Capítulo Diecisiete
EL POLIFACÉTICO MAUNDEVILLE
A la mañana siguiente, fui a preguntar por Maundeville y lo encontré más o menos como de costumbre, realizando unos análisis químicos de alcaloides en su museo. No se mostró dispuesto a añadir nada más sobre el accidente de la noche anterior.
—He estado ocupado esta mañana —dijo—, y no he podido salir.
Pero envié a Bates con mi tarjeta a preguntar por la señorita Hennessey.
La señora Vavasour reconoce que, al parecer, no ha sufrido consecuencias por la caída.
De hecho, tenían la intención de hacerme el honor de pasar a interesarse por mi estado, pero Bates les dijo que estaba ocupado.
—Entonces no debería haberme dejado entrar. —Busqué mi sombrero con la mirada, pero Maundeville me detuvo.
—Esto ahora mismo es un mero trabajo mecánico —dijo—. Además, usted es distinto. Con las damas, uno tiene que ser más puntilloso y menos sincero. No aceptan una atención dividida, ¿verdad?
Admití que sabía muy poco sobre las excentricidades de las mujeres.
—Son criaturas extrañas —dijo pensativo, examinando su tubo de ensayo—. Incluso una mujer tan franca y directa como la señorita Hennessey parece tener siempre un as en la manga.
—Creo que está muy metida en lo del sufragio femenino. Quizá sea su brazalete.
Hizo una mueca. —Ese es el pasatiempo de una joven rica y soltera. —Volvió al tema de los tubos de ensayo y los alcaloides, y no habló de otra cosa hasta que estuve a punto de marcharme. Iba a reunirme con un amigo periodista en el Strand.
—Quizá lo acompañe un trecho del camino. Me vendría bien un poco de aire fresco. Supongo que pasará más tarde a preguntar por la señorita Hennessey, ¿no? —sugirió.
—No pensaba hacerlo. ¿Por qué debería? —pregunté.
—¿Y por qué no? Sabe que anoche se llevó un buen susto.
—Ya supe en el momento que no le había pasado nada grave —dije—. Además, usted mismo me lo ha dicho ahora.
Maundeville se echó a reír. No estaba seguro de si se reía de mí o de sí mismo, pero sospeché que era de mí.
La mañana era espléndida, y bajamos andando por Regent Street para luego girar hacia Haymarket.
Aunque agradecía la compañía de Maundeville, no tenía mucho que decir.
En las últimas semanas me había visto obligado, o al menos tentado, a hacer comparaciones desdichadas.
Primero con Maxwell y Perceval —tipos mucho más jóvenes que yo— y ahora con Maundeville, que probablemente me sacaba una década.
Esta última comparación era, francamente, la más dolorosa.
Maundeville era erudito, consumado, ingenioso, jovial y galante.
Todo lo que yo había aspirado a ser en su día, cuando tenía la edad de Maxwell y Perceval.
Peor aún, parecía más joven, más vital y más en sintonía con el mundo que yo.
No. Incluso parecía ir un paso por delante del mundo.
Lo admiraba, pero también lo envidiaba. No me hacía ilusiones sobre si había tenido un gran éxito en la vida, pero hasta que no había entrado en contacto con la Sociedad de Osiris, no me había considerado un fracasado.
Ahora, al compararme con Maundeville —¿y cómo podría evitarlo?
—, me sentía humillantemente consciente de todo lo que yo no era… y nunca sería.
—Está usted muy callado —dijo de repente Maundeville—. ¿Está molesto conmigo por alguna razón?
—No. Molesto conmigo mismo… —En ese momento, me molesté de verdad conmigo mismo, pues recordé que debería haber tenido otro documento en el fajo de papeles que llevaba.
Como no había ningún vehículo a mano, tomamos un atajo por las callejuelas hasta mi piso, mientras Maundeville observaba y comentaba a nuestro paso, como era su costumbre.
Justo estaba hablando de la grácil manera de moverse de una niña de unos diez años con las piernas desnudas, que se nos adelantó ágilmente con su pliego de noticias y su fajo de periódicos matutinos, cuando la pequeña sufrió un percance.
Un tipo con el rostro lleno de cicatrices y tatuajes, con aspecto de marinero extranjero, se interpuso de repente en su camino con indolencia.
La niña se chocó contra él y le tiró una pipa de la mano.
Esta tintineó y se rompió en el pavimento.
Él la miró fijamente un instante y luego le dio un fuerte golpe en el lateral de la cabeza.
La niña cayó en la calle con un grito y yo, que estaba más cerca del bordillo, logré apartarla por sus faldas raídas de las ruedas de un camión que pasaba.
Para cuando volví a enderezarme, el hombre estaba despatarrado en el suelo. Maundeville lo había derribado de la acera a la calzada de un golpe, donde yació unos segundos como aturdido, y luego se irguió sobre un codo.
