La Maldición del Escarabajo Azul Capítulo Treinta y Seis
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Capítulo Treinta y Seis

EL ASESINO LO EXPLICA TODO

A brí la boca, pero volví a cerrarla cuando Maundeville entró tranquilamente en mi dormitorio.

Parecía tan normal —sonriente y bien arreglado, con un traje de noche impecable— que me sentí un poco tonto por mi anterior alarma. Después de todo, era yo quien había tendido la trampa, aunque me sintiera un poco como una cabra atada a la espera de un tigre.

—¡Vaya! ¿Tan mal está? —preguntó Maundeville con compasión, acercándose a la cama—. Esperaba encontrarlo ya recuperado.

—La mano derecha todavía la tengo un poco entumecida —dije, sin coger la suya—. Pensé que descansar una noche me sentaría bien. Pero ¿cómo ha entrado? Le advertí de que Bird no estaría.

—Así es, así es —convino él, acercando una silla a la cama—. Pero no se puede descuidar a los amigos enfermos por nimiedades como las llaves. He consultado la situación con el agente que hay ahora en la esquina... Un amigo suyo, me parece. ¡Qué hombre más prudente, a buenas con la policía!

—No podía dejarle pasar.

—No, eso dijo. Así que le aseguré que no importaba y que podía esperar a mañana para visitarlo. Después de separarnos, me acordé de la ventana de su escalera y superé sus defensas escalando desde las caballerizas.

Se detuvo de nuevo y rió en voz baja. —No me ha visto ni un alma —dijo—. De lo contrario, podría haber tenido que sacarme de la cárcel bajo fianza. Ahora, cuéntemelo todo. El pulso de un médico suele ser bastante malo, y en su carta también se notaba el temblor.

Volví a hablarle del entumecimiento, que, según dije, estaba remitiendo. —Será mejor que deje las inyecciones unos días —dije— y luego quizá continúe con dosis más pequeñas.

Se lo pensó, meciéndose adelante y atrás y, finalmente, echó un vistazo a su reloj.

—No, creo que no —dijo al fin—. Tengo que ir a la Embajada de Francia esta noche —y, justo cuando hablaba, inclinándose un poco hacia delante, vislumbré la cruz y la cinta en su pecho—.

Pero, como tiene mal pulso, le pondré yo mismo una pequeña dosis.

Tuve la misma experiencia hace unos días, pero con medias dosis la cosa desapareció.

Me quedé quieto un momento y me recordé a mí mismo que había aceptado un trabajo.

—Haga lo que crea conveniente —dije—. Verá mi estuche de hipodérmicas y el elixir mismo ahí, en la repisa de la chimenea.

—¡De acuerdo! —asintió Maundeville, levantándose y cruzando la habitación—. ¿Puedo cerrar esta ventana hasta que me vaya? Encuentro la habitación bastante fría. ¡Ah! ¡Ahí está nuestro amigo el agente, dándonos la espalda con semblante impasible!

Subió la ventana con cuidado y se giró hacia la repisa de la chimenea. Podía oírlo trajinar a mi espalda con las cosas, pero estaba en un ángulo que me resultaba incómodo.

—Una pequeña dosis —dijo— bastará para notar la diferencia.

Intenté girar la cabeza de nuevo. En su lugar, sentí el quemazón repentino de una aguja hincándose bajo la piel de mi nuca.

Creía que estaba preparado para cualquier cosa, pero aquello me hizo gritar.

—Se encontrará perfectamente dentro de un rato —dijo Maundeville con alegría en respuesta a mi queja—. Y todavía me queda media hora. Media hora pasa volando en su compañía, mi querido Armiston. —Para mi asombro, volvió a su silla y se sentó.

Sin embargo, apenas había vuelto a hablar cuando empecé a tener cada vez más dificultades para respirar. Toda mi fuerza muscular parecía desvanecerse como si me estuvieran desangrando.

A pesar de mi determinación de no dejarme llevar por el pánico, estaba muy nervioso. Me había tomado por sorpresa al usar la aguja mucho antes de lo que yo había previsto.

Para entonces me estaba ahogando y me medio incorporé. —¿Q-qué… ha… hecho? —dije con un hilo de voz.

Me empujó hacia atrás como si fuera un niño y, en un instante, me amordazó con una toalla.

—Una precaución superflua, creo —dijo—. El aislamiento acústico de estas habitaciones es excelente.

¡Y ahora, mi querido zopenco! Un pequeño aumento de su dosis ha vuelto sus extremidades tan de madera como siempre lo ha sido su cabeza.

Será un oyente admirable, pues no puede contradecirme ni levantarse para marcharse.

No, no. Deje de mirarme con los ojos desorbitados. Todavía no va a morir.

Se sentó frente a mí, en mi propio sillón, sujetándose la rodilla con las manos entrelazadas y una pierna descansando elegantemente sobre la otra.

—Desafío a cualquiera a decir que mis métodos para lograr mi objetivo no son, en general, de lo más humanos —dijo amablemente—. ¿Y por qué no? No he tenido más animadversión hacia aquellos a los que he eliminado de la que tengo hacia este escabel, que me estorba un poco.

Apartó suavemente el escabel con la punta de su pequeño zapato de charol.

— Usted , Armiston, se encuentra en una posición bastante diferente, y no puedo fingir que lo olvido.

Los otros hombres eran viejos conocidos.

