La Maldición del Escarabajo Azul Capítulo Treinta y dos #3
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Capítulo Treinta y dos #3

—¡Primero, que observe los efectos en mí!

Decida si el tratamiento simplemente está agotando mi reserva de energía a un ritmo anormal, o si la fuerza vital se está produciendo y almacenando de manera anormal.

Luego... —Se detuvo y miró el reloj—. Llegará tarde a su cita si no tenemos cuidado —dijo—. Tardará un cuarto de hora en llegar.

Naturalmente, supuso que iba a visitar a la señorita Hennessey.

Asentí sin comprometerme.

—Después de que me haya observado durante un día o dos —dijo—, decida si le interesa probar esto en usted mismo.

Usted y yo tenemos más o menos la misma edad.

Es una edad en la que, por ciertas ganancias posibles, uno puede permitirse correr riesgos.

Lo que uno se juega, en cualquier caso, no es lo que se juega una vida joven.

—Olvida usted —dije— que puede que valore mi vida más ahora que, digamos, hace una semana o diez días.

—¿Ah, sí? —Me miró fijamente—. Valora aún más la posibilidad de otros cincuenta años de juventud en potencia, me parece. Yo lo haría en su lugar, desde luego.

—Es un argumento convincente.

—Lo sé. —Me dedicó una sonrisa fría.

Lo dejé sirviéndose queso, mientras Bates decantaba una botella de un oporto muy especial bajo la supervisión de su amo.

Cuando llegué a casa, Bird acudió a la puerta antes de que pudiera usar mi llave. Se le veía claramente preocupado.

Lo único que dijo fue: —¡Gracias a Dios! Cinco minutos más y no habría podido detenerlo.

—¿Hilary…, el capitán Maxwell?

Bird asintió con gravedad.

Fue a por mi té y yo me preparé para la batalla. Bird nos sirvió con más atención que de costumbre, pero no hizo preguntas y, por supuesto, no le conté nada. Lo de Maxwell era harina de otro costal.

—¡No puede hablar en serio! —exclamó cuando le hube contado la propuesta de Maundeville.

—Completamente. Ahora, no tema. No va a intentar nada hasta el próximo reparto de cartas. Y eso suponiendo que no estemos cometiendo la mayor de las injusticias al sospechar de él.

A Maxwell no pareció remorderle la conciencia por la posibilidad de ser injusto con su antiguo tutor.

—Claro que lo es. ¿A qué cree que venían todos esos sinsentidos sobre no hablar nunca del experimento?

—Eso tendrá que ver con algo planeado para más adelante.

—Seguro que están conectados.

—Naturalmente. Pero por ahora no hay peligro.

—¡No puede estar seguro de eso!

—Mi querido muchacho, no soy ningún héroe. Le aseguro que, si creyera que existe algún peligro considerable, no seguiría adelante.

—Ojalá pudiera creerlo.

—Por supuesto que puede creerlo. Lo que no entiendo es qué papel cree el propio Maundeville que desempeña la Momia en todo esto. ¿Es la Sacerdotisa un simple juego de manos? ¿O cree en la maldición? Permítame preguntarle algo. ¿Padecía Scrymgeour alguna enfermedad hasta ahora no revelada?

—Usted sabe que no. Le hizo la autopsia.

—Cierto. Digámoslo de otra manera. ¿Tenía hábitos peligrosos o vicios desconocidos para todos, salvo para sus amigos más íntimos?

—¿Como una adicción al opio? —preguntó Maxwell con amargura.

No permití que la compasión me distrajera. —Ya que lo ha expresado con tanta claridad, sí. D’Aurelle tenía una debilidad del corazón y Perceval una debilidad de los pulmones. ¿Y Scrymgeour?

—Esto es macabro. Era propenso a comer en exceso y sufría de dispepsia y, creo, una úlcera péptica.

— Ah.

—¿Qué significa ese «ah»?

Dije triunfante: —Y, como ahora sabe, el consumo prolongado de opio daña el hígado. Así que… ¿Qué contienen los vasos canopos? El corazón, los pulmones, el estómago y el hígado de los restos momificados.

Maxwell negó con la cabeza. De hecho, parecía ligeramente divertido.

—Impresionante, mi querido Holmes. Excepto que el corazón del difunto egipcio no iba a un vaso canopo.

Se creía que el corazón era la sede del alma y permanecía dentro del cuerpo.

Está buscando una cuarta víctima con problemas intestinales.

—Oh.

Maxwell sonrió ante mi decepción, recuperado ya su buen humor. —Aun así, es una teoría interesante.

Suspiré. Tenía muchas teorías interesantes —interesantes para mí y para Maxwell, en cualquier caso—, pero no nos acercaban a la resolución de nuestro caso.

A partir de entonces, Maxwell insistió en conocer en detalle cuáles iban a ser mis movimientos cuando salía de casa. En dos ocasiones en que respondí vagamente, me preguntó sin rodeos si iba a casa de Maundeville.

Resultaba un tanto molesto, pues no estaba acostumbrado a tener que rendir cuentas al director —o incluso al sargento de instrucción— al que parecía asemejarse en esas ocasiones.

Pero también era extrañamente reconfortante.

No tanto porque temiera por mi seguridad —estaba bastante seguro de que nadie movería un dedo contra mí hasta el próximo reparto de cartas—, sino porque había pasado mucho tiempo desde que alguien se preocupara tanto por mi seguridad y bienestar.

También era ridículo.

No podía evitar ser consciente de que nuestro pequeño interludio de vida doméstica estaba llegando a su fin. Una vez que le retirara por completo la dosificación de opio a Maxwell, sabríamos en cuestión de días si una recuperación total era posible o no.

De no ser así, pasaría el breve resto de su vida como un adicto sin remedio.

De ser así, con el tiempo recuperaría la salud y reanudaría su vida normal… lejos de mí.