La Maldita y El Cuervo
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Capítulo 1 - La purificación
De camino hacia la cola del control de seguridad, me atropello el pie con la rueda de la maleta unas diez veces y maldigo en voz alta unas trece porque nunca me ha gustado ser rácana con eso de soltar improperios.
Mi despliegue de elegancia y buenos modales hace que me gane algunas miradas reprobatorias, pero también les arranca unas cuantas carcajadas a mis tres mejores amigas, las cuales andan por delante de mí con dignidad y sin percances con su equipaje de mano.
Este viaje ha sido idea suya. Lo organizaron sin decirme nada y solo me avisaron de que tenía que hacer las maletas cuando faltaba un mes para subirnos a la condenada lata gigante de sardinas con alas.
Por su cuenta y riesgo, decidieron llevarme a Japón, la tierra de mis ancestros (o los de la familia de mi madre, mejor dicho), para que purificase mi alma y mi mente.
La perspectiva de tragarme un vuelo de más de diez horas me horrorizaba tanto que me planteé chupar un pasamanos del centro comercial para ponerme mala y no tener que venir.
Al final no lo hice porque la idea era una marranada de proporciones cósmicas (solo de acordarme, me dan ganas de vomitar otra vez) y porque ellas tienen razón, necesito lo de la purificación.
Después de que los últimos cuatro años y medio de mi vida hayan sido un torbellino de mierda, un caos sucio y maloliente a más no poder, necesito una purificación, una limpieza de chacras, un trasplante de vesícula o un exorcismo, no lo tengo claro.
Pero desde luego me hace falta algo que me sirva para hacer borrón y cuenta nueva.
Pasé más de tres años con un monstruo. Y hace un año por fin logré escapar de esa relación horrible y más tóxica que el aire de Chernóbil a finales de los ochenta.
El tiempo que estuve con ese cafre fue espantoso, una jodida pesadilla de la que ni yo misma era consciente al principio, así de engañada y manipulada me tenía. Y la separación no fue mejor.
Él no se tomó nada bien la ruptura y durante varios meses se dedicó a hacerme la vida imposible.
Me seguía, me llamaba más de treinta veces al día, se presentaba en mi trabajo, visitaba a mi familia y a mis amigas para decirles que todo había sido un terrible malentendido y que, por favor, me hiciesen entrar en razón… Fue espantoso.
Su comportamiento fue más feo que pegarle a un padre con el calcetín sudado de un futbolista que ha jugado el partido completo y dos prórrogas.
Y lo peor es que yo no podía hacer nada al respecto.
Él era intocable porque es policía, trabaja en la Unidad de Delitos Cibernéticos, y su tío era el jefe del Departamento de Policía Municipal de Seattle.
Intenté denunciarlo en varias ocasiones y me trataron de loca a mí. ¡ A mí !
Fue un tormento. Nunca me habría imaginado que sería más difícil librarte de un hombre que del puñetero moho de las juntas de las baldosas del baño.
Gracias al cielo, cuando yo estaba a punto de morir de ansiedad, su tío fue trasladado a otro estado. Su principal escudo protector se evaporó y a ese perturbado no le quedó más remedio que dejarme en paz. Desapareció totalmente de mi vida hace unos cuatro meses.
Dejo escapar un largo suspiro. «No pienses más en eso. La pesadilla se acabó y es lo único que importa», me recuerdo.
Igual que siempre, Isabella es la primera en percatarse de que mi ánimo se está desplomando y de que yo me estoy convirtiendo en un hongo arrugado y sombrío. Se pega a mí y apoya su cabeza en mi hombro.
—No le dediques ni un solo pensamiento más —me susurra, a la vez que me frota la espalda de un modo reconfortante. De nuestro pequeño grupo, ella es el ser de luz.
—No estaba pensando en eso —miento como una condenada, porque no quiero agobiarla. Bastante mal se lo he hecho pasar a todas ellas los últimos años.
Tuvieron que observar cómo su amiga se convertía en una sombra de sí misma.
Cómo la aislaban, la encerraban en casa y la hacían sentirse peor que la mugre que se acumula debajo del frigorífico.
Soportaron con paciencia que me alejase de ellas y, aun así, luego estuvieron ahí para recoger los pedazos y ayudarme a ponerme en pie de nuevo.
«Mierda, al final me pongo a llorar. Aguanta, mujer, aguanta».
—Kaya, ¿tienes gases? —salta Jenna, mirándome con una sonrisa burlona. El horror empuja mis párpados en sentidos opuestos—. Porque tienes cara de sufrimiento… Como si tuvieses gases.
—¡No tengo gases! —afirmo ofendida.
—Jenna tiene razón —coincide Meredith, y se coloca un mechón rubio detrás de la oreja—. Parece que te estés aguantando el pedo más grande de la historia de la humanidad.
—Si quieres ir al baño, yo te vigilo la maleta —se ofrece Isa con toda su buena intención.
—¿Os queréis callar de una vez? —les siseo—. No tengo gases. No tengo que ir al baño. De hecho, lo único que tengo que hacer ahora mismo, y con urgencia , es buscarme unas amigas que no sean unas bocazas.
