La Maldición del Escarabajo Azul Capítulo Treinta y Cinco
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Capítulo Treinta y Cinco

LA MOMIA ANDA

L a primera desgracia que trajo la Momia fue una bronca con Bird. De hecho, la bronca llegó antes que la Dama.

Durante el desayuno, le había comentado a Bird de pasada que iba a recibir un cajón grande para guardarlo unos días y que lo más seguro y conveniente sería meterlo en un rincón de mi dormitorio.

En aquel momento no dijo nada, pero mientras me servía la cena esa noche —y mira que me había preparado una cena especialmente buena—, abrió fuego.

—A propósito de la Momia esa, señor —dijo.

Yo estaba pensando precisamente en ella y dije: «¿Y bien?». Recordé demasiado tarde que se suponía que no debía diagnosticar una Momia antes de verla.

Ya no se ganaba nada con andarse con rodeos, así que escuché con toda la paciencia que pude mientras Bird, a punto de volverse tan presuntuoso como verboso, representaba a la perfección el papel del padre severo y el del sirviente de confianza del melodrama popular.

La cantidad de información que había obtenido me sorprendió bastante; y el punto de vista que intentó hacerme adoptar fue inesperado.

El núcleo de su argumento era que no era respetable. «Usted y el capitán, que son solteros», dijo más de una vez. Se adentró en la historia de las sacerdotisas en general, insinuando que, en términos generales (muy generales), nunca habían sido trigo limpio.

—Me las he topado —dijo sombríamente—, por aquí y por allá. Cualquiera diría que se estaba entregando a los recuerdos de encarnaciones pasadas.

—Muy bien —dije cuando se detuvo en busca de un nuevo argumento, o quizá para recuperar el aliento—. Sería mejor que acompañara usted al capitán Maxwell de vuelta a sus aposentos hasta que la dama se haya marchado.

Aquello dejó a Bird boqueando, como si lo hubiera atravesado con un alfanje.

—¿ Dejarlo a usted, señor?

—Sí. Cuanto más lo pienso, más me gusta su idea. No se debería exponer a Maxwell a ningún posible… germen que la dama pudiera portar. Y, desde luego, no está lo bastante bien como para quedarse solo.

—¿Dejarlo a usted , señor? —Seguía con aspecto de estar herido de muerte.

—Solo durante la quincena que nuestra polvorienta invitada esté de visita. Sabe que no podría prescindir de usted mucho tiempo.

No se dio por satisfecho. «No puede prescindir de mí en absoluto», me informó. Bird añadió con aire lúgubre: «Ya veremos qué tiene que decir el capitán».

—Ni se le ocurra importunar al capitán ahora mismo —le advertí, y pudo ver que hablaba muy en serio en ese aspecto—. Ha estado usted hablando con Seymour. ¿Está aquí ahora? —Y Bird reconoció que Seymour se encontraba en ese momento en las dependencias traseras.

—Muy bien. Sírvame el café y hágalo pasar cuando toque la campanilla. —Y añadí que no veía qué sentido tenía que me preparara una buena cena si luego pretendía provocarme una indigestión con sus preocupaciones.

Me tomé el café sin prisa, con mi pipa, le di unas cuantas vueltas al asunto y luego toqué la campanilla.

—Traiga un par de sillas a la mesa —le dije a Bird— y un par de vasos. —Llené los vasos y les dije a ambos que se sentaran, cosa que hicieron con cierta rigidez.

—Bien —dije—. Vamos a hablar de hombre a hombre. No diré que voy a contárselo todo, pues no es asunto mío únicamente. Pero lo que les diga será la pura verdad, y espero que ustedes me digan la pura verdad a mí. ¿Están de acuerdo?

Se miraron el uno al otro y, al final, Bird habló.

—De hombre a hombre —dijo—, será la verdad de Dios hasta donde se pueda contar. —Y Seymour murmuró que estaba de acuerdo.

—Ahora —dije— voy a ser franco con ustedes hasta donde se me permite.

No puedo contarles más porque, como ustedes, descubro cosas por mi profesión de las que no puedo hablar.

Pero les digo a ambos que, por lo que yo sé, la mejor manera de ayudar tanto al capitán Maxwell como a la señorita Hennessey es que yo guarde la Momia aquí durante una quincena más o menos, y que ustedes mantengan la boca cerrada y hagan lo que yo les diga. Y ahora, ¿están conmigo?

Les expliqué la situación y esbocé mi plan.

Supongo que fue más la segunda copa de oporto que se habían bebido casi sin darse cuenta que la admiración por mi estrategia lo que los llevó a decir que estaban conmigo; y di por terminada la entrevista de inmediato, entregándoles a cada uno uno de los «Alma» de Maxwell para que se lo fumaran en la cocina.

A la mañana siguiente, la Momia llegó a mi puerta en su caja con forma de ataúd.

Me quedé mirando mientras subían aquello. Por más que lo intentaba, no podía evitar preguntarme si bajaría ella primero o yo.

La segunda desgracia que trajo la Momia —aunque quizá sea injusto culparla por completo— fue que Maxwell, que se aferraba a la cordura con uñas y dientes, insistió de repente y con obstinación en que le suprimiera por completo su última dosis de opio.

A eso me negué en rotundo. Ya estaba en un estado espantoso, incapaz de dormir, incapaz incluso de descansar más de unos pocos minutos, siempre de un lado para otro, siempre en movimiento.

