La Maldición del Escarabajo Azul Capítulo Treinta y Cuatro
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Capítulo Treinta y Cuatro

RECIBO A LA SACERDOTISA

— ¿Q ué has hecho qué ? —exclamó Maxwell cuando le conté mis aventuras en casa de Maundeville’s. —¿Quentin, has perdido el juicio por completo?

—Mi querido amigo, este es el más medido y calculado de los riesgos —le aseguré—. El peligro es insignificante.

—¡Me dices eso cuando ambos sabemos de lo que es capaz!

—Pero no lo sabemos. No con certeza. No tenemos ninguna prueba real.

—Hay otras formas de conseguirla.

—Pero no las hay. Hilary, escucha…

Maxwell y yo discutimos sobre mi plan varias veces durante los días siguientes.

No logré convencerlo ni, francamente, tampoco a mí mismo.

Sabía muy bien que estaba jugando con más de un tipo de fuego y, si he de ser totalmente sincero, no creo que llegue a recuperarme nunca del todo de las quemaduras.

El único elemento de peligro para el que no estaba preparado fue el que casi acaba conmigo.

Aquellas dosis subcutáneas de Maundeville’s poseían un poder que no anticipé y que no intentaré explicar con precisión ahora.

No deben olvidarse las fuertes dosis de estricnina, pero nunca supe que la estricnina por sí sola tuviera tales resultados.

De algún modo, Maundeville había encontrado la manera de que su potente extracto se dirigiera a aquellas zonas del cerebro más susceptibles a los efectos estimulantes de su suero para aislarlas y actuar sobre ellas.

Fuese cual fuese la causa, a finales de aquel junio me sentía extraordinariamente bien… y mucho más temerario.

Tomaba dosis diarias de Maundeville y estaba dispuesto a aumentarlas más y más rápido de lo que él permitía. Mantuve un registro de diversas pruebas subjetivas y objetivas para compararlas con las suyas, pero también anoté varios hechos de los que no le dije nada.

Por ejemplo, mi vigor sexual había aumentado hasta tal punto que no podía pasar un solo día sin algún tipo de liberación.

Tan feroz era mi apetito que me encontré considerando seriamente buscar los servicios de prostitutas en lugar de arriesgarme a agotar o incluso herir a Maxwell con mi hambre insaciable.

Y aunque la idea me aterraba, también me excitaba. Más allá de este nuevo vigor animal, sentía una fantástica especie de confianza, incluso poder, en todas mis capacidades. Sentía que no podía equivocarme. Que mis diagnósticos eran infalibles, que mis órdenes eran absolutas.

Además, y de forma igualmente preocupante, empecé a ver la contienda entre Maundeville y yo como un juego emocionante. Disfrutaba con la idea de medir mi ingenio con el suyo y aplastarlo por completo.

No es que él mereciera compasión, pero que yo careciera tan absolutamente de ella, que pareciera haber desarrollado una capacidad para la crueldad genuina, me preocupaba.

Creo que Maundeville también notó el cambio en mí, pues varias veces lo sorprendí observándome con curiosidad, como si hubiera encontrado algo digno de consideración.

Una vez, después de la inyección diaria, se apartó de la mesa y me puso una mano firme en el hombro.

—Dígame —dijo—, si no es indiscreción, ¿se ha visto completamente superado por la situación en Cadogan Square?

—Hasta el cuello —declaré audazmente.

—¿Y la Dama, Armiston? Sinceramente, no pregunto por curiosidad impertinente.

—Sobre la Dama no me corresponde a mí hablar. —Creo que hablé con cierta arrogancia, y su mano se apartó de mi hombro.

—Usted y yo habríamos hecho grandes cosas juntos —dijo con aire sombrío—. Es usted un hombre más grande de lo que pensaba. Es una lástima.

—¿Por qué «habríamos hecho»? Seguiremos adelante.

—Un hombre no puede servir a dos señores… o señoras. —Se volvió hacia la mesa—. Pero sí, ciertamente, seguiremos adelante.

Nunca más me preguntó por Cadogan Square.

Recuerdo que ese mismo día me encontré con casi tres cuartos de hora de antelación respecto a la hora en que me esperaba la señorita Hennessey, y entré en mi club.

Todos los hombres allí se quejaban del calor y hablaban con ávido anhelo de agosto y los páramos o el mar.

Me sorprendió darme cuenta de que no había notado nada opresivo en el tiempo.

Un compañero me preguntó: —¿Dónde ha ido de vacaciones, Armiston? —y cuando le dije que no había salido de Londres y estaba demasiado ocupado para irme, se quedó mirándome.

—Vaya. ¡Nunca le he visto tan en forma en mi vida!

De hecho, mientras bajaba la ancha escalera del club con otros dos hacia un gran espejo, pude ver claramente que sus rostros estaban demacrados y macilentos en comparación con el mío, y sin embargo sabía que yo era el mayor de los tres.

