4 ¿Pero qué he hecho? ¡Por Dios!
Oí sus palabras vejatorias pero no le di importancia, seguía con la polla en la boca y la mamaba con todas mis ganas para que Roberto se corriera.
Me la saqué y la di dos buenos meneos golpeando el capullo contra mi lengua.
- Córrete, cabrón, córrete. – rogué mirándole provocativamente –
Roberto me retó manteniéndome la mirada, se notaba que era el típico señorito andaluz acostumbrado a salirse siempre con la suya.
Me miró con desprecio y apartó mi mano para ser él mismo quien se sacudiera la polla.
- Vamos, vamooos. – chilló meneándosela muy rápido –
Apuntó el capullo a mi cara y lanzó un lefazo que cruzó mi mejilla de lado a lado.
- Toma… zorra… Tomaaaa. – chilló sacudiéndosela con la mano frente a mis ojos –
Vi como del glande salía un chorro que embadurnaba mi nariz y mi boca cubriéndola de blanco en escasos segundos.
El taxista había parado y se había girado para mirar esa imagen tan guarra y tan obscena, parecía obnubilado y se tocaba la verga por encima del pantalón que llevaba puesto, sin perder detalle de cómo me corría yo primero y de cómo el muchacho salpicaba mi cara con su cremoso elemento.
- Sigueee…Sigue conduciendo. – rogué tapándome la cara avergonzada -
El conductor arrancó de nuevo y condujo sin dejar de mirarme por el espejo.
Por un momento me había parecido que había grabado con el móvil cuando chupaba la polla y me corría en el asiento de su coche, pero había estado tan abstraída mamando la polla de Roberto y corriéndome con la paja que me había hecho Carlos con los dedos, que no estaba totalmente segura de que eso fuera cierto.
Esperaba que no, no deseaba que ese vídeo apareciese por causalidad en alguna página porno o llegase por whatsapp al teléfono de algún amigo o familiar que me conociera.
Eso sería un auténtico desastre que me arruinaría la vida por completo, eso es algo que la gente nunca olvida y que te persigue por el resto de los tiempos.
Por fin llegamos al hostal y ya no recuerdo ni como subí con ellos, solo sé que llegamos a una habitación donde había cuatro camas muy mal puestas y un pequeñísimo aseo.
A partir de ahí no soy capaz de recordar lo que ocurrió, creo que el cansancio me pasó factura, llevaba horas bebiendo y bailando y mi cuerpo no aguantaba tanta juerga, solo sé que entré en la habitación, fui al baño a hacer pis y después me tumbé en la cama con la ropa puesta.
A las siete de la mañana me desperté desorientada, intenté buscar la lámpara de la mesilla pero no daba con ella. Cuando mis ojos se acostumbraron a la tenue luz que entraba por la ventana, vi que no estaba en mi casa como yo pensaba, me encontraba en una habitación totalmente desconocida.
Me incorporé un poco en la cama y vi que estaba desnuda, y que a mi lado, desnudo como yo, se encontraba Carlos, el novio de la despedida de soltero.
Sentí un sobresalto y el corazón se salía de mi pecho.
No puede ser, pensé llevándome las manos a la cara. ¿Por qué estaba allí? ¿Cómo había acabado en la cama desnuda junto a él?
Miré a mi alrededor y vi que había otras tres camas en las que yacían cada uno de sus amigos, todos ellos sin ropa, todos como Dios los trajo al mundo.
Busqué mis braguitas por todas partes pero no las encontraba, no había forma de dar con ellas, me levanté de la cama y caminé medio a oscuras, buscando mi faldita y mi blusa para ponérmelas y salir de allí a toda prisa.
Entonces pisé algo viscoso y me agaché para comprobar que es lo que había manchado mi pie desnudo.
- NOOO. – chillé sobresaltada – No, no puede ser, no puede ser.
Había pisado un condón del que escurría el semen que había manchado mi pie y ahora machaba mis dedos mostrándome algo que no quería.
Ese condón solo podía haber sido usado conmigo.
Tapé mi cara con las manos y lloré a lágrima viva.
Pero entonces comprobé que no era solo uno, había cuatro condones más, todos ellos usados y con la lefa manchando el suelo, mostrándome a todas luces mi traición, la infidelidad, los cuernos que había puesto al pobre de mi novio.
Vi la faldita tirada entre dos camas y me incliné para cogerla, pero una mano sujetó la mía intentando meterme en su cama.
- Ven aquí, zorrita madrileña, que ayer solo te follé una vez y quiero repetir ahora. – exclamó tirando con fuerza hacia él -
Di un manotazo al chaval y me solté a toda prisa, recogí la blusa también y salí de aquella habitación tan rápido como pude.
Caminando por el pasillo del hostal fui colocándome la falda y la blusa intentando recordar lo sucedido.
Solo tenía un flash, algo que me hundió en la miseria, recordaba verme en la cama con Carlos entre mis piernas, embistiéndome como un animal mientras Roberto me tocaba las tetas.
- Soy una puta, soy una puta que he engañado a mi novio. – susurré en voz alta por el pasillo del aquel puto hostal de mierda -
No podía creer que hubiese llegado a cometer semejante aberración, yo era una chica formal, tranquila, amaba a mi novio por encima de todo y me quedaban tan solo unos meses para mi casamiento.
