Capítulo Veintiséis #2
Le expuse nuestra estrategia de batalla.
Por supuesto, exigió saber las probabilidades de victoria y le dije la verdad.
Era imposible saber si se recuperaría o no.
Todo dependía de su fuerza de voluntad. Se requeriría un esfuerzo desesperado y, aunque Maxwell era en otros aspectos un hombre de contención y disciplina, el opio debilitaba la voluntad hasta tal punto que el hombre más cabal y recto, en casos extremos, se envilecería, degradaría y se deshonraría a sí mismo para conseguir la droga si se le privaba de ella durante un tiempo.
Se mantuvo muy callado y no me interrumpió mientras yo le explicaba a grandes rasgos que nos desharíamos de inmediato de la jeringa y que todas las futuras dosis de opio se administrarían por vía oral.
Reduciríamos su dosificación de forma lenta pero constante —empezando por tres granos enteros ese mismo día— y veríamos cómo se adaptaba.
No me interrumpió mientras le hablaba de sedantes, baños y masajes.
No entré en detalles sobre las dificultades que le aguardaban; tan solo le recordé que no era ni un prisionero ni un recluso y que se le permitía marcharse cuando lo deseara.
Asimismo, podía solicitar más de cualquier opiáceo en cualquier momento, pero la administración debía correr de mi propia mano.
Le prometí que nunca se le forzaría más allá de los límites de su resistencia.
Escuchó todo esto con un silencio cortés y atento y, a continuación, insistió en que se le suspendiera de inmediato el suministro completo de la droga, pues no deseaba perder tiempo en liberarse del dominio que el veneno ejercía sobre él.
Resistí la tentación de golpearlo en la cabeza con el candelabro más cercano.
Después de todo, esa era la mentalidad de la caballería. ¡A la carga! Pero este no era un enemigo que pudiera ser vencido únicamente con valor y voluntad.
—Escúcheme —dije—. ¿Cuántas veces ha intentado antes ese método y ha fracasado?
—Antes no contaba con su ayuda.
—Y ahora tampoco la tiene. No para un régimen tan brutal. No solo no hay necesidad de semejante tortura para la mente y el cuerpo, sino que reduce drásticamente nuestras posibilidades de éxito.
—No tenemos tiempo que perder. No creo que esta… maldición termine con la muerte de Perceval.
Ah. Ahora íbamos al meollo de la cuestión. Dije: —Hilary, anoche me dio usted su palabra. Juró ponerse completa e incondicionalmente bajo mi cuidado hasta el momento en que yo lo declarara curado. ¿Va a retractarse ya de su promesa?
Se sonrojó de ira y sus labios se contrajeron en una fina línea. —No. Cumplo mi palabra.
—Y yo haré que la cumpla. Es mejor que hable ahora si no cree que pueda…
—¡Le he dicho que cumpliré mi promesa! —espetó él.
Asentí. —Entonces no hay más que hablar.
Lo dejamos así, ninguno de los dos satisfecho con el otro.
Había pasado algunas horas de aquella luminosa tarde de primavera en Park Lane con otro médico, realizando más indagaciones, cuyos detalles me dejaron perplejo hasta a mí.
Aquella noche me sentía insoportablemente cansado y desanimado. El hombre que se hace amigo de sus pacientes se busca a sí mismo un sinfín de posibles ansiedades y sinsabores adicionales; y tampoco sé si sus pacientes sacan algo bueno de ello.
Maxwell y yo apenas cruzamos palabra durante la cena, y el silencio era tan desconcertante que incluso dejé que Bird hablara a su antojo, sin apenas escucharlo.
Creo que fue con la idea de salvar el abismo que se había abierto bruscamente entre nosotros que, después de la comida, fui a mi escritorio y cogí el guardapelo para enseñárselo a Maxwell.
Dijo que nunca lo había visto y me lo devolvió.
Era la primera vez que examinaba la pieza con detenimiento.
La miniatura me pareció distinta a la mayoría, que generalmente tienden a lo que yo llamaría el estilo de caja de bombones, a lo empalagosamente dulce. Esta tenía mucho carácter. Cómo un artista podía plasmar tanto en un guardapelo a una escala tan pequeña era todo un enigma para mí.
Cogí una lupa para examinarla.
—¿A quién cree que Perceval encargó la pieza? —pregunté, estudiando las delicadas pinceladas.
Maxwell negó con la cabeza. —No me lo imagino haciendo tal cosa. No era sentimental.
—Creo que la mayoría de las miniaturas son obra de mujeres. Esta dama debe de ser más original de lo habitual. Ha infundido vida en el rostro. No ha temido al cabello pelirrojo.
Lejos de eso, lo había realzado y dispuesto de tal modo que caía como un fondo alrededor del rostro y el cuello.
La cara, orgullosa y refinada, destacaba con audacia contra una suave nube rojiza formada por el pelo.
Me pareció que un artista debía poseer algo más que mera técnica para realizar semejante retrato.
Cierta apreciación, sin duda, de las buenas cualidades. Cierta simpatía.
Me pregunté qué pensaría Maundeville de la pieza como obra de arte. Maundeville había hecho un retrato de ella.
Mientras este pensamiento cruzaba mi mente, miré a Maxwell. Él me devolvió la mirada y vi que se le había ocurrido la misma idea: Maundeville podría incluso haber hecho esto para Perceval.
Dije en voz alta: —¿Pero, si es así, por qué no me lo dijo cuando se lo enseñé?
—Sabía que usted ya había visto un cuadro.
No era realmente una respuesta. ¿O sí lo era?
—Pero esa es precisamente la cuestión.
Maundeville sabía que yo era consciente de que él había pintado a la señorita Hennessey antes.
¿Qué había que objetar a eso? Me pregunté, vagamente, sin prestarle demasiada atención, con la mirada perdida en el cautivador rostro.
¿Por qué no habría de pintarla todo el día y todos los días si le apetecía?
Si le apetecía…
Fue entonces cuando mi lento cerebro pareció despertar con una sacudida.