La Maldita y El Cuervo Capítulo 1 - La purificación #2
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Capítulo 1 - La purificación #2

Puede que la mitad de mi sangre sea japonesa, pero por los ocho millones de dioses de este país que mi conocimiento de la lengua no es muy extenso.

Por eso, tengo algún que otro problema traduciéndoles la carta a las chicas y acabamos necesitando un poco de ayuda del teléfono para entendernos con el camarero.

—Me extraña que hayas pedido ramen —le dice Isa a Jenna, desenredándose con los dedos un mechón de su media melena castaña—. Pensaba que habías eliminado todos los carbohidratos de tus comidas.

Jenna es ese tipo de persona que se pone a dieta unas nueve veces al mes.

—Y los he eliminado —afirma ella.

—¿Entonces? —inquiere Meredith, arqueando una ceja.

—Es el único plato del menú cuyo nombre sé pronunciar. —Jenna se encoge de hombros mientras las demás nos reímos.

La conversación prosigue y se vuelve más animada cuando el camarero nos trae una jarrita de sake por cortesía de la casa. Yo no bebo, no quiero pasarme todo el día en el baño mañana.

Mis pobres intestinos no se han recuperado aún de todo el estrés que viví durante la ruptura con mi ex (ni de todos los años previos) y, ahora, ante la más mínima cosa fuera de lo normal, me declaran la guerra.

Y es una guerra que nadie puede ganar. Uno no le gana a la diarrea, solo sobrevive a ella como buenamente puede.

Aunque no bebo, sí disfruto de la comida y de la compañía. Hacía siglos que no salía con mis amigas. Cuando quedábamos durante el último año, casi siempre lo hacíamos en mi piso porque me generaba mucha ansiedad salir a la calle por si me cruzaba con mi acosador particular.

Evidentemente no podía quedarme encerrada todo el día y me tragaba el miedo y me obligaba a ir a trabajar porque necesito dinero.

No creo que en el supermercado me dejen pagar con sonrisas.

Ni que mi casero acepte que le haga un dibujo de un gato amorfo como pago por el alquiler.

Pero al margen de eso, procuraba no salir para nada. Fueron unos meses muy angustiosos.

«No pienses más en eso. Ya se acabó. La pesadilla se acabó».

—Esto es divertido —comento en voz alta, interrumpiendo sin querer la conversación de las otras. Ellas no se lo toman a mal, se limitan a sonreír. Isa se inclina hacia mí y me coge del brazo.

—¡Pues claro que es divertido! —exclama Jenna—. Estamos hablando de nosotras, ¡somos las reinas de la diversión!

—Dirás más bien que somos las reinas del drama perpetuo. —Meredith le da un sorbo a su vasito de sake—. Llevamos sin tener una semana normal desde… ¿Desde cuándo? Ya ni me acuerdo, joder.

—Probablemente desde la universidad —señalo.

—Esos años fueron de todo menos normales. —Jenna suelta una sonora carcajada.

—Nada que incluya acabar con sujetadores de orejeras es normal —coincide Isa.

—Eso solo pasó una vez y no fui la única. Jenna me imitó —se defiende Meredith—. Y lo hice para que no se me gangrenasen las orejas del frío. Estaba recién llegada de San Francisco y para nada preparada para el maldito clima de Seattle.

—Nos protegimos las orejas, pero se nos quedaron los airbags frontales como chuzos —se ríe Jenna.

—Cierto —asiente Meredith, y con total desvergüenza añade—: Mis pezones parecían picahielos.

—¿Podemos dejar de hablar de pechos congelados en medio de un lugar público? —les ruego.

—Qué más dará, si no nos entiende nadie. —Meredith abarca el local con un gesto de la mano.

—Yo os entiendo —refunfuño, como la gruñona que afirmo no ser—. Y nos estamos desviando del tema original. —Intento reconducir este desastre de conversación—. Estábamos hablando del tiempo que llevamos sin tener una semana normal.

—Esta semana está siendo normal y agradable —interviene Isa con su habitual optimismo.

—Eso es cierto. Porque siga siendo así. —Meredith alza su vaso y da otro sorbo.

—¡Amén, hermana! —Jenna la imita.

Isa entrechoca su vasito con el mío con una gran sonrisa y las dos bebemos. Para ser sincera, yo solo me mojo los labios porque recordemos que mis tripas son unas rencorosas de cuidado y debo ser cauta.

Tras la cena, nos dirigimos al hotel. Jenna va colgada cual bebé mono de la espalda de Isa. El contraste entre la piel broncínea de Jenna con el níveo rostro de Isa es llamativo. Y yo me he convertido en la muleta de Meredith.

Estoy agotada y quiero meterme en la cama cuanto antes, aun así, cumplo con mi rutina para que los gérmenes de la calle no mancillen la sagrada pulcritud de mis sábanas. Me limpio bien las manos, la cara y los dientes; y por último me pongo el pijama.

Que me duelan los pies y tener agujetas no me entusiasma en exceso, pero debo admitir que acostarme con este nivel de cansancio me va de lujo para que mi cerebro no se ponga a rumiar cosas que no debe y me desvele por completo.

Hoy mi consciencia se desliza rápidamente hacia el mundo de los sueños, guiada por la suave fragancia de las sábanas y el murmullo del viento. Lo último que pienso antes de quedarme dormida es que la purificación parece haber funcionado de verdad.

Un sonido se clava en lo más hondo de mi cerebro y me despierta. «¿Qué narices…?», pienso medio inconsciente. Abro un ojo y no veo nada. Literalmente. Me quito el edredón de encima y miro a mi alrededor. La habitación está a oscuras, en silencio y vacía, como era de esperar.