Sentí un arrebato de alegría temeraria por mi poder y autoridad sobre otros hombres.

Creía que lo había hecho por Maxwell, pero fue Maxwell quien me devolvió de bruces a la realidad cuando fui a su habitación esa noche.

Durante las últimas dos semanas habíamos intentado sin éxito reducirle la dosis, pero, habiendo llegado tan lejos, no podíamos avanzar más.

Fue un duro golpe. Pasar de 30 granos a medio grano fue una proeza heroica.

Pero era incapaz de adaptarse a una dosis tan baja, y su malestar físico y mental era tal que supe que había llegado el momento de emitir el temido veredicto.

—Mi pobre muchacho, has acumulado tanta materia nociva en tus tejidos que tu vida no es compatible con el prolongado dolor que supondría eliminarla. Tendrás que tomar opio el resto de tu vida. Seguir luchando es un suicidio.

Le subiríamos la dosificación a un mínimo sostenible e iríamos viendo día a día.

Hiciese lo que hiciese, sus órganos marchaban hacia la muerte.

Tenía que continuar con su adicción que lo mataba solo porque abandonarla lo mataría antes; se convirtió en una mera cuestión de tiempo.

La única forma que quedaba de preservar sus facultades intelectuales era mantener su futura dosis diaria en el mínimo tolerable.

Pero cuando abrí la puerta de la enfermería me encontré a Maxwell levantado y haciendo la maleta.

Me quedé paralizado en el umbral. Me dedicó una mirada fría y continuó doblando su ropa.

Y aunque estaba claramente indispuesto, no parecía tan enfermo como aquella mañana.

Desde luego, no se podía ignorar aquella evidente determinación.

—¿Qué es todo esto? —pregunté, alarmado.

—Es hora de que vuelva a casa, Quentin.

—Pero… —Sentí las piernas extraordinariamente débiles y tuve que sentarme en la silla más cercana—. ¿Qué ha pasado?

Me dirigió una mirada larga y serena. —Probablemente haya una explicación científica para lo que ha pasado. Lo único que sé es que has cambiado. Te has convertido en alguien que no me gusta. Ni como médico, ni como amigo, ni… —Tomó una breve e incierta bocanada de aire—. Lo otro.

Habiendo pasado la tarde en la cima del amor propio, sentí como si me hubiera caído un rayo y me hubiera estrellado contra el suelo.

—Yo… no lo entiendo.

—Yo tampoco. He intentado encontrarle sentido a esta transformación.

No puedo. Ojalá pudiera achacárselo todo al suero de Maundeville’s, pero ¿qué te llevó a tomarlo?

Te burlas y menosprecias a Bird. Conmigo eres condescendiente y pomposo.

Hablas con crueldad y presunción de tu poder sobre la señorita Hennessey.

Te refieres a tus pacientes como si fueran poco más que animales con los que experimentar.

Podría enumerar un centenar de ejemplos de tu desconsideración y falta de amabilidad en estas dos últimas semanas.

Sin duda habría más, pero te pasas todo el tiempo en casa de Maundeville’s…

o de la señorita Hennessey, donde supongo que has estado la mayor parte de esta tarde.

—Pero ya sabes por qué es —protesté.

—Sí. Y eso me asusta más que todo lo demás. —Sin embargo, no parecía asustado. De hecho, tras decir lo que pretendía, ni siquiera parecía enfadado. Parecía cansado y resuelto—. ¿Has leído el poema de Shelley «Ozymandias»?

—Yo… no.

—Me recuerdas a ese poema, Quentin. Ahora te pareces más a esos antiguos reyes egipcios que Maundeville. Incluso más que la maldita Momia.

El que estaba asustado era yo.

—Pero, Hilary…, mi querido muchacho, estoy haciendo esto por ti.

—No. —Negó con la cabeza—. No lo haces. No sé para quién es este cambio, pero no es para mí. Todas las cosas que más me gustaban de ti… —Se interrumpió como si estuviera demasiado conmovido para continuar.

Dije, sin poder evitar sentirme un poco indignado ante tal injusticia: —¿ Cómo he cambiado?

¿Cuáles eran esas cualidades que viste una vez y que ya no reconoces?

—Creía que, en todo caso, mi valor era mayor, mi intelecto más intenso, mi fuerza…

más fuerte. Era en todos los sentidos un hombre superior al que él había conocido al principio…

—Tu bondad y tu compasión —dijo en voz baja—. Tu humildad.

Sentí como si me hubiera golpeado en el corazón. Como si me hubiera quedado sin aire.

Mientras su mirada gris se encontraba con la mía, me di cuenta de varias cosas a la vez.

Tenía toda la razón sobre las inyecciones.

No me las estaba poniendo por él. Me las estaba poniendo por mí mismo.

El orgullo… no, la vanidad… se había apoderado de mí y estaba intentando…

¿qué? ¿Engañar al tiempo? ¿Hacer retroceder el reloj?