—No puedes buscarte a otras, nadie te iba a soportar. —Meredith se mira las uñas pintadas de negro con gesto distraído—. Igual que tampoco nos soportan a nosotras. Por eso funciona esta amistad, porque somos las cuatro unas parias e insoportables por distintas razones.
—Qué palabras más conmovedoras, Meredith. —Jenna finge que se limpia una lágrima invisible y sus rizos morenos se agitan en todas direcciones—. Nadie pronunció nunca un discurso de amistad tan precioso.
—Yo no soy insoportable —declara Isa—. No lo soy… No lo soy, ¿verdad? —Me mira preocupada.
—No lo eres. —La estrecho con un solo brazo.
Meredith nos observa. En sus ojos azules bailan toneladas de diversión.
—Isa, tú eres tan dulce que me va a dar diabetes antes de llegar a los treinta. Jenna es una descerebrada —la aludida se encoge de hombros en una afirmación resignada— y Kaya es una hipocondríaca y podría acompañar a Blancanieves como la enanita gruñona.
Mi boca se abre para protestar porque yo no soy gruñona…
O no lo era. Igual sí que se me ha agriado un poco el carácter después de mi maravillosa relación sentimental.
De lo de hipocondríaca no puedo decir nada porque en el tiempo que llevamos en el aeropuerto ya he gastado dos botes enteros de desinfectante de manos.
Al final, me quedo calladita. Nunca ha sido buena idea llevarle la contraria a la rubia loca.
—¿Y qué hay de ti? —le interroga Jenna a Meredith.
—Yo soy una bruja de cuidado y lo peor es que me encanta serlo. Así que, sí, nos queremos entre nosotras porque nadie más nos quiere.
—Pues a mí me basta con que me queráis vosotras —asegura Jenna.
—Cuando nos jubilemos, si seguimos solteras, podemos irnos a vivir todas juntas a una casita al bosque —sugiere Isa, y sus ojos verdes, tan claros que parecen casi azules, brillan con ilusión.
—¿Cuatro viejas en el bosque? —Arqueo una ceja—. Nos van a tomar por un aquelarre y seguro que vienen los aldeanos a prenderle fuego a la casa con nosotras dentro.
Todas se ríen a carcajadas.
—Tú siempre tan positiva, Kaya —bromea Jenna.
Nuestra breve charla se ve interrumpida cuando llega nuestro turno de pasar por el control de seguridad.
Por supuesto, porque no podía ser de otra manera, soy la única a la que le retienen la maleta y me hacen vaciarla entera en el mugriento suelo porque el buen señor del escáner ha confundido mis tapones de los oídos con bolas de estupefacientes. Todo muy normal.
Y lo peor es que ahora tengo que tirarlos a la basura porque otro buen señor los ha revisado, sobado y espachurrado con unos guantes que a saber por dónde los había pasado antes.
Lo mismo hasta se había rascado la nariz…
o el culo. «Joder, ¡qué asco!». Y me niego a meterme en las orejas todos esos gérmenes ajenos. No, gracias.
Una vez solventado el incidente de mis tapones y tras perdernos un par de veces por el aeropuerto de Seattle-Tacoma, localizamos nuestra puerta de embarque y nos dedicamos a seguir cacareando e insultándonos desde el más profundo amor, hasta que llega el momento de subirse a la lata de anchoas con alas.
Este es nuestro sexto día en Japón. Después de visitar Hokkaido y Tokio, ahora estamos alojadas en un precioso hotel de Nara y desde ahí nos movemos por la zona en tren para hacer excursiones.
Ayer pasamos el día en Kioto y hoy es el turno del Monte Kurama donde hay un templo muy famoso, el Kurama-dera.
Ahí es donde las chicas pretenden que yo purifique mi espíritu, ya que ese es el lugar donde nació el Reiki y el uso de la energía con fines curativos.
Al menos es lo que afirma Jenna, ella es la que cree en todo eso.
Francamente, me importa una leche frita si lo de la energía mística sanadora es verdad o no. En estos momentos, me conformo con no despeñarme monte abajo.
Una vez que alcanzamos nuestro destino, debo admitir que ha valido la pena arriesgar mi vida trepando con mis manos desnudas por esta montaña («mentira cochina, hay caminos y escaleras, pero tampoco me gusta escatimar en dramatismo»).
Las vistas son espectaculares. Las llamas del otoño han despertado antes de tiempo este año y van devorando poco a poco el verdor estival. Y el aire tiene una ligera fragancia a naturaleza e incienso que resulta agradable y tranquilizadora.
Paseamos por la plaza principal del recinto, visitamos las estatuas de los siete tigres que representan a los siete dioses de la fortuna y el santuario dedicado a un monje guerrero, las chicas incluso se detienen a rezar, y hacemos una ruta por la montaña donde dicen que habitan demonios mitad hombres, mitad pájaros, los tengus.
Es un día largo, a pesar de eso, cuando nos marchamos sí me siento algo más serena de lo que me he sentido desde hace…
Bueno, ya ni lo recuerdo. O al menos todo lo serena que me puedo sentir yo, considerando que mi cabeza es como un vertedero en llamas sobre el que han vaciado un océano de gasolina.
Tras bajarnos del tren y antes de ir al hotel, paramos a cenar en un pequeño restaurante tradicional, un Izakaya.