Capítulo Veintisiete
VOY DE CORTEJO
A l día siguiente de la investigación judicial, estaba de mejor humor, pues había decidido un plan de acción claro y estaba seguro de que ya no luchaba a ciegas; pero me estoy adelantando a los acontecimientos.
En la investigación judicial, Maundeville declaró que él y Perceval habían cenado juntos y que lo había dejado en su casa de Park Lane, aparentemente en perfecto estado, salvo por una ligera sibilancia, para la cual —según Maundeville— Perceval dijo que tenía intención de fumar unos cigarrillos medicinales antes de intentar dormir.
Simpson, el ayuda de cámara, juró que creía que su amo se encontraba bien cuando le dio las buenas noches. Después salió, según dijo, a echar una carta al correo, y al encontrarse con una amiga, se demoró más de lo que pretendía y no sabía qué hora era cuando regresó.
Maxwell contó que había ido a ver cómo estaba Perceval la noche anterior, pero que le habían dicho que se fuera, y luego cómo encontró a Perceval y me fue a buscar.
Yo relaté lo que vi —omitiendo a la Momia y la carta—, le hablé al jurado de las colillas de los cigarrillos y también de que el gato tenía estramonio, lo mismo que Perceval.
Le expliqué al jurado de qué manera le había llegado el estramonio, y cité un caso clásico en el que se había dictaminado que unos cigarrillos de estramonio habían causado la muerte.
Añadí la teoría de que incluso una cantidad moderada de alcohol podría acelerar el efecto del estramonio.
En este punto, Maundeville pidió permiso para dirigirse al jurado.
Dijo que ahora recordaba algunos detalles de esa noche y que se acordaba de que Perceval, aunque bebió solo con moderación, comió aún menos; de hecho, casi no comió nada.
El estramonio, junto con el alcohol, por lo tanto, actuaría probablemente con más potencia.
El joven médico que me había ayudado se limitó a corroborar mi testimonio, y estaba muy complacido de estar relacionado con el segundo caso registrado de envenenamiento por cigarrillos de estramonio.
Estaba, seguro estoy de que inconscientemente, ansioso por demostrar que esa había sido la única causa de la muerte.
Ya me había pedido permiso para enviar un artículo al respecto al British Medical Journal o al Lancet .
El jurado emitió de inmediato un veredicto de acuerdo con las pruebas, añadiendo una apostilla sobre el peligro de la venta sin restricciones de tabaco tratado con drogas.
Una mezcla de franqueza sobre algunas cosas y silencio absoluto sobre otras había evitado mucha curiosidad o sospecha.
Mis preparativos para la acción a la mañana siguiente, cuando Bird vino a subir la persiana de mi dormitorio, trayendo consigo un par de pantalones nuevos de color gris claro, podrían parecer, por lo tanto, quizá peculiares.
No había dormido mucho. De hecho, la mayor parte de la noche la había pasado hablando con Maxwell, quien, ya fuera por la última reducción en su dosificación de anodino o por la angustia de la investigación judicial, no pudo descansar en absoluto.
Se había paseado arriba y abajo por su habitación durante horas, hablando largo y tendido de Perceval y, en esos cariñosos y humorísticos recuerdos, contándome aún más de sí mismo.
El sol estaba saliendo cuando finalmente había consentido en tomar un baño muy caliente seguido de una dosis fuerte de bromuro de potasio, lo que tuvo el efecto deseado de hacerlo por fin dormir.
Bird me informó: «La gente juzga más por el exterior de los sombreros que por el interior de las cabezas… por ser más fácil de ver».
—¿Hay alguna razón por la que deba importarme especialmente lo que la gente piense de mi exterior o de mi interior? —inquirí.
—¿No la hay? —Se estaba haciendo el gracioso, por supuesto, pero me di cuenta de que no le faltaba razón, aunque quizá no la que él pretendía.
Después del desayuno fui directamente a un barbero de moda y me corté el pelo; llegué incluso a permitir que el hombre pusiera una sustancia apestosa y aceitosa en mis por lo demás insignificantes mechones.
A continuación fui a mi sombrerero, que fingió apenas recordarme, e hice que me moldearan un sombrero de copa.
Ya que estaba a punto de hacer el tonto, bien podría parecerlo.