Le administraba dosis de bromuros de potasio y sodio, hiosciamina y jengibre, pero no le hacían más efecto que el agua.

Hablábamos hasta bien entrada la noche mientras recorríamos las calles vacías.

—Ese trozo de tela que encontraste en D’Aurelle’s. ¿Supone que es un trozo de venda? —solía preguntar. O: La tapa del sarcófago estaba ligeramente levantada. ¿Se dio cuenta cuando estuvo en la habitación de Perceval?

Había perdido el apetito. A duras penas conseguía comer una tostada humedecida con jugo de carne y sazonada con sal y pimienta, o un bocado de huevo, pero rara vez algo más sustancioso. Le di extracto de malta, extracto de trigo y copas de oporto para que no perdiera las fuerzas.

Dada la precariedad de su situación, por supuesto que rechacé su petición.

Respondió con fiereza: —Entonces, deme una pistola y déjeme que me vuele la sesera, porque no puedo seguir así. De un modo u otro, esta tortura tiene que acabar.

Lo miré a sus ojos enrojecidos y comprendí que no cabía más demora. No podía ser un peor momento, pero Maxwell había llegado a su límite.

—Muy bien —dije—. Le prometí al principio que usted marcaría el ritmo. Si esto es realmente lo que quiere…

Los ojos se le llenaron de lágrimas. —Quentin, por el amor de Dios. ¡ No puedo seguir así ! —gritó.

Oír esa nota de desesperación casi me parte el alma. Lo tomé en mis brazos y besé sus lágrimas. —Chist. Le ayudaré en todo lo que pueda. Ya lo sabe.

Aquella mañana fue la última dosis de opio que tomó en su vida.

Con cada hora que pasaba, Maxwell se ponía más inquieto y desgraciado, pero al mismo tiempo parecía locamente exultante por ser libre al fin. En cuanto a mí, estaba, sencillamente, aterrorizado. No creía ser un médico lo bastante bueno para salvarlo y no creía que pudiera sobrevivir viéndolo morir.

Cerca del amanecer, los bromuros finalmente hicieron efecto y durmió un poco. Yo dormí en una silla junto a la cama y olvidé por completo que la Momia estaba un poco más allá en el pasillo, echando su propia siesta.

El día siguiente fue muy parecido, pero Maxwell comió menos y parecía más débil.

Al tercer día, apenas podía retener ningún alimento. Todo su sistema estaba al borde del colapso. Sudaba profusamente y sufría una agonía de desasosiego.

—Siento como si me estuvieran arrancando la pierna —me dijo—. ¿Por qué duele tanto?

Le sostuve la mano y su agarre era brutal. —Sé que duele. Sus nervios han estado amortiguados con opio estos últimos años. Ahora está experimentando una especie de sensibilidad al desnudo. Se aliviará, se lo prometo.

Dormía a ratos, de forma entrecortada. Bird me relevaba durante el día y la tarde para que yo pudiera permanecer despierto por la noche, cuando el peligro sería mayor.

Entre siestas intranquilas, Maxwell hablaba con una energía nerviosa, su cabeza oscura agitándose sin descanso en la almohada. —Es curioso pensar en ello ahora, Quentin. Aquella primera mañana… pensé que era usted muy frío y duro.

Sonreí levemente. —Me llamó cormorán de sangre fría.

—Sí. Aunque fue en el taxi. Recuerdo que lo miré un par de veces y sus ojos eran amables. Parecía que le daba pena.

—Estaba perplejo, eso es todo. Pensé que era usted bastante guapo. Y también muy raro.

Se rió.

Estuvo en silencio un rato. Creí que estaba durmiendo, pero abrió los ojos y dijo de repente, con ansiedad: —No volverá a darme opio, ¿verdad? Pase lo que pase.

—No. Por supuesto que no.

—¿Su palabra?

—Tiene usted mi palabra.

Esto pareció tranquilizarlo.

Antes de la medianoche se quedó adormilado, pero se despertó de un sobresalto. Tenía los ojos muy abiertos y aturdidos.

—He creído oír a alguien susurrarme al oído.

—No, muchacho. Estaba soñando.

—Podía oírla. Las palabras eran egipcias.

Creo que el corazón se me paró unos segundos. —No —dije con firmeza—. Tiene fiebre, eso es todo. Está teniendo sueños febriles. Venga. Deje que le refresque la cara. Esto está fresco y agradable, ¿verdad?

Asintió. Le di unos sorbos de brandy, le lavé las manos y la cara y, finalmente, volvió a caer en un sueño agitado.

Aquí debo confesar que mis nervios no eran lo que yo había pensado.

Creía haber tomado las precauciones adecuadas para nuestra seguridad, tanto la de Maxwell como la mía, de modo que cuando tuviera que bajar la guardia, no corriéramos ningún riesgo.

Cuando Bird tenía que salir, Seymour solía ocupar su lugar.

Ambos dormían en la casa, así que nunca estábamos solos.

Sin embargo, reconozco que había momentos, incluso a plena luz del día, en los que oía crujir una tabla del suelo o sentía una sombra cernirse sobre mí y me giraba rápidamente en mi silla, esperando encontrar problemas a mi espalda.

Incluso durmiendo en mi propia cama, más de una vez me desperté de repente, sudoroso, y me descubrí sentado, erguido, esperando no sabía qué.