La caída de la niña había detenido el tráfico cercano y el individuo estaba a salvo. Un instante después, se puso en pie tambaleándose. Vi cómo se llevaba la mano derecha al costado, una mujer chilló desde una ventana por encima de nuestras cabezas y se abalanzó sobre Maundeville.
La niña seguía colgando de mis brazos como un peso muerto y yo no podía hacer nada, pero Maundeville parecía perfectamente capaz de cuidar de sí mismo.
Algo en la mano derecha del individuo destelló en dirección a la garganta de Maundeville, pero él se esquivó hacia la izquierda, al tiempo que golpeaba el brazo derecho del hombre con el suyo.
Giró sobre sí mismo, lo agarró por la nuca con la mano izquierda y le sujetó la pierna izquierda con la derecha.
Cayó sobre una rodilla y pareció lanzar al canalla hacia delante.
Se oyó un estruendo feroz cuando la cabeza del hombre se estrelló contra el escaparate de una tienda y, acto seguido, quedó inmóvil en la acera.
Al instante se formó un gentío, pero Maundeville se abrió paso rápidamente a través de él hasta llegar a la niña, que se soltó de mis brazos para ponerse de pie.
—Está bien, ¿verdad? —preguntó—. ¡Eh, pequeña! ¿Serías capaz de echar a correr si te diera medio soberano?
La niña levantó la vista y, tras pensárselo un instante, asintió con la cabeza, lanzando una mirada a su alrededor.
—¡Toma, entonces! Huye en cuanto veas la oportunidad. Aquí tienes mi tarjeta. Ven mañana para que vea que estás bien.
—Pero… —empecé, tratando de agarrarla de nuevo.
La niña se agachó para morder la moneda y se escabulló. No pude retenerla. Alguien tropezó conmigo y la multitud empujaba y gritaba por todas partes. La niña, escurridiza como una anguila, había desaparecido por completo.
Maundeville estaba de espaldas a mí; al cabo de un momento, vi que se abría paso hacia la puerta de la tienda, donde un policía vigilaba al hombre agredido, que ahora estaba sentado y miraba a su alrededor con estupor.
—Ha intentado apuñalar al caballero —gritó una voz chillona entre la multitud—. ¡Yo lo he visto!
—Tonterías, seguro que no —dijo Maundeville—. Creo que la señora se equivoca, agente.
—He visto el sol reflejándose en él.
—Un brazalete, creo —sugirió Maundeville—. El individuo lleva uno.
El agente miró y encontró uno, pero no pareció del todo satisfecho. En ese momento, un segundo agente, que se había acercado, registró la ropa del lascar y no encontró nada, salvo una o dos monedas y una especie de amuleto.
—Al tipo se le ha pasado la borrachera —dijo Maundeville—, y la niña está más asustada que herida.
Vaya, ¿adónde se ha ido? —Miró a su alrededor, pero, como era de esperar, no vio ni rastro de la muchacha—.
Bueno, eso demuestra que no le ha pasado nada grave y me niego a presentar cargos. Le echaré un sermón a este hombre.
Le habló bruscamente al lascar durante un minuto en una lengua extranjera que, evidentemente, el hombre entendió, pues respondió con bastante humildad.
—Creo que es mejor dejarlo marchar —concluyó—. Vamos, Armiston. Llegaremos tarde.
Me apartó de allí y, tras un momento de vacilación, el policía dejó marchar al hombre.
Maundeville charló alegremente hasta que llegamos a mis aposentos.
—Será mejor que le eche un vistazo a mi hombro —dijo entonces; me volví hacia él y le quité la capa y el abrigo en un santiamén. Tenía un rasguño sobre la inserción del deltoides en el brazo derecho, y la camisa y el chaleco de seda se le habían pegado a la herida.
—Entonces sí que había un cuchillo. —Traté la herida con presteza.
—El brazalete debía de tener un borde afilado —sugirió Maundeville con seriedad, y luego se echó a reír—. A esos zotes no se les ocurrió registrarme a mí. —Sacó una navaja larga de un bolsillo interior y la sostuvo en alto para que la inspeccionara.
Me lo quedé mirando, boquiabierto. —¿Por qué demonios iba a ocultar usted eso?
—Supongo que habríamos tenido que presentarnos en la comisaría más cercana esta noche y en el juzgado mañana por la mañana.
—Sonrió—. Ninguno de los dos tenemos tiempo para eso.
Será mejor que le dé a ese rasguño un buen lavado antiséptico, supongo.
Sin duda, el individuo ha usado ese cuchillo para todo, desde limpiar pescado hasta cortar Hachís. Apestaba a ambas cosas.
—Está usted loco, Maundeville. Podría haberle abierto el vientre en canal.
—Tonterías. Mi capa de piel me ha salvado. —Sonrió con amargura—. También ha hecho que fuera terriblemente lento.