pintas.

—¿Qué pintas? —pregunta confuso.

«¿En serio se lo tengo que explicar?». Resoplo con tanta fuerza que podría tumbar muros.

—Pues con esas pintas. —Señalo su cabeza.

—¿Tengo algo en la cara?

Me golpeo la frente con la palma con demasiado ímpetu y por poco me abro un boquete en la cabeza.

—¿Te refieres a algo más aparte del trillón de plumas? —le increpo.

—Pero mis plumas son bonitas. —Se pasa una mano por la melena, si es que se le puede llamar de ese modo—. Y también son muy suaves. ¿Quieres tocarlas? —El Cuervo sonríe de forma pícara.

—¡Por supuesto que no! ¿Y si tienes piojos de las plumas? —Ni siquiera sé si eso existe, pero me está dando asco igualmente—. ¿O liendres? ¿O ranúnculos? —Tampoco sé qué es eso, pero también suena asqueroso.

Su sonrisa pícara es devorada por un aura amenazadora que haría que Superman se cagase en los leotardos. Y si yo no lo he hecho es solo porque mis tripas están vacías.

Algo prende en sus ojos y su labio superior se curva levemente en un gruñido silencioso que deja a la vista sus colmillos.

—Yo no tengo parásitos. Mantengo un cuidado y una higiene perfectos de mis plumas. —Inclina la cabeza hacia mí—. Mira, toca.

—No voy a tocarte. Ni a ti ni a tus plumas —respondo con una voz demasiado aguda.

Aunque sigue de rodillas, alza su cuerpo y se aproxima a la butaca. Sus largos dedos acabados en garras puntiagudas se apoyan en los reposabrazos, cortándome toda posibilidad de huir.

—Toca.

—Que no.

—Kaya, tócame las plumas —me ordena.

«Joder, eso ha sonado fatal». Ya no sé si ponerme a gritar del miedo o a reír como una loca. Al final, acabo recogiendo las piernas en la butaca y aovillándome sobre mí misma cuando él se aproxima más.

—¡Largo de aquí, bicho! —Le empujo con la punta del pie.

—No me llamo Bicho, me llamo Karasuhito.

—Me alegro por ti. Y no voy a tocarte, leches. Déjalo de…

Un rugido ensordecedor me interrumpe, me deja muda y con ganas de ahorcarme con la manguera de la ducha.

—¿Eso has sido tú? —me pregunta el Cuervo, perplejo, mirando en la dirección de la que procedía el sonido, es decir, mi estómago.

—No, qué va —miento como una condenada—. Eso no he si…

Mi estómago protesta por segunda vez y no se calla. Sigue emitiendo gemidos lastimeros de forma intermitente.

—Sí que eres tú —se ríe él, y se vuelve a sentar sobre los talones. Al menos este bochornoso incidente ha servido para que se olvide de lo de sobarle el plumón.

—No soy yo —niego tercamente, a pesar de que es evidente que sí lo soy.

Mis tripas continúan su discurso. Imagino que estarán hablando sobre la necesidad de reducir el estrés, moderar el consumo de picante y aumentar la de helado y chocolate.

Yo cada vez estoy más abochornada y el pajarraco cada vez se ríe más. Juro que sus carcajadas son tan graves que reverberan dentro de mi pecho.

—Creo que están intentando comunicarse con nosotros —afirma, entre risas.