- Noooo, nooooo. – repetí llorando amargamente –
Al bajar en el ascensor me miré en el espejo y lo que vi reflejado me dejó boquiabierta.
Esa no podía ser yo, era una imagen para la vergüenza, el rímel corrido, mi cara y mi pelo con semen seco escurriendo y mi blusa rasgada y con manchas amarillas que cualquiera que las viese sabría a qué pertenecían.
¿Qué iba a decir a Mariano? ¿Cómo podía justificar semejante locura?
Tenía que entrar en casa sin que mi novio se diera cuenta, darme una ducha deprisa y meterme en la cama antes de que se despertara y viese la zorra que iba a tener por esposa.
Caminé por la calle como un zombi sin saber cómo afrontar este problema, no lo había hecho queriendo, solo había sucedido, la culpa era en parte de él por haberme dejado sola con los chicos de la despedida, si hubiese permanecido a mi lado, esto nunca hubiera sucedido.
- ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no viniste a buscarme al pub cuando te lo pedí? – murmuré caminando por la calle para justificar el comportamiento que había tenido -
Solo cabía una posibilidad, entrar en casa sin que Mariano me viera y después intentar culpabilizarle de alguna forma para que no se enfadara conmigo.
Si, ese era definitivamente mi plan, echar la culpa a mi novio, decirle que era mala persona por dejarme tirada en la calle y no venir después a buscarme como le había pedido.
Llegué a mi casa y abrí la puerta despacio, la cerré sin hacer ruido y caminé hasta el baño de puntillas donde me encerré deprisa por dentro.
Me metí corriendo en la ducha y entonces me di cuenta de algo en lo que no me había fijado hasta ahora, toqué mi vulva y noté que estaba roja e hinchada, abrí los labios vaginales y de ellos salieron gotitas de líquido blanco que hicieron que me diese un mareo y tuviese que apoyarme en el cristal para no caerme de golpe.
Alguno de los chicos se había corrido dentro, alguno de esos desalmados me había follado a pelo.
- Nooo, noooo. – gemí llorando de nuevo -
Ni siquiera con mi novio lo hacía sin condón, solo lo había hecho esta tarde y había sido por el calentón.
Con Mariano siempre usábamos preservativos porque la píldora me sentaba mal y tuve que dejarla desde el principio.
Joder, tenía que limpiarme cuanto antes, sacar toda esa mierda blanca que escurría de mi vagina.
Froté con la esponja mi sexo, metí prácticamente el grifo dentro y saqué todo el semen del cabrón que me había follado sin protección de ningún tipo.
Después noté que el ano me escocía y pasé los dedos por el esfínter para comprobar que no fuera cierto lo que temía.
Me asustaba tanto, que aun no siendo creyente, recé por primera vez en mi vida.
- No por favor, señor. – rogué con un ligero susurró -
Pero noté dolor en el ano y vi unas gotitas blancas que manchaban mis dedos y salían de dentro.
Sentí asco y rabia de mi misma, había entregado a esos desconocidos algo que había negado a mi novio en seis años de relación, cada vez que Mariano me lo pedía, siempre decía que no porque me daba miedo hacerlo.
Y ahora habían sido otros, a saber cuántos y quiénes de esos cuatro cabrones me habían follado por el culo durante esta maldita noche en que se me había ido la cabeza por primera vez en mi vida.
Acabé de limpiarme, fui a la habitación matrimonial y vi a Mariano tumbado a lo largo dormido.
Lloré otra vez nada más verlo, él era mi amor, mi refugio, el hombre de mi vida, me metí en la cama despacio para no despertarle pero él dijo en tono frío.
- Es muy tarde, descansa.
- Te amo, mi amor, te quiero más que a mi vida. – respondí intentado abrazarle –
Pero Mariano ni siquiera se giró para darme un beso como hacía todas las noches.
- Duerme un poco, Malena. – dijo en tono seco - Descansa y mañana hablamos de lo sucedido.
- Como tú quieras, amor, ya sabes que te quiero muchísimo. – dije pegando mi pecho a su espalda haciendo la cucharita -
Hoy era cuando más le necesitaba, hoy deseaba que me abrazara con fuerza para calmar todo el dolor que sentía, me había comportado como una perra, me había dejado por follar por cuatro desconocidos y lo habían hecho corriéndose en mi coño y en mi culo sin protección alguna.
¿Me habrían pegado alguna enfermedad sexual?
Esos jóvenes locos follan con cualquiera y pueden contagiar las ETS sin importarles una mierda.
Sentí mucho miedo, si pillase algo podía pegárselo a mi novio. ¿Cómo esconderlo si eso ocurriera?
Me acojoné muchísimo y rogué a Dios para que eso no sucediera, me prometí a mi misma que no volvería a acostarme con nadie que no fuera Mariano en toda mi puñetera vida.
Cerré los ojos para relajarme, pero por mucho que lo intenté, fue imposible conciliar el sueño, a cada momento me venían flases de todo lo sucedido, de lo que había ocurrido en esa maldita habitación del hostal donde se alojaban los chicos de la despedida de soltero.
Estaba tumbada en la cama junto a Mariano, el hombre al que amaba, el único amor de mi vida, y de repente me venía imágenes de mi traición, de cómo había cambiado la seguridad, el amor, el futuro, por unos momentos de placer que realmente no necesitaba.