Capítulo 2 - El Cuervo
La alarma suena e inmediatamente echo la mano a la mesilla para apagarla, antes de volver a refugiarme bajo las sábanas. Aunque sé que hoy no puedo remolonear más de la cuenta, tenemos que salir pronto del hotel para coger el tren a Kobe.
Tampoco puedo quedarme en la cama mucho más porque tengo que ir al baño con cierta urgencia, mi vejiga parece un globo. «Espera…». Algo se conecta en mi cabeza. Mi vejiga. El balcón. El joven con la melena de plumas. «Madre mía. Vaya locura de sueño tuve anoche».
Me froto los ojos y me desperezo cual gato, estirando mi columna hasta que cruje como el pan tostado. Salgo de la cama, me pongo en pie y… Todo el calor me abandona de golpe. El chico de mi sueño está sentado en la butaca de la habitación.
—Esto no es real —murmuro.
—¡Buenos días, Kaya! —me sonríe él, alegremente.
—No me hables. No eres real… Eso es, sigo soñando —me río de forma un tanto histérica—. O puede que esté alucinando. A lo mejor las gambas de la cena no estaban bien, igual estaban pasadas, drogadas o envenenadas, no lo sé.
Me dirijo al baño con pasos temblorosos y apresurados, e ignoro a la aparición que está sentada dentro de mi cuarto. O al menos lo intento hasta que él se pone de pie y me sigue con la clara intención de meterse al baño conmigo.
—¡¿Qué puñetas haces?! —le increpo.
—Soy tu guardián, tengo que vigilarte.
—Aunque seas una alucinación, no pienso permitir que te metas ahí dentro conmigo.
—Señalo el baño—. Y no necesito un guardaespaldas.
Lo más peligroso que me puede pasar es que me caiga dentro del retrete y me ahogue, y eso es imposible porque no quepo por ese agujero.
Así que largo. —Lo espanto con la mano como si fuese una mosca gigante y él se ríe.
Unos colmillos enormes quedan a la vista y mi corazón y mi estómago invierten sus posiciones dentro de mi cuerpo.
—Tienes un carácter bastante hostil.
—Me lo dicen mucho. Y ahora, ¡largo, producto de mi imaginación!
Lo empujo y es como intentar mover una montaña. Su cuerpo es duro y siento sus potentes músculos tensarse bajo la fina tela del yukata. Y al acercarme a él percibo claramente un olor a fósforo quemado, igual que cuando apagas una cerilla.
Las sensaciones son demasiado reales y mi nivel de ansiedad pasa de cero a tres millones en un parpadeo.
—Tú… Tú no… —balbuceo. Quiero decirle que deje de oler, de ser tan musculoso, de respirar y de hablar porque no es real, solo es un sueño; pero las palabras se enredan unas con otras y se quedan atascadas en mi garganta.
Mi respiración se acelera para seguirle el ritmo a los latidos de mi corazón. No es suficiente. Empiezo a marearme otra vez.
—Kaya, tranquila. Inspira más lentamente. —Su voz suena preocupada.
Coloca una de sus manos encima de las mías, que siguen apoyadas en su pecho, y veo unas garras largas, negras y puntiagudas donde se supone que deberían estar sus uñas. Y lo que es aún peor, su piel está extremadamente fría, como si no tuviese sangre dentro de las venas que lo calentase.
Soy consciente de que tengo una imaginación bastante activa y mis desvaríos han empeorado drásticamente en el último año por culpa de la ansiedad. Sin embargo, tengo mis serias dudas de que mi alocada cabecita haya podido fabricar tal cantidad de detalles.
«Esto no es una alucinación… Esto no es una jodida alucinación». Cuando la idea por fin cala en mí, me fallan las rodillas. Me habría partido la crisma contra el suelo de no ser porque él me ha sujetado pasando su brazo por detrás de mi cintura.
Tira de mí para ponerme derecha, pero tiene demasiada fuerza y me levanta más de un palmo del suelo.
Mi rostro se acerca al suyo y puedo contar cada una de sus kilométricas pestañas.
Puedo ver esos pómulos que parecen cincelados por la mano de un artista.
Esos ojos más oscuros que una noche sin luna.
Y esos colmillos que podrían desgarrarme la garganta de un mordisco…
«¡¡Me cago en las piruletas de cereza!!». Me pongo a berrear como lo que soy: una histérica aterrorizada y a punto de morirse de un infarto, tres embolias y cinco aneurismas. También forcejeo con él para soltarme, pero es inútil. Este tipo es más robusto que un roble centenario.
—Kaya, no grites, por favor. No hace falta que te asustes —me dice con voz calmada el de los dientes de tiranosaurio—. Estoy aquí para protegerte.
—¡¿Protegerme?! —En medio de los gritos se me escapa la carcajada más irónica que nadie ha soltado jamás en toda la historia de la humanidad—. ¡¿Cómo coño vas a protegerme si estoy a punto de morirme por tu culpa?!
El emplumado tiene la desfachatez de reírse, como si todo esto tuviese alguna puta gracia. Su aliento me roza la cara e inunda mi nariz de notas ahumadas.
—No vas a morirte. —Niega con la cabeza y la luz de los fluorescentes del baño arranca destellos de matices azulados y púrpuras a sus plumas.
—¡¿Y tú qué sabes?! ¡¿Y quién te has creído que eres para decidir si yo puedo morirme o no?!