Almorcé en mis aposentos y disfruté del aire estupefacto con el que Bird me contemplaba mientras servía la mesa.
—Está usted muy elegante —me informó Maxwell. Tenía los ojos cargados y estaba pálido. Pensé que el almuerzo no le había sentado bien, aunque no se quejó—. ¿Va usted a alguna parte?
Le lancé una mirada triunfal a Bird antes de responder. —Hace un día espléndido. He pensado en visitar a la señorita Hennessey. No hemos sabido nada de ella desde la muerte de Perceval y estoy un poco preocupado.
Maxwell pareció ligeramente sorprendido, pero convino en que parecía una buena idea. Bueno, no llegó a decir que era buena , pero sí que era una idea. Poco después se excusó para ir a tumbarse.
—Creo que voy a cambiarme de ropa, Bird —dije, encendiendo la pipa al terminar de almorzar—. Prepáreme algunas prendas para elegir y asegúrese de que mis zapatos de charol están en condiciones.
Bird se marchó en silencio y, poco después, fui a ver cómo estaba Maxwell.
Estaba tumbado, mirando el techo con aire taciturno, pero esbozó una sonrisa cansada cuando entré.
Me senté a su lado en la cama y le cogí la muñeca para tomarle el pulso.
—¿No se encuentra muy bien hoy? —le pregunté con amabilidad.
Se encogió de hombros. —Ya pasará.
—No volveremos a reducir la dosis hasta que haya tenido tiempo de adaptarse.
Sus ojos mostraron alivio, aunque inmediatamente comenzó a protestar. Lo escuché hasta el final y le dije: —A partir de ahora, solo se pondrá más difícil. ¿Lo entiende? Si perdemos la próxima batalla, todo esto habrá sido en vano. Debemos proceder lenta y cuidadosamente.
—¿Cuánto estoy tomando ahora?
Dudé, pero, después de todo, no era un niño. —Veinte granos por día.
Se estremeció. —¿Todavía tanto? ¡Creía que a estas alturas sería menos!
—En muy pocos días hemos reducido la dosificación en un tercio. Es un progreso tremendo.
Estábamos forzando la situación más de lo que me gustaba, con toda honestidad. Pero tenía razón. Todavía era una dosificación demasiado alta y, sin embargo, su cuerpo ya empezaba a rebelarse al verse privado del opiáceo al que estaba acostumbrado.
Si el opio no fuera un anodino, los terribles cambios estructurales que produce en sus víctimas no causarían sorpresa alguna.
Se sentiría cómo devora la vida de su víctima como si fuera ácido nítrico.
Tras haber consumido la droga en tan grandes cantidades durante tanto tiempo, cada parte del sistema del pobre muchacho se había reconstruido para adaptarse a las condiciones anormales.
Si la recuperación era posible, tendría que pasar por un segundo proceso de reconstrucción, esta vez sin ningún anodino que enmascarara la angustia resultante de su descomposición, antes de que su cuerpo pudiera volver a tolerar una existencia de cualquier tipo normal.
—¿Le apetece algo? ¿Puedo traerle algo a mi regreso? —pregunté—. ¿Un libro? ¿Algo que le abra el apetito?
Negó con la cabeza.
Poco después, lo dejé y entré en mi dormitorio, donde encontré a Bird de pie, en posición de descanso, junto a más pares de pantalones de los que creía poseer.
Elegí unos pantalones de un gris bastante claro, polainas blancas y un chaleco blanco, una levita —que detesto— y preocupé a Bird considerablemente antes de encontrar una corbata que me gustara.
Al final, le hice traer media docena de la tienda más cercana y escogí una de seda gris que, según juró Bird, apenas aguantaría dos puestas.
La pasé por un elegante pasador de corbata y examiné los resultados con ojo crítico.
—Si es una boda… —comenzó Bird con inquietud.
Me reí. —No lo es —le aseguré—. Más bien un funeral.
Le hice cepillar por segunda vez mi mejor sombrero y, escogiendo un bastón de paseo que me había regalado un viejo amigo, me puse en camino.
Sabía que Bird me observaba desde la puerta mientras bajaba la escalera; y, al cruzar la calle y girarme bruscamente para mirar hacia mis ventanas, encontré a Maxwell contemplándome desde allí. Alcé una mano a modo de despedida y él alzó la suya en respuesta.