En segundo lugar, fuera algún efecto secundario de la droga o no, había permitido que mi deseo de superar a Maundeville se convirtiera en una obsesión. Ahora se trataba tanto de que yo lo venciera a él como de encontrar justicia para Perceval y los demás. Quería ganar a toda costa.

O eso había imaginado, hasta que comprendí cuál podría ser el coste.

En tercer lugar, y quizá lo más importante, había descartado con arrogancia las posibilidades de Maxwell.

Me había acomodado en la idea de que era mi propio y trágico inválido, al que cuidaría noble y magnánimamente hasta el final, pero Maxwell no estaba acabado.

No se había rendido; seguía luchando contra el hábito del opio.

A mí me habían fallado los nervios antes que a él.

—Quizá tengas razón —logré decir.

Apretó la mandíbula. —Es evidente que la tengo.

—Pero no… —¡Resultaba tan difícil decirlo! —No lo hagas, Hilary. Soy un viejo necio, pero te quiero. Tanto que no parece haber palabras para este sentimiento. Puedo volver a ser todas esas cosas que te gustaban y admirabas. Quiero ser esas cosas.

Su rostro se contrajo como si lo hubiera herido de nuevo. — No eres viejo —dijo con impaciencia—. Estás en la flor de la vida.

—Para ti es fácil decirlo. —Pero sonreí ante su indignación. Había luchado como soldado y viajado por el mundo y, sin embargo, en muchos sentidos seguía siendo un niño.

—En cuanto a mí, yo también me hago mayor —dijo—.

No recurrí a ti por tu juventud y virilidad, Quentin.

Me gustabas tú . Te quiero a ti . Al niño que intentaba curar a los pájaros y conejos heridos.

Al joven que se sentía demasiado grande y torpe para ir a aquellos bailes y tés.

Al hombre adulto que estuvo dispuesto a embarcarse en esta misión cuando Percy y yo acudimos a ti, aunque sé que al principio pensaste que éramos unos necios o unos villanos.

—Nunca pensé eso.

Dejó escapar un bufido divertido. —Claro que sí.

—No. Pensé que quizá ambos estabais un poco locos.

—Lo estábamos. —Se sentó en el borde de la cama y hundió el rostro entre las manos—. No dejes que Maundeville te destruya —masculló—. No dejes que nos destruya.

—No lo hará. —Me levanté y fui hacia él—. Te lo prometo. He escuchado cada palabra que has dicho y te prometo que las cosas van a cambiar. Te doy mi palabra. Por favor. No debes preocuparte más. Es muy malo para ti.

Levantó la cabeza y me estudió. —¿Dejarás las inyecciones? ¿Me das tu palabra?

Lo rodeé con el brazo y atraje su cabeza hacia mi hombro. —No lo sé. Es realmente la mejor manera que tengo de mantenerme cerca de Maundeville.

—Con un adicto por casa es suficiente, Quentin —dijo, y el cansancio en su voz me oprimió el pecho.

— Chisss . Querido mío. Todo irá bien. Ahora comprendo el peligro. Ahora sé a qué atenerme.

Cerró los ojos y le besé la frente. Estaba caliente. Febril. —Vamos, vuelve a la cama. Te desharé el equipaje.

Maxwell abrió los ojos y se incorporó. —No. Esa no es la única razón por la que debo irme, Quentin. Es de una cobardía extrema quedarme aquí a salvo y permitir otro reparto de cartas cuando ambos sabemos sobre quién recaerá el peligro.

—Escúchame —dije—. El hecho es que Maundeville es el hombre que corre más peligro.

Me miró con escepticismo. —Ese es el suero que habla de nuevo.

—Te prometo que no. Nos acercamos al final de este misterio. ¿Puedes confiar en mí un poco más?

Se me quedó mirando como si hubiera dicho una necedad increíble. —Por supuesto que confío en ti. Te quiero.

Al día siguiente, como era de esperar, llegó una nota invitándome a una partida de «cartas» y a tomar el té el siguiente viernes por la noche.

Fui, por supuesto. Nuestra partida la formábamos yo, Steyne, Lethredge y Maundeville. Maundeville explicó que yo estaba allí en lugar de Maxwell, y Steyne y Lethredge intercambiaron una mirada, pero no hicieron ningún comentario.

Maundeville se ofreció a repartir las cartas. Nadie se opuso.

En la tercera ronda me tocó la Sacerdotisa y me quedé mirando su sonrisa pintada y despectiva con más inquietud de la que había previsto. Fue una grata sorpresa que más tarde, durante el té, me felicitaran por mi sangre fría.

El único suceso inesperado de aquella velada fue la extraña tormenta de arena que se levantó de la nada y azotó el taxi en el trayecto de vuelta a Piccadilly.

Cuando llegué a casa, me dejó en la boca un cierto regusto amargo a polvo.