El miedo está dejando paso al cabreo. Y a uno monumental, para ser precisos.
Lo cual me sorprende bastante porque, por culpa de mi última relación, solo me enfado con la gente con la que me siento lo suficientemente segura.
Y con él no me siento así. O no debería.
Y sin embargo, aquí estoy, echando humo por las orejas.
«Si yo quiero morirme, me muero y punto, leches».
—Lo sé porque yo jamás permitiría que te sucediese nada malo —asevera, mirándome a los ojos—. Y mucho menos que te murieses. Eso no sería digno de un demonio guardián.
Los alaridos se apagan de golpe. Me acabo de quedar muda.
Y ni siquiera sé si ha sido por la intensidad con la que este desconocido me acaba de asegurar que él jamás permitiría que me pasase nada malo o por lo de que es un demonio.
Seguramente sea por lo segundo, aunque lo de antes también me ha dejado bastante patitiesa, para qué negarlo.
—Los demonios no existen —suelto sin pensar.
Si lo analizase un poco, me daría cuenta de que eso explica las rarezas imposibles de este hombre.
Pero mejor no lo analizo, no vaya a ser que al final me crea de verdad que es un ser infernal.
Mi cordura ya está pendiendo de un hilo, no vamos a forzarla, pobrecita.
—Claro que existimos, ¿no me ves? —me pregunta con una amplia sonrisa.
—Sí, te veo perfectamente. Y también veo que te has colado en mi habitación de noche y que me estás sujetando en contra de mi voluntad, cosas que son un delito y por las que puedes ir a la cárcel —le espeto.
—Ah, ¿sí? —Sus cejas se van de viaje al nacimiento de sus plumas, parece genuinamente sorprendido—. Llevaba mucho sin salir de mi montaña, puede que las leyes hayan cambiado. Bueno, el mundo en general parece haber cambiado bastante —añade, mirando la pantalla del televisor y las lámparas.
—Bien. —Intento sonreír, y de los nervios solo me sale una mueca—. No salías de tu montaña y ahora no vas a salir de prisión como no me sueltes ya, ¡tarado!
—No me llamo Tarado, me llamo Karasuhito. Es un placer volver a verte, Kaya.
—El placer es solo tuyo —siseo, y el muy… se ríe—. Y suéltame de una vez.
Al fin me deposita en el suelo, libera mis manos y retira su brazo de mi cintura; pero no se aleja, sigue plantado como un bonsái gigante, negro y emplumado a escasos palmos de mí y con una sonrisa despampanante en la cara.
Aprieto los dientes y los puños, me yergo todo lo alta que soy (que no es mucho) e intento aparentar calma y que tengo el control de la situación; aunque no sé para qué me molesto porque me he tirado cinco minutos berreando, por poco me desmayo (por segunda vez) y si no me he hecho pis encima ha sido un milagro. Y él lo sabe.
—¿Ya estás lista para escucharme?
—¿Ya estás listo para largarte de mi cuarto? Porque como no desaparezcas en los próximos diez segundos, voy a llamar a la seguridad del hotel, a la policía o al ejército, aún no lo he decidido.
—No puedo irme. Ya te lo he dicho, ahora soy tu guardián y debo permanecer a tu lado para protegerte.
—No necesito que me protejas porque no hay nada de lo que protegerme. —Mi voz tiembla levemente por la mentira que acabo de soltar.
—La persona que oró por ti ayer en el Monte Kurama, pidiendo a los dioses que te mantuviesen a salvo, no comparte esa opinión —me cuenta—. Ella está asustada, muy preocupada por ti y convencida de que hay un hombre que quiere hacerte daño.
Nadie me ha tocado, pero yo siento como si me acabasen de dar un puñetazo en el estómago. Son detalles demasiado personales para que un extraño los sepa. Y lo que es peor, si lo que dice es cierto, eso significa que las chicas siguen muy preocupadas por mí.
El problema es que, si acepto como cierto todo esto, también tengo que aceptar que lo otro es verdad. Que este chico es un demonio y mi cabeza no sabe cómo procesar eso sin haberme tomado antes un café. Y aunque me hubiese bebido la cafetera entera tampoco sabría cómo gestionar lo que está pasando.
—Tengo que sentarme… —murmuro, porque me zumban los oídos y hay copos de nieve demasiado brillantes flotando en mi campo de visión.
Avanzo dos pasos y, para mi desgracia, él me agarra del brazo, apoya su otra mano en mis lumbares y me guía con una delicadeza extrema hasta la butaca que él estaba ocupando cuando me he despertado.
«Joder, ahora que lo pienso…». Anoche me desmayé en el balcón y me he despertado en mi cama. Él ha pasado toda la noche dentro de mi cuarto y no me ha hecho absolutamente nada. «¿Qué coño está pasando aquí?».
Tras asegurarse de que estoy bien acomodada, el caballeroso demonio se sienta en el suelo frente a mí con las piernas cruzadas como un chiquillo. También sonríe como uno.
—Sé que esto puede ser un poco raro al principio —me dice con voz serena y profunda—, pero de verdad que estoy aquí para cuidar de ti…
—Eso ya lo has repetido unas cincuenta veces —le corto, a la vez que hago un esfuerzo inmenso por no ponerme a hiperventilar, a vomitar o ambas cosas, lo cual sería terrible y asquerosísimo.