Mi primer destino fue la casa de Maundeville, a la que llegué poco después de las tres. Bates me dijo que su señor estaba en el museo y me dirigí allí sin ser anunciado.
Maundeville estaba escribiendo y, de acuerdo con nuestro pacto, no se detuvo cuando entré. Se limitó a levantar la vista, asentir y continuar con su trabajo, mientras yo devolvía a la mesa un libro que había cogido varios días antes.
La Momia, esa precursora del mal, se encontraba en su lugar habitual. Me senté frente a ella, observando la caja pintada y preguntándome, no por primera vez, hasta qué punto el rostro maligno que tenía ante mí representaba lo que había dentro.
Las princesas de los cuentos siempre son hermosas, pero esta no era una fantasía mía.
La expresión de la figura pintada en la tapa era en verdad sumamente maligna, y era difícil imaginar que el artista de hacía tres mil años hubiera sido menos propenso a la adulación que sus colegas de hoy en día.
Supuse que había sacado el mejor partido posible de su modelo, según su entender.
Aquellos ojos apagados y de mirada fija ejercían una especie de efecto hipnótico sobre mí y, aunque no lo habría creído posible, me olvidé por un momento de la presencia de Maundeville. Cuando volví a acordarme de él, supe, sin necesidad de volverme para mirarlo, que me estaba observando.
Finalmente me giré y nos quedamos mirándonos en silencio hasta que él lo rompió.
—¿Cómo está su paciente?
—Estoy satisfecho con su progreso. Aún le queda un largo camino por recorrer, por supuesto.
—Por supuesto. ¿Sigue viviendo bajo su techo?
—Oh, sí. Esa era una de las condiciones que tuvo que aceptar antes de que yo me hiciera cargo de su caso.
—¿No se le permite ninguna excursión de placer, pobrecillo?
—No por el momento.
—No es de fiar, claro —convino Maundeville—. Pero estaría dispuesto a actuar como su guardián y garante para una excursión de un día, si cree que le ayudaría. Le tengo cariño al muchacho. Tanto Maxwell como Perceval fueron alumnos míos, ¿sabe?
—Lo recuerdo. Y puede que con el tiempo esté lo bastante bien para la clase de excursión que describe. Pero en este momento debe centrarse en su recuperación.
Maundeville sonrió. Sus ojos estaban fríos.
—Me desconcierta usted, Armiston.
—¿ Par exemple ? —pregunté con despreocupación, volviendo a mi contemplación de la Momia.
—Bueno, acaba de vestirse usted con sus mejores galas, con un atuendo bastante festivo, de hecho, y luego viene aquí y se sienta a contemplar un objeto de mal agüero, tan fijamente como si esa fuera su única ocupación del día.
—No un mal agüero —dije—. ¿Más bien un memento mori ?
—¿Qué quiere decir?
—La vida es corta. «La esencia de la juventud no perdura».
—¿Seguimos hablando de Maxwell?
—No. Maxwell está ahora bajo mi protección y pienso asegurarme de que perdure como es debido —continué contemplando la Momia—. No, es solo que la Momia me ha recordado que la vida es corta; de hecho, que «en la demora no hay abundancia».
—Ah —sonrió—. Esa es la conclusión de todo el asunto, ¿no es así? ¡Buena suerte con su cortejo! ¿En qué puedo ayudarle? ¿Conozco a la dama?
Miré mi reloj y me levanté.
—Sí, conoce a la dama. Es la señorita Hennessey. Muchas gracias por sus buenos deseos.
Lo dejé allí y no puedo negar que estaba inquieto por lo que había puesto en marcha, sabiendo que, en el mejor de los casos, acabaría mal.
Pero mientras no acabase mal para Maxwell, a mí me daría igual el resultado. Fui a sentarme solo en Green Park, repasando mis planes para sacarles el mejor partido posible, ya que mi torpe cabeza no lograba idear nada mejor, y al final me demoré tanto que tuve que coger un taxi.
Una vez en el coche, curiosamente, no pensé en absoluto en Maxwell ni siquiera en la señorita Hennessey y lo que pensaba decirle. En lugar de eso, me quedé preguntándome si Maundeville seguiría en su museo.
Por algún motivo, me pareció que estaría sentado mirando la Momia, tal como yo había hecho una hora antes.