La Maldición del Escarabajo Azul Capítulo Treinta y Seis #2
97%

Capítulo Treinta y Seis #2

—Fueron ellos mismos quienes sugirieron la Momia como tapadera, con sus tontas burlas y fanfarronadas. Llevaba algún tiempo esperando una inspiración, y ella apareció.

—El caso de Scrymgeour fue un juego de niños.

Verá, los conocía a todos tan bien. Conocía sus hábitos.

Le hice una visita una tarde en la que podía estar seguro de que su sirviente no estaba.

Le dije a Scrymgeour que había notado un pequeño rasguño en esa ridícula pintura que tanto apreciaba y, cuando se subió a la escalera de tijera, tiré de él hacia atrás de un sacudón.

—Era sabido entre los amigos de D’Aurelle que tenía una marcada tendencia a los problemas de corazón.

Yo estaba en Dene Court, donde entrábamos y salíamos con mucha naturalidad.

Mi equipaje fue temprano a la estación una mañana y se suponía que yo lo seguiría a pie.

Me encontré con D’Aurelle a propósito y acepté mostrarle un ataque con los guantes del que habíamos hablado.

Lo golpeé sobre el corazón y se desplomó.

Estaba preparado para que me descubrieran y para alegar un accidente.

Podría haber hecho la cosa delante de una docena de testigos sin riesgo de que me descubrieran.

Pero nadie lo vio ni se enteró, así que me marché tranquilamente, y nunca se preguntó qué tren cogí.

—En el caso de Perceval, usted me ayudó. Por eso, supongo que debería irse sin dolor. Sí que me siento bastante mal por el muchacho. Les tenía mucho cariño a él y a Maxwell. En su día. Y, después de todo, no quiero ser brutal y me atrevo a decir que usted ha actuado según su leal saber y entender.

Me sentí cada vez más extraño mientras lo escuchaba, como si entrara y saliera de mi cuerpo.

Podía ver a Maundeville y podía verme a mí mismo, desplomado contra las almohadas, observándolo bajo los párpados pesados.

Sabía que corría un grave peligro y, sin embargo, era muy difícil… que me importara.

—Hasta ahora yo había repartido las cartas —y que conste que fue idea de otro—, así que, por supuesto, la Sacerdotisa fue donde yo consideré oportuno.

Pero la noche en que usted vino, pensé que sería prudente dejar que las cartas cayeran donde quisieran.

Después de todo, era solo una cuestión de cuándo, no de si les llegaría la hora a todos ellos.

—A Perceval le tocó la Sacerdotisa, y una sobredosis de estramonio… según usted. Recordará a cierto malayo. ¿No?

Aquello me despertó un poco y debió de notarlo, pues se inclinó hacia delante para estudiarme.

—Hum. Me encargué de repartir de nuevo yo mismo en la siguiente reunión, y este es el resultado —suspiró y negó con la cabeza como compadeciéndose de mi situación—.

En todos los casos he conseguido adaptar mis medios al individuo.

Usted, mi querido Armiston, en su nuevo papel de amante ardiente, deseaba renovar su juventud, y se dejó engañar por la esperanza de conseguirlo.

No insultaré su inteligencia nombrando el fármaco que paraliza las terminaciones de los nervios motores y lo postra donde se encuentra, con todo su más bien escaso ingenio aún intacto.

Lo mantiene quieto mientras satisfago su infernal curiosidad, y dentro de poco una dosis más fuerte de su propia jeringuilla hipodérmica le dará el pasaporte.

—Sus amigos ya saben que está experimentando con un nuevo elixir de la vida, y para todos será evidente que ha llevado sus experimentos demasiado lejos. Yo mismo me veré obligado a admitir que pensé que estaba exagerando y que se lo advertí.

Fumó en silencio durante un rato. —Tendré que asegurarme de Maxwell.

No me fío del todo de usted en ese asunto, Armiston.

Le confieso con franqueza que ni siquiera ahora logro entender cómo consiguió usted su favor estando él de por medio.

Conozco los pensamientos e ideales de la dama maravillosamente bien.

La he estudiado como no he estudiado ninguna otra cosa. Él era el hombre al que más temía.

Rió con rapidez. El sonido me puso los pelos de punta.

—No —dijo—. Nunca le temí . Nunca he temido ni a hombre ni a diablo. Pero era el que más contaba en mis cálculos. Bueno, parece que me equivoqué.

Se quedó quieto de nuevo, abrazándose una rodilla y, al parecer, olvidando su cometido.

—Sin mujeres —dijo—, el mundo sería un lugar agradable y amistoso.

