4 ¿Pero qué he hecho? ¡Por Dios! #2
Rocé su espalda y pegué mi pecho a él mientras a la mente me venían flases vergonzosos, crueles, sucesos que me destrozaban el alma.
A mí en la cama del hostal con el miembro de Roberto en mi boca haciéndole una mamada, tragándome su verga con devoción, lamiendo sus huevos sin pensar en ningún momento en el hombre que me había dado todo durante seis años de relación.
Si antes tenía dudas, ahora todo estaba meridianamente claro, ninguno de los muchachos de la despedida me había forzado, lo hice todo por voluntad propia, había sido yo quien voluntariamente me había entregado a una orgía de sexo y desenfreno de la que ahora me arrepentía y avergonzaba pero cuando ya no había remedio.
Tumbada en la cama, junto a mi querido y amado novio, recordaba como Carlos me había follado nada más llegar a la habitación del hostal.
Había llegado tan caliente del taxi que le había dejado que me penetrara sin oposición, es más, fui yo quien arrojé la braga a un rincón del cuarto y me subí la falda pidiéndole a gritos que me follara.
Él por supuesto no lo dudó, me puso a cuatro patas sobre la cama y me la metió sin dudarlo, clavándome la verga en el coño ante la mirada excitada de su queridísimo amigo Roberto.
Después de follarme durante un rato, noté que unas manos ajenas se apropiaban de mis tetas amasándolas con saña, apretándolas, retorciéndome los pezones con todas sus ganas hasta llegar a hacerme daño.
Sé que miré hacia abajo y comprobé que era Roberto quien lo hacía con mirada lujuriosa.
En ese momento no me acordé de mi novio ni tampoco de la boda que íbamos a celebrar muy pronto y que había sido el principal motivo de la cena de este desafortunado sábado.
Queríamos ultimar detalles y yo me había preparado para Mariano, me había comprado una braguita muy sexy y me había vestido de forma provocativa para calentarlo y que me follase al volver a casa.
Y sin embargo, había terminado en una habitación desconocida, a cuatro patas sobre la cama y con un extraño follándome como si fuera una fulana.
Debería haber parado esa locura, haberme marchado a mi casa y pedir a mi novio que me perdonara por mi mala cabeza, pero en vez de eso, dejé que otro hombre más me poseyera, después de correrse Carlos, fue Roberto quien me empujó sobre la cama y me la metió por el culo.
A pesar de mis lapsus mentales, aún podía recordar como pasó la lengua por mi esfínter y dilató mi ano con los dedos, después apoyó el capullo a la entrada de ese hasta ahora mi virginal agujero y fue empujando poco a poco hasta abrirlo por completo.
Sé que le pedí que lo hiciese con cuidado, que no lo había hecho nunca y que tenía miedo, pero en ningún momento me negué, en ningún momento pedí que parara, no le dije que se lo había negado a mi novio un montón de veces con la excusa de que me hacía daño.
Fue ese chulito andaluz quien desvirgó mi culo por primera vez. Seguro que hoy presumiría de ello.
“He roto el culo a una madrileña” Diría con toda seguridad a sus amigos al regresar a casa.
Sentí un fuerte dolor en el pecho al darme cuenta que había entregado a otro ese preciado tesoro que había negado varias veces a mi querido novio.
Las lágrimas afloraron de nuevo en mis ojos y no pude evitar llorar en silencio para que Mariano no lo advirtiera.
Mi sentimiento de culpa era tan grande que no me creía digna de él, tenía que confesarlo todo, si me perdonaba nos casaríamos, si no, prefería no pensarlo, mi vida sin Mariano sería estar muerta en vida.
Después llegaron los otros, los dos amigos que vinieron en otro taxi distinto al nuestro, me vino a la memoria la imagen de Roberto empotrándome por detrás y uno de ellos colocando su polla en mi boca para que se la chupara.
Con Mariano el sexo era bonito, agradable, unas veces amoroso y otras, muy pocas, un poco más movido, pero siempre con respeto, con la educación que debe existir dentro de la pareja.
Pero en esa cama las cosas fueron muy distintas, mis recuerdos eran borrosos pero las imágenes me llegaban poco a poco.
Roberto enculándome como un salvaje, rebotando contra mis nalgas y dándome un azotazo tras otro, y yo chupando la verga de su amigo, como si ese fuera mi destino, como si estuviera hecha para el sexo, para dar placer a los hombres mientras me llamaban puta y me tiraban del pelo con fuerza.
- Vamos, pedazo de puta, chúpamela mientras de dan por el culo. – había chillado el desgraciado al que se la estaba chupando mientras Roberto me la metía como un salvaje por el culo –
- Ummmm…. Siiiii….siiii… te la chupo… Ummm… te la chupo. – respondí yo como una cualquiera -
Joder, estaba tumbada en la cama y tuve que apretar las piernas frotándome la una contra la otra, lo que había hecho me daba vergüenza pero al mismo tiempo me excitaba, sentía un enorme sofoco y notaba que en mis braguitas blancas se mojaba la tela.
Me separé un poco de mi novio y metí los dedos dentro, acaricié mi vulva despacio y deslicé un dedo por mi rajita abriéndola lo justo para notar que estaba húmeda y que los flujos salían a chorro deslizándose poco a poco en dirección a las sábanas de nuestra cama de matrimonio.
La culpa me mataba pero la excitación podía con ella, me toqué muy despacio para que mi chico no lo notara, muy a mi pesar necesitaba correrme, deseaba sentir ese placer morboso por última vez en mi vida.
Después, esto solo sería un mal recuerdo, nunca más pensaría en ello, sería como nunca hubiese ocurrido.