La Maldición del Escarabajo Azul Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

«SHE IS FAR FROM THE LAND»

A quien vi primero, y quien me vio primero a mí, fue a la señorita Hennessey.

Estaba sentada en una tarima, como creo que los artistas llaman a la plataforma elevada sobre la que posa un modelo, e inclinada hacia delante, escuchando a Maundeville.

Él estaba de espaldas a mí, de pie ante un caballete, pintando mientras hablaