Capítulo 2 - El Cuervo #2
—Porque es la verdad. Soy un karasu-tengu.
Un demonio cuervo —añade, al darse cuenta de que no he entendido lo primero que ha dicho—.
Procedo de un linaje de guerreros, llevamos siglos viviendo en el Monte Kurama y respondemos a las oraciones de la gente que pide ayuda o protección para sus seres queridos.
La plegaria de esa chica captó mi atención y vine anoche a echar un vistazo.
Y cuando te vi… —Algo turbulento cruza sus oscuros ojos—.
Decidí aceptar el encargo. A partir de ahora, me quedaré a tu lado y cuidaré de ti.
—Su gesto atormentado desaparece y lo sustituye una sonrisa.
Esos alarmantes colmillos vuelven a quedar a la vista.
—¿Y yo no tengo ni voz ni voto en todo esto?
—¿A qué te refieres? —Ladea la cabeza igual que un perro que no ha entendido una orden.
—Una de mis amigas rezó por mí…
—Así es —confirma él.
—Bien, no tengo quejas sobre eso. Pero ahora tú apareces aquí diciendo que no te vas a separar de mí. Y sobre eso sí tengo unas cuantas quejas. Yo no quiero que un extraño se me pegue como una lapa.
—No soy un extraño —me contradice, sin dejar de sonreír.
—Te conozco desde hace cinco minutos, joder.
—Si crees eso… —Se encoge de hombros y hay cierta condescendencia en su tono, lo cual me enerva bastante .
—Claro que lo creo.
—No han sido cinco minutos, pero te lo perdono porque sé que estás nerviosa —sonríe.
—La madre que te… —Me callo porque ni siquiera sé si esta cosa tiene madre o si salió de un huevo—.
Cinco minutos o cinco horas, me da igual.
Eres un desconocido y no te quiero aquí.
Así que haz el favor de largarte de una vez.
—Eso tenía que haber sido una orden firme y ha acabado sonando como una súplica, y me maldigo profundamente por ello.
—No puedo.
—Sí puedes. Ahí está la puerta… Y ahí el balcón, por si lo prefieres —añado, al recordar dónde apareció anoche—. O a lo mejor puedes evaporarte en medio de una nube de humo.
De repente, él suelta una sonora carcajada. Un sonido limpio y vibrante, algo que nunca esperarías oír de alguien que afirma ser un bicho infernal, y casi parece despertar algo dentro de mí. Casi.
—Eres muy graciosa, Kaya —afirma con una gran sonrisa.
—Yo no le veo la gracia a nada de esto. Y estoy hablando totalmente en serio.
—Yo también. —Su sonrisa se evapora, su gesto se vuelve frío, una chispa azul prende en la noche de su mirada y mi estómago se encoge y se arruga como una uva pasa—.
Acepté una plegaria y no voy a desaparecer hasta que el deseo de esa chica se cumpla y tú estés a salvo de todo mal.
—Se desliza por el suelo hasta colocarse al lado de la butaca, se alza y se aproxima peligrosamente a mí.
Trago con fuerza para empujar a mi corazón de regreso al pecho—.
No me iré antes de eso. E incluso entonces solo me iré si tú así lo quieres.
A partir de este momento, soy tuyo —declara con vehemencia, y yo estoy a punto de tragarme mi propia lengua.
«¡Joder con el Cuervo!»—. Y solo me separaré de tu lado antes de cumplir con mi misión si tú mueres o si muero yo, y los dioses saben que jamás permitiré que sea la primera.
Una vez que se ha quedado bien a gusto después de soltarme semejante discurso, él aguarda a escasos palmos de distancia. Seguramente está esperando una respuesta. Y de verdad que quiero dársela.
Quiero decirle que toda esa palabrería no me ha impresionado lo más mínimo y que se puede meter todos sus buenos propósitos por el agujero que elija (si es que tiene alguno más aparte de los que veo en su cara, no he estudiado la anatomía demoníaca).
El problema es que sí estoy impresionada, por mucho que me odie por ello, y ahora no recuerdo cómo narices hace uno para hablar.
—Me voy a quedar a tu lado, Kaya —repite él, al ver que no digo nada.
Y no contento con todo lo que ha hecho ya, va y me acaricia el lateral del rostro con la misma delicadeza con la que lo haría mi madre.
Mi garganta se cierra y noto una opresión espantosa en el pecho—.
Sé que al principio será un poco raro, pero pronto te acostumbrarás, te lo prometo.
—Su sonrisa regresa, dándole un aspecto mucho más relajado, juvenil y menos mortífero, para qué engañarnos—.
Y quién sabe, a lo mejor si pasamos el suficiente tiempo juntos, acabas por…
Unos enérgicos golpes en la puerta le interrumpen.
—¡Kaya! —grita Jenna, desde el pasillo—.
¿Qué estás haciendo? Habíamos quedado hace cinco minutos en el restaurante para desayunar.
—Mi lengua sigue trabada—. Meredith me ha pedido que te comunique que, si te has quedado dormida, te va a arrancar los pelos de la cabeza uno a uno y se va a hacer un cojincito con ellos.
