La Maldita y El Cuervo Capítulo 1 - La purificación #3
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Capítulo 1 - La purificación #3

Aguardo unos segundos y no oigo nada más. «Igual me lo he imaginado». Vuelvo a tumbarme, me resguardo bajo las sábanas como un topillo en su madriguera e intento dormirme de nuevo. No puedo. Tengo un grave problema. Me hago pis. Me hago mucho pis.

«No quiero ir hasta el baño», gimoteo. Sin embargo, a mi vejiga le importa un rábano marinado lo que yo quiera. Como no salga de la cama, voy a tener el accidente más vergonzoso de la historia de mi vida. Bueno, igual el más vergonzoso no.

Ese sigue siendo la vez que le vomité encima a un compañero de clase después de marearme en el autobús escolar. Seguido muy de cerca por aquella vez que salí del baño del trabajo con la falda metida por dentro de las bragas y me paseé delante de todo el mundo enseñando mi esmirriado culo.

Pero desde luego sería uno de los más bochornosos. Nadie se hace pis en la cama con veintiocho años. Así que, sin otra opción, abandono mi guarida y me encamino al baño con pasos apresurados y juntando los muslos para hacer más fuerza. Parezco un pato.

Una vez resuelto el problema de la vejiga a punto de reventar, vuelvo a la cama.

Tengo ya un pie dentro cuando ese ruido espeluznante vuelve a sonar.

Se me erizan hasta los pelillos de la nariz y un escalofrío desciende a toda velocidad por mi columna.

Ha sonado como un tenedor arañando un plato… «O un cristal».

A pesar de la repentina rigidez que se ha instalado en mi cuerpo, mi cuello se gira hacia la cristalera del balcón. Mis latidos se desbocan al ver una sombra extraña fuera.

«Kaya, por favor, no seas idiota», me reprendo, y lo hago con razón. Mi habitación está en un octavo piso. Nadie podría haberse colado en mi balcón a no ser que fuese el jodido Spider-Man o un alien que se hubiese caído del platillo volante.

En cuanto vuelvo a fijar mi vista en la cama, intentando controlar mis pulsaciones, ese sonido rasga el aire por tercera vez. No son imaginaciones mías. Hay algo ahí fuera.

Con mucha cautela, me acerco a la cristalera y como una persona adulta e inteligente, me escondo tras las cortinas. Porque todos sabemos que en las películas de miedo las cortinas son lo que salvan a la gente, claro.

Ignorando mi propia estupidez, descorro un poco la tela para echar un vistazo al exterior. A simple vista, la terraza está vacía. Solo hay sombras más negras que las plumas de un cuervo.

Tras comprobar cinco veces que realmente no hay nada, el miedo afloja un poco sus garras sobre mi maltratada mente y dejo escapar un suspiro que lleva la misma cantidad de alivio que de frustración. «Parece que la purificación no ha servido. Sigo paranoica y desquiciada», me lamento.

Me lleva sucediendo esto desde hace mucho.

Vivo con la sensación constante de que me observan, veo cosas, me imagino ruidos…

«Supongo que, si me encierran en un psiquiátrico, al menos me ahorraría el alquiler», bromeo, en un penoso intento de animarme.

Todo este incidente me ha dejado la moral por los suelos.

Regreso a la cama arrastrando los pies, pero no he dado ni cuatro pasos cuando el condenado chirrido suena otra vez.

—Bueno, ¡ya está bien! —mascullo entre dientes, furiosa conmigo misma.

Ni corta ni perezosa, abro la puerta corredera de cristal con un enérgico tirón y salgo al frío de la noche en pijama y descalza. Otro signo de inteligencia extrema, sí señor.

Da igual que aún sea verano, el viento a esta altura es fresco y muy fuerte, y mi melena oscura se agita con violencia y se enreda alrededor de mi cara. La retiro y la sujeto como buenamente puedo con una mano, y me giro hacia la izquierda.

—¡Ves! —exclamo, hablando conmigo misma y en voz alta, ganando cada vez más puntos para acabar encerrada en algún sitio blanquito y mullido—. ¡Aquí no hay na…!

Mis palabras se convierten en un gallo estrangulado cuando me giro hacia la derecha y veo a un chico.

Hay un joven en mi balcón.

Hay un joven en mi jodido balcón de la octava planta, el cual además se encuentra separado de las terrazas adyacentes por metros de vacío.

Un joven alto, de piel tan pálida como la nieve recién caída y vestido con un yukata [1] igual de negro que sus ojos y su pelo…

—Ay, la leche —se me escapa, al percatarme de que su corta melena está hecha de sedosas plumas oscuras en vez de cabellos.

Una pequeña voz dentro de mi cabeza me grita que corra. Que vuelva a mi cuarto, atranque la puerta y siga corriendo. Pero mis pies se han fundido con el suelo y soy incapaz de dar un paso.

Nos quedamos en silencio, mirándonos el uno al otro lo que me parece una eternidad hasta que él sonríe.

—¡Ay, la leche! —digo, más alto de lo que pretendía, al ver que tiene dos colmillos gigantes y afilados como los de un depredador.

Rompo a sudar, me tiemblan las manos, las rodillas y hasta el puñetero páncreas, y mi corazón parece haberse tomado unas cincuenta tazas de café (y todas de golpe). Mis nervios están más tensos que las cuerdas de una guitarra y en cualquier momento van a ceder, lo presiento.

—Buenas noches, Kaya —me saluda él con toda la cordialidad del mundo, acompañando sus palabras con una profunda inclinación.

—¡¡Buenas noches y una mierda!!

Es lo último que digo antes de desmayarme.