Capítulo Treinta y Cinco #2
Aquella noche en concreto, después de que Maxwell se quedara dormido de nuevo, me invadió una extraña sensación de pánico.
Me convencí de que alguien había entrado en la casa y, en lugar de levantarme como un hombre sensato y recorrerla para investigar, de ser necesario con un atizador, me quedé sentado escuchando, con un frío repentino y una extraña sensación reptante por el cuerpo, como si la piel se me moviera bajo la ropa.
Aunque no oía nada, tuve la clarísima impresión de que aquel Algo se acercaba, y no me sentí en absoluto preparado para enfrentarme a ello. De hecho, sentí que si tan solo viera abrirse la puerta, me volvería loco.
Sentado allí, con el candil de la enfermería vuelto hacia la pared creando grises e inciertas distancias de sombras, empecé a cantar.
No tengo el más mínimo oído musical y no tengo ni idea de qué canté.
Podría haber sido tanto una de las salomas de Bird como un himno religioso.
O nada en absoluto. Quizá me imaginé que cantaba mientras estaba allí sentado, agarrado a los brazos del sillón y atento al sonido de la puerta abriéndose a mi espalda.
Ajeno a mi actuación, Maxwell seguía respirando suave y firmemente; el leve ascenso y descenso de su pecho era la única señal de que no era ya un cadáver.
Entonces, aquel horror informe se fue tan repentina y silenciosamente como había llegado.
Me levanté, diciéndome que era un maldito cobarde, y recorrí el piso con el candil, alzándolo para examinar cada rincón y recoveco.
El olor del sarcófago parecía haber impregnado el edificio, pues percibí el más leve aroma a betún mientras iba de una habitación a otra.
O quizá solo fuera una fantasía fruto de los nervios.
Sin embargo, no estaba seguro de hasta qué punto la fantasía era responsable de la idea de que vi unas huellas tenues, de un pie más pequeño que el mío, como si algún pie polvoriento hubiera recorrido el pasillo aquella noche.
La crisis llegó al cuarto día.
Fue una tarde cálida y seca, y durante todo el tiempo que duró, Maxwell se fue debilitando más y más.
Al anochecer empezó a desvariar, y al caer la noche deliraba por completo.
Ni consciente ni inconsciente, sus ojos seguían los movimientos de alguna presencia imaginaria bajo sus párpados trémulos.
Necesité la ayuda de Bird para mantenerlo en la cama, pues entre los accesos de sopor le acometía una fuerza demencial.
Hacía tanto calor en la habitación que tuve que abrir la ventana. El aire nocturno era denso, opresivo, y sin embargo traía consigo el chasquido de la electricidad. Podía oír el sonido de los grillos, pero en mi imaginación el coro de insectos parecía zumbar como escarabajos.
Las horas se arrastraban. Con cada campanada del reloj, Maxwell parecía más silencioso y más pálido. Observándolo, mi corazón se encogía cada vez más.
Hacia la medianoche casi me dio un infarto —y al pobre Bird también— al incorporarse de golpe y chillar: —¡Está aquí, Quentin! Cuidado. ¡Está justo detrás de ti !
Creo que tanto Bird como yo lo dejamos caer sobre las almohadas para saltar y darnos la vuelta, pero no había nadie entre las sombras.
Bird soltó un taco con fluidez, me pidió perdón y susurró: —¿Se va a morir, señor?
—Hilary, ¿puede oírme? —Me incliné sobre Maxwell. Tenía las manos como el hielo y el pulso filiforme y débil. Sus labios azulados se movían sin emitir sonido, formando las palabras silenciosas está aquí una y otra vez.
Abrí la boca para responder a Bird y descubrí que no podía hacerlo sin derrumbarme.
Podía salvarlo. Incluso la dosis más pequeña de opio marcaría la diferencia vital, prolongaría su vida para que pudiera dormir de verdad y alimentarse. ¿Pero y después qué? Maxwell nunca me perdonaría por traicionar su confianza. Y en pocos días volveríamos a estar en la misma situación.
—No —dijo Bird de repente—. No . ¡Él no! Es un luchador. No va a entregar la cuchara.
Su seguridad reforzó la mía, que flaqueaba. —No, no lo hará —dije con ferocidad—. En cualquier caso, ya hemos hablado bastante de fantasmas por una noche. Bird, tráigame toallas empapadas en agua caliente. Muchas toallas y agua muy caliente. Deprisa.
Nunca había visto a Bird moverse tan rápido. Regresó con un cubo de toallas humeantes justo cuando yo terminaba de ponerle a Maxwell una inyección de digitalis.
Aparté la ropa de cama. —Envuélvale los pies en las toallas calientes. Yo le envolveré las manos.
Una vez que las extremidades de Maxwell estuvieron envueltas en las toallas calientes y húmedas, Bird y yo empezamos a frotarle los brazos y las piernas para dirigir la sangre hacia su corazón.
Lo frotamos, golpeamos y masajeamos hasta que ambos estuvimos sudorosos y con la cara roja.
Pero el tono azulado abandonó sus labios y su piel estaba cálida al tacto.
Estiré mi dolorida espalda. —Voy a darle algo para tonificarle el estómago y que así pueda tragar algo de alimento. ¿Qué hay preparado, Bird?
—Consomé de ternera frío y leche.
—Justo lo que hace falta. Ponga un poco del consomé en una copa de vino y luego venga a ayudarme.
Preparé una dosis muy fuerte de capsicum y la mezclé con jerez y amargo de angostura. Desperté a Maxwell lo mejor que pude y Bird me ayudó a incorporarlo.
La cabeza de Maxwell se ladeó sobre mi hombro.
—Vamos allá, querido muchacho. Solo unos sorbos… —Le masajeé suavemente la garganta, la base del cráneo, intentando estimular el nervio vago—. Un sorbo. Eso es. Así.
Maxwell tragó obedientemente; a continuación, abrió los ojos de golpe y empezó a farfullar y toser. Se incorporó y soltó un juramento con una energía sorprendente, llegando incluso a fulminarme con la mirada.
—No hace falta que me envenene. Ya me estoy muriendo.