Incluso en medio de mi debacle emocional, el comentario me hace reír y gracias a eso mi cerebro consigue recordar cómo mover mis labios. Al oír mi risa, el Cuervo me contempla de un modo que por poco me hace colapsar por segunda vez.
—No me he dormido —respondo—. Solo… Solo he tenido un pequeño… percance . —Miro de reojo al emplumado.
—¿Percance? —La voz de Jenna suena preocupada—. Cielo, ¿estás bien? ¿Necesitas ayuda con algo? Déjame entrar y…
—Tranquila, ha sido una tontería. Empezad a desayunar, que enseguida estoy con vosotras.
—Vale. Pero como no bajes en cinco minutos, vamos a subir las tres y a echar esta puerta abajo, quedas avisada.
—Deja de decir disparates y vete a desayunar, Jenna.
Pasan varios segundos antes de que escuche sus pasos alejándose por el pasillo.
Sé que se preocupan por mí porque me quieren.
Y precisamente porque yo también las quiero, siempre me siento como una mierda cada vez que les causo alguna preocupación.
Cosa que he hecho mucho últimamente. Y la mejor prueba de ello es que estemos en Japón.
Y la otra mejor prueba es el hombre, o demonio, o pájaro que sigue de rodillas delante de mí.
—Tengo que prepararme o mis amigas se van a agobiar aún más. —Intento levantarme de la butaca, pero él está bloqueando mi camino—. ¿Te importa? —resoplo exasperada.
—¿Y a dónde vamos?
—¿ Vamos ? —me sorprendo. «¿Desde cuándo hay un “vamos” en plural?»—. Yo voy a irme con mis amigas como tenía planeado. Y tú… Francamente, me importa un bledo a dónde te vayas tú. Puedes volver a tu casa, a tu nido o al infierno.
Estoy siendo una borde, soy consciente de ello; pero es que todo esto es demasiado. Necesito que este chico desaparezca y recuperar mi vida que ya era bastante complicada de por sí sin sumar a la ecuación seres sobrenaturales.
Su ceño se frunce y por un segundo temo haberlo ofendido de verdad. Y solo lo temo por el recuerdo de esos colmillos.
—Yo no vivo en un nido —declara con tono ofendido. Además, pone una cara que lo hace parecer un niño enfurruñado y mi miedo se evapora—. Los tengus vivimos en cuevas en las montañas. ¿No lo sabías?
—Claro que sí, porque tengo un extenso conocimiento sobre el mercado inmobiliario de los demonios —afirmo con demasiada ironía. Con tanta, que hasta el tarugo de las plumas se percata.
—Bueno, pues ahora ya lo sabes.
—Tampoco me hacía falta saberlo.
—Entonces, ¿a dónde vais a ir? —repite.
—Eso no es asunto tuyo.
No voy a caer en los mismos errores dos veces. Puede regalarme los oídos con palabras bonitas todo lo que quiera, eso no cambia el hecho de que lo que yo haga, lo que yo diga, lo que me ponga, con quién salga o a dónde vaya no es asunto de ningún hombre. Menos aún de uno que ni conozco.
—Si no me lo quieres decir, no pasa nada, pero ten cuidado, ¿vale?
—me pide. Estaba a punto de empujarle para quitarlo del medio y me quedo paralizada al oír eso—.
Pásalo bien con tus amigas. —Ese añadido me deja todavía más paralizada.
«¿Me acaba de decir que me lo pase bien?
¿No se enfada?». Lo miro, extrañada—. Y si tienes cualquier problema, solo tienes que llamarme y estaré ahí en un segundo.
Es cierto que prefiero no perderte de vista, sin embargo, respeto que quieras ir sola con tus amigas.
Y aunque no estemos juntos, ahora hay un vínculo entre los dos y siempre que no haya demasiada distancia entre nosotros, podré llegar a ti en un momento si me llamas.
Por poco me caigo de culo con eso del respeto y del vínculo. Él no parece darse cuenta, se limita a sonreír mientras se pone en pie con un movimiento elegante. Después, me tiende la mano.
Estoy tan aturdida que la acepto sin pensar. De nuevo me sorprende lo fría que es su piel, es igual que tocar nieve recién caída. En mi cabeza asocio a los demonios con el infierno y con el fuego, pero él es todo lo contrario. Frío y calma.
El Cuervo me ayuda a ponerme en pie y se hace a un lado para que yo pueda moverme libremente por la habitación.
Cojo algo de ropa sin fijarme demasiado en lo que elijo porque sigo profundamente conmocionada y me encamino con pasos rápidos al baño. El chico me sigue y, por segunda vez, tengo que impedir que se meta dentro conmigo.
Tras una extenuante conversación en la que le explico las mil trescientas razones por las que no está bien visto que un hombre (demonio o no) se meta en el baño con una señorita, él cede, se disculpa repetidas veces y se va a la butaca a esperar.
Por supuesto, antes de empezar a prepararme, echo el pestillo y estoy tentada de usar la barra de la cortina para atrancar la puerta.
Como era de esperar, mis tripas me declaran la guerra biológica después de tantísimo estrés y al final llego diez minutos tarde al desayuno.