Capítulo Veintitrés #3
—¡Hacedlo, hacedlo! —convino Maundeville—.
Pero no me atrevo a entrar con vosotros.
Me ha dado el congé de forma bastante clara.
Perceval, mi querido amigo, es un hombre con el que nunca me siento libre de tomarme una licencia.
Contigo es diferente, Maxwell. Anímalo. Tú tienes más confianza con él que yo.
—No la tendría por mucho tiempo si me tomara libertades con él —dijo Maxwell secamente—. Aunque todavía no es muy tarde.
—Claro que no —asintió Maundeville—. Podríamos entrar todos y pasar la noche en vela. Salgo para París demasiado temprano como para irme a la cama. ¡Vamos! Despertaremos a esa maldita Momia. Un velador con un par de sifones sobre su caja mantendrá a la Dama tranquila, creo yo.
—¿Es cosa mía o va un poco bebido? —me dijo Maxwell en voz baja mientras nos quedábamos unos pasos atrás, pero Maundeville lo oyó al instante.
Se volvió hacia nosotros. —¡Pues sí, querido, pues sí! —convino—. No hay nada de malo en ello, ¿verdad? —Y se dirigió de nuevo hacia la puerta de Perceval, donde se detuvo para mirarnos.
—Si Percy ha bebido de más, esto no le hará ninguna gracia —me dijo Maxwell—. Es el tipo de cosa que no soportaría en absoluto.
—Podría entrar solo —sugerí.
—Sí. Creo que lo haré.
Llamó y, al cabo de un momento, le abrieron.
Maundeville y yo esperamos. Maundeville me observó con sorna. —Menuda mirada suspicaz tiene usted en la cara, Armiston. ¿De qué sospecha de mí? Esta noche me apetece traducir los versos de Hafiz al inglés.
—No sea idiota —mascullé.
Al cabo de unos minutos, Maxwell reapareció. —Todo va bien —dijo con brusquedad—. De hecho, me ha despachado con cajas destempladas. ¿Vamos a un sitio donde podamos hablar? Conozco un lugar donde podemos disponer de un reservado todo el tiempo que queramos.
Por un instante, Maundeville vaciló en lo alto de la escalera, con una mano alzada como si fuera a aporrear la puerta de Perceval.
—Déjelo —le dije—. Si no quiere ver a Maxwell, tampoco quiere verlo a usted.
—¿A dónde vamos, entonces? —inquirió.
Maxwell dijo: —The Banyan.
—¡The Banyan! —Maundeville se quedó reflexionando con una gravedad achispada y luego se echó a reír. Una vez que empezó, no pudo parar, y la calle resonaba con sus carcajadas.
—¡Oh, vamos, hombre! —le rogué y, cogiéndole cada uno de un brazo, lo metimos a toda prisa en un taxi que pasaba.
Fue un comienzo poco prometedor para una especie de entretenimiento de las Mil y una noches, pero todo acabó bien una vez que llegamos a the Banyan.
Maxwell y yo bebimos algo llamado Silver Fizz, que parecía consistir principalmente en ginebra. No estoy seguro de por qué bebí tanto, aunque creo que entendí por qué Maxwell…, que se tambaleaba al borde de un gran precipicio…, sí lo hizo.
Maundeville se ciñó a un té con especias y estaba como siempre, solo que aún más brillante y divertido. No sé si por el té o por los cócteles que lo habían precedido.
—¿Cuándo tendrá lugar la próxima reunión de la Sociedad de Osiris? —pregunté.
Ambos parecieron dubitativos, y me pregunté si los rumores sobre la Momia habrían aplacado el entusiasmo de ciertas personas por todo lo egipcio.
Hablamos de muchas cosas, ninguna de ellas seria.
La Momia no salió a colación. Maundeville y Maxwell acabaron rememorando sus tiempos en Oxford y el pasado lejano.
Pintaron un cuadro bastante bonito de compañeros sentados al aire libre en el crepúsculo, fumando, jugando a los bolos y discutiendo las grandes cosas que harían algún día.
Era como si hubiera estado escuchando los melancólicos recuerdos de unos marcianos. Pero la verdad era que estaba ávido de cada brizna de información sobre Maxwell, incluso cuando esos retazos de información confirmaban mi comprensión de lo muy diferentes que éramos.
Finalmente, Maundeville telefoneó para que le trajeran su coche y nos llevó a su casa, donde nos sentamos a discutir todo tipo de temas hasta que le informaron de que todo estaba listo para su partida.
No niego que para entonces estaba bastante borracho. Creo que era consciente del gran peso de la responsabilidad que había recaído sobre mí en lo que respectaba al cuidado de Maxwell. Él, por otro lado, parecía más relajado y alegre de lo que nunca lo había visto.
Maundeville nos convenció para que lo despidiéramos en la estación, y no estuvo muy lejos de convencerme de que sería bastante divertido acompañarlo hasta el barco.
El caso es que su coche nos llevó a Maxwell y a mí de vuelta a mi casa. Una vez dentro de mis tranquilas habitaciones, una cierta tensión se apoderó de nosotros. Era muy consciente de los ronquidos de Bird que resonaban al fondo del pasillo mientras nos quitábamos los abrigos y los sombreros.
Le sonreí torpemente a Maxwell. Él me devolvió una sonrisa igualmente torpe. Era consciente de que ahora era mi paciente; y esa verdad, necesaria y legítimamente, me ponía trabas.
También se me había ocurrido que algunos de sus comportamientos —incluso posiblemente los que me resultaban más atractivos— podían atribuirse a su consumo habitual de la droga.
Lo acompañé a la habitación de invitados.
—Es un poco austera —me disculpé, viendo la cama y el mobiliario a través de sus ojos—. Mañana nos ocuparemos de eso.
—No importa. —Se aflojó el cuello de la camisa. Su mirada se encontró con la mía y sonrió.
La gentileza de esa sonrisa me impulsó a decir: —Sí que importa, sabe. Quiero que esté lo más cómodo posible. —De hecho, quería que sintiera que aquello era un segundo hogar y no una enfermería.
Se rio. —He dormido en el suelo envuelto en nada más que una manta. Tu habitación de invitados es un palacio en comparación con algunos de los sitios donde me he alojado. Estaré muy cómodo.
Entonces vi que lo decía en serio. Fuesen cuales fuesen sus preocupaciones, no tenían nada que ver con cortinas y alfombras.
Dije: —Me alegro mucho de que esté aquí, Hilary.
—Yo también me alegro, Quentin. —Pensé que me tendería la mano —estaba tratando de decidir si se la tendería yo a él—, pero ninguno de los dos se movió y el momento pasó.
—Buenas noches —dije.
—Buenas noches.
Me fui a la cama a una hora en la que mucha gente está empezando el día. Durante un rato escuché el sonido de las tablas del suelo al asentarse y de las vigas al crujir, el lejano sonido de un reloj dando la hora.
Cerré los ojos.
No supe nada más hasta que me despertaron con una brusca sacudida, mientras una voz angustiada a mi lado gritaba:
—¡Perceval ha muerto! Despierte, Quentin. ¡Percy ha muerto !