Queridos amigos, de hecho. Usted es un extraño.

Usted se ha metido donde no le importaba en lo más mínimo.

—Enarcó las cejas—. ¡Oh! ¿Quiere contradecir eso?

Mi querido amigo, la gente entrometida siempre tiene una excusa para interferir.

No vale la pena quitarle la mordaza solo para oír argumentos que estoy seguro de que ya conozco y que no satisfacen en lo más mínimo mi facultad lógica.

Pero me estoy desviando del tema. Este piso es tan tranquilo, gracias a mí, y su sillón es tan cómodo.

No le importará que fume, ¿verdad? —Sacó su cigarrera, pero se detuvo a pensar.

—Podría olvidarme luego, ¿no es cierto? —dijo—. No sería bueno dejar atrás la colilla de mi propio puro, ¿verdad? Estoy seguro de que no le importará que coja uno de sus farias.

Se marchó y regresó, sonriendo levemente, con uno en la mano. Y en la otra, sostenía el guardapelo con la miniatura de la señorita Hennessey.

—Ya no los necesitará más, ¿sabe? —dijo—. Nunca le he negado un cigarro cuando honraba mi humilde morada, y ya le he dejado conservar esta propiedad mía durante demasiado tiempo. Ahora, continuemos. Es tan agradable no tener que darse prisa. ¿Por dónde iba?

Tras encender uno de los farias de Maxwell y guardarse la miniatura en el bolsillo, se recostó en la silla y lanzó una o dos anillas de humo que se arremolinaron por la habitación.

—Aquí no hay corrientes —dijo en tono meditabundo—. Eso siempre es un alivio. Odio las corrientes, ¿usted no? Ah, ¡lo olvidaba! Bueno, estoy seguro de que sí. Y ahora, mi explicación, que sé que apreciará.

Fumó unos instantes en silencio y luego dijo con una voz completamente distinta, que no se parecía en nada a su habitual tono melifluo:

—Se metió a la fuerza en un pequeño círculo de amigos que no lo querían. Nos reíamos de usted a sus espaldas. ¡ Usted , miembro de la Sociedad de Osiris! La idea es absurda.

Mientras hablaba, fue entrando gradualmente en un estado de fría cólera. Nunca lo había visto enfadado en lo más mínimo hasta entonces, y me fascinaba. Se encorvó en la silla, aferrándose a los brazos y con la apariencia de estar conteniéndose para no acercarse a mí.

—Por Dios —dijo en voz baja—, he tenido paciencia. He tenido una paciencia milagrosa. —Se quedó murmurando para sí de forma inaudible, con los ojos fijos en los míos y las pupilas contraídas hasta ser del tamaño de la punta de un alfiler, durante unos segundos antes de continuar.

—Pero su verdadero pecado, el pecado imperdonable, es que aspiró a la luna —dijo de repente—.

No basta con borrarlo del mapa como al resto, pues ella se rebajó al elevarlo a usted por encima de ellos.

¡Qué ridículo e insufrible es todo esto!

La ha degradado a mis ojos y me ha hecho sentir como un tonto, un tonto embaucado.

Se quedó en silencio de nuevo durante un minuto más o menos, y en la habitación había tal quietud que podía oír el tictac de mi propio reloj bajo la almohada.

Observándolo como lo hice todo el tiempo, tumbado bajo su mirada, me di cuenta de todo. Vi que la mano que se llevó a la boca temblaba de ira, y vi también que, cuando apartó el farias, la punta estaba desecha a mordiscos.

—Bueno, ¿cuál es su castigo? —prosiguió—.

Va a morir, por supuesto, pero eso es un mero detalle.

Ya que se ha entrometido en el asunto de la Momia, escuchará cómo se han reído de usted y de los demás.

—Se detuvo y miró su reloj—. Tiempo de sobra.

Ya que se cree favorecido por la señorita Hennessey, escuchará cuál será el futuro de ella y a quién favorecerá después de que usted se haya ido y haya sido olvidado… así.

Lanzó otra anilla de humo, que avanzó girando sobre sí misma, y la observó hasta que se rompió y desapareció. Me sonrió.

—Si le parece un monólogo excesivo, mi querido Armiston, le ruego que recuerde que cuando termine, añadiré el «Fin» a su propia historia. Puede que así parezca menos largo.

Pensó un momento.

—Hace mucho tiempo calculé el coste. Había una veintena de hombres —muchachos, en realidad— merodeando a su alrededor, pero la mayoría de ellos no tenían la más mínima posibilidad, y los he dejado en paz…

un caso de supervivencia del menos apto, mi querido Armiston.

Había justo media docena que, por diferentes razones, parecían peligrosos y, por lo tanto, era más seguro eliminarlos.

Ahora solo quedan dos, aparte de usted… Maxwell parece que ha puesto fin a su vida, y ellos se irán de diversas maneras ingeniosas, si resultara necesario.

Hizo una nueva pausa y reflexionó.

—No fui hostil —dijo, muy serio—. Fui meramente lógico.

Se interponían en mi camino… los aparté de él con la mayor delicadeza posible.

Lo de Perceval… lo lamento. Quizá incluso lo sospechó al final.

No estoy seguro de ese garabato suyo. Pero, en cualquier caso, para entonces apenas estaría consciente y su destino le habría sido indiferente.

En este punto, no pude evitar emitir un sonido de protesta. Creo que ni siquiera me oyó.