Capítulo Veintinueve
EN EL QUE LAS SOSPECHAS SE HACEN MÁS PROFUNDAS..., MUCHO MÁS PROFUNDAS
E ran más de las siete cuando salí de Maundeville’s. Al llegar a casa, encontré a Maxwell leyendo en mi salón. O, al menos, sostenía un libro titulado Legends Of The Gods y miraba al vacío.
Me alivió ver que tenía mucho mejor aspecto que después del almuerzo. Algo cohibido, le entregué el ramo de lilas aún chorreantes que había comprado en la floristería de la esquina.
—Pensé que esto podría animarle. ¿Un soplo de aire fresco?
—¿Qué? Vaya…, gracias. —Las cogió, con expresión de asombro y confusión a la vez.
—Es pronto para que florezcan.
—Pues… sí. —Maxwell sonrió.
Aquella repentina sonrisa contenía el tipo de afecto que se suele reservar para alguien bastante más joven que uno mismo. El tipo de mirada que imagino que yo le dedicaba a él por lo general.
Me encogí de hombros. —En fin. Pensé que podrían gustarle.
—Y me gustan. Ha sido un detalle muy amable.
Me sentí bastante ridículo, así que fue un alivio cuando preguntó: —¿Cómo está la señorita Hennessey?
—De luto, creo.
Su sonrisa se desvaneció. Asintió. —Ojalá pudiera culpar de su muerte a alguien más fácil de alcanzar que una momia.
Sabía a quién se refería con «su» y lo estudié con atención mientras preguntaba: —¿Sospecha ahora de alguien que le ayudara?
A estas alturas la solución me parecía tan evidente que no podía creer que él no hubiera llegado a la misma conclusión. Pero claro, yo no sentía ningún afecto de larga data por mi sospechoso, mientras que Maxwell era, por naturaleza, leal y de buen corazón.
—¿Cómo podría? —respondió con impaciencia—. ¿Quién haría algo así, aunque pudiera? La única persona que podría sacar provecho soy yo, y yo nunca… —Su voz se apagó como si la sola idea aún lo dejara sin aliento.
—Le he preguntado —insistí— si sospecha de alguien, por muy injusta o ridícula que sea la sospecha. No me ha respondido.
—Estoy dispuesto a sospechar de cualquiera… de todos —dijo de forma contradictoria—. Podría sospechar de usted si hubiera estado en esto desde el principio.
—Bueno, como no lo estaba, y como fue usted quien me metió en «esto» —repliqué—, podría hablar claro.
—Lo haré en cuanto tenga la más mínima justificación para ello —prometió—, pero no puedo lanzar acusaciones sin pruebas que las respalden. Sobre todo cuando implica lanzarlas contra amigos. Además, ya me he demostrado a mí mismo que estaba equivocado una vez hace poco.
—¿Cómo?
—Habría jurado que iba a tocarme la Momia. ¿Cómo puedo fiarme de mi opinión sobre cualquier cosa relacionada con este asunto después de eso? No tenía ni la más remota idea del peligro que corría el pobre Percy. Incluso después de que le tocara la Sacerdotisa, creí que estaba a salvo.
—¿Por qué?
—Oh, ¿qué más da? Me equivoqué, y punto final.
—¿Ah, sí?
—Pues sí. —Me observaba con atención, como si esperara que yo pusiera alguna objeción.
—¿Por qué creía que la Momia le iba a tocar a usted?
La pregunta lo incomodó. —No lo sé. Simplemente me imaginé que podría ser.
—¿Por la… debilidad de la señorita Hennessey por usted?
—Oh, bueno, eso es decir demasiado.
—Le tiene aprecio. Perceval lo comentó una vez.
Entornó los ojos. —¿Entonces no estaba del todo equivocado? —Creo que la Momia ciertamente le tocará a usted después. O le habría tocado.
—¿Qué quiere decir eso?
—Estoy dispuesto a aceptarla en su nombre.
—¿ Qué ?
—Puesto que actualmente está bajo mi cuidado…
Se sonrojó. —¿Quién sabe eso?
—Maundeville conoce la verdad de su estado. Lo adivinó hace mucho. La señorita Hennessey solo sabe que vive usted bajo mi techo como paciente.
Su expresión se tornó furiosa. Los ojos le brillaban como plata vieja a la luz del fuego. —¿Cómo se atreve a compartir un secreto que no era suyo? Me prometió su más absoluta discreción. Confié en usted. ¿Y bien, Armiston?