Humildemente, creo que el plan de la Creación es susceptible de severas críticas.

Pero puede que usted esté en mejores condiciones que yo para juzgarlo dentro de poco, y, mientras tanto, debo tomarlo tal como es…

con sus compensaciones. Cada uno de ustedes que elimino es una distracción menos para ella y un obstáculo menos para mí.

¿Cómo era posible que ninguno de nosotros se hubiera dado cuenta de que estaba completamente loco?

¿Cómo habíamos confundido la locura con una encantadora excentricidad?

Maundeville siguió divagando, cantando las alabanzas de la señorita Hennessey, que mezclaba con referencias a sus recientes experimentos, afirmaciones sobre su certeza de una vida prolongada y activa, y planes para futuros asesinatos.

—El tema es inagotable —dijo de repente—.

No hay tiempo para más. Si es usted tan altruista como pretende, quedará satisfecho, mi querido Armiston, de que la futura felicidad de ella esté asegurada.

Eso es lo principal. Por otro lado, si su amor es puro egoísmo, está sufriendo las torturas de los condenados… y se las merece todas.

—Ahora, usaré su propia hipodérmica y pondré fin a esto. Cuento con encontrarme con ella en la Embajada de Francia esta noche.

Se levantó, fue a la repisa de la chimenea y encontró mi estuche de hipodérmicas, felicitándome de pasada por su impecable estado mientras llenaba la jeringuilla ante mis ojos con la solución pura de su preparado.

—No hace falta que la esterilicemos, creo yo —añadió, sonriendo—. Esto será unas cuarenta veces la dosis normal. A pesar de mi anterior arrebato, no deseo causarle ningún dolor físico. Actuará al instante.

Volvió al lado de mi cama, acercó el sillón y se sentó.

—Es usted un hombre escrupulosamente honorable, mi buen Armiston —dijo—, y tengo una fe implícita en su palabra.

Prométame, cerrando los ojos, que no hará ningún ruido —lo que podría ser arriesgado, aunque no lo creo— y le quitaré la mordaza por si hay algo que desee decir antes de partir hacia lo Desconocido.

Cerré los ojos y, sin más condiciones, me quitó la mordaza.

—En pocas palabras —dijo—, ¿puedo hacer algo por usted después? Deme sus instrucciones y las cumpliré, siempre que pueda hacerlo sin arriesgar mis propios planes.

Para entonces ya comprendía lo mal que había calculado.

La única trampa que había tendido era para mí mismo, y probablemente había destruido a Maxwell también.

Bird y Seymour habían pasado por alto de algún modo la entrada de Maundeville y se quedarían esperando y vigilando hasta que fuera demasiado tarde.

De hecho, ya era demasiado tarde, pues mi mente drogada estaba demasiado confusa para ver ninguna salida.

Al final, simplemente susurré una o dos palabras sobre Bird.

Maundeville asintió. —Me aseguraré de que se cumplan sus deseos. Y ahora, adiós.

Se inclinó sobre la cama, cogió un pliegue de piel de mi antebrazo con los dedos pulgar e índice de la mano izquierda y estaba a punto de introducir la aguja, cuando esta salió disparada de su mano.

El rostro furioso de Maxwell apareció por encima de su hombro, y el brazo de Maxwell se cerró alrededor de su cuello.

En el mismo instante hice un esfuerzo desesperado y me lancé hacia delante. Caímos todos juntos en una violenta lucha.

A pesar del asombro que convulsionó el rostro de Maundeville, fue característico del hombre el no pronunciar ni un sonido.

Dos veces nos quitó a ambos de encima, y yo me hice una cicatriz en el antebrazo que llevaré a la tumba.

Aunque la primera inyección había sido mucho más débil de lo que Maundeville había previsto, fue lo bastante fuerte como para que yo fuera de poca ayuda para Maxwell.

Y Maxwell, por desgracia, aún estaba convaleciente.

La segunda vez que Maundeville se liberó, se lanzó hacia la ventana. Maxwell fue tras él en un instante, pero Maundeville abrió el marco y saltó fuera.

Maxwell se apoyó en el alféizar, jadeando y maldiciendo en voz baja. Cuando pudo levantarse, cojeó de vuelta hacia mí y se dejó caer pesadamente de rodillas.

—Dios mío, Quentin. ¿Estás bien? ¿He llegado demasiado tarde…?

Lo alcancé con unos brazos que seguían alarmantemente pesados, y él me estrechó entre los suyos. Nos abrazamos con fuerza y dijimos entonces cosas que no estaban destinadas a oídos que no fueran los nuestros.