—Escúcheme —dije con paciencia—. Repito: Maundeville conoce su costumbre desde hace tiempo. Adivinó que usted estaba aquí y también adivinó el motivo. No intenté engañarlo porque me parece bien que crea que usted ha abandonado el partido de una vez por todas.
Lamento decir que esto apenas sirvió para calmarlo.
Cuando por fin se vio obligado a detenerse para tomar aliento, dije:
—En cuanto a la señorita Hennessey, puede decirle lo que quiera. ¿Que se está sometiendo a un nuevo tratamiento terapéutico para la rodilla, tal vez?
Su rabia perdió algo de fuelle. Dijo con voz apagada:
—Supongo que al final todo el mundo se enterará.
Eso probablemente dependería del éxito de nuestra cura. Me guardé ese pensamiento y en su lugar dije:
—No por mi boca ni por la de nadie de mi casa, se lo prometo. Ahora, traigo noticias. ¿Qué me dice si le cuento que alguien le ha propuesto matrimonio a la señorita Hennessey?
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Eso pasa a menudo.
—¿Y qué me dice si le cuento que no lo ha rechazado de forma definitiva? —pregunté.
—¿Maundeville no? —Parecía escandalizado—. ¡Seguro que Maundeville no!
«¡Maxwell no!», había dicho Maundeville hacía poco. Era interesante que ambos pensaran inmediatamente en el otro.
—Pues resulta que no es él. ¿Pero le molestaría que lo fuera?
Su rostro se ensombreció.
—No. Supongo que no. No lo sé. Es demasiado mayor para ella.
—Ah. Bueno, ¿y qué me dice de mí? No soy tan mayor como Maundeville, pero tampoco tan joven como usted.
—¡ Usted ! —Me miró con un asombro franco y nada halagador, y luego agarró su bastón y se levantó del sofá con una precipitación que debió de resentirle la pierna mala. Cojeó hasta la ventana y se quedó mirando fuera.
—¿Entonces no le complace? —pregunté.
—Diré lo correcto en un momento —dijo por encima del hombro—. Debe hacer lo que estime oportuno. Es una chica estupenda y posee una buena fortuna.
—Varias buenas fortunas a estas alturas —dije con sequedad—. ¿Así que no tiene ninguna objeción a que la señorita Hennessey y yo...?
Se dio la vuelta sobre sus talones y regresó hacia mí.
—¡Escuche, Quentin! —dijo con rigidez—. No sé a dónde quiere llegar, pero ya ha ido bastante lejos. No soporto ni una palabra más. ¿Por qué me trajo aquí si solo iba a...? —Se interrumpió y desvió la mirada bruscamente.
Negué con la cabeza.
—Hilary, no sea necio. —Me levanté y lo tomé en mis brazos.
Era la primera vez que hacía algo tan audaz, pero me pareció natural.
De una forma sorprendentemente natural. Podía sentir su calor y su dureza a lo largo de todo mi cuerpo.
Era más bajo, más menudo, pero sus contornos encajaban a la perfección, y me gustó que fuera esbelto y macizo, me gustó la sensación de sus músculos y su complexión bajo mis manos.
No había nada diminuto, frágil o blando que a uno le hiciera sentirse demasiado grande, torpe y fuera de lugar.
Maxwell era un hombre y aquello estaba prohibido, pero me pareció lo más razonable y correcto que me había pasado en la vida.
Lo abracé con más fuerza y me di cuenta de que estaba temblando. ¿Era ira, emoción o alguna otra cosa? Aquellos leves temblores despertaron en mí un feroz instinto protector. No podía soportar que estuviera preocupado o dolido ni un instante más.
Dije junto a su oído:
—¿De verdad se imagina que estoy buscando esposa? ¿Por muy guapa o rica que sea? —Y tuve la satisfacción de sentir cómo su cuerpo se relajaba contra el mío. Me gustó sentirlo apoyado en mí, buscando mi consuelo.
—Mi único interés en la señorita Hennessey está relacionado con lo que Perceval y usted me pidieron que intentara. Usted, mejor que nadie, debería saberlo. Admito que mis métodos son poco ortodoxos, pero la situación es poco ortodoxa.
Se apartó para mirarme a la cara.
—¿Qué tiene que ver todo esto con la Momia?
Puse una mueca de pesar.
—No puedo demostrarlo —todavía no—, pero sospecho que tiene todo que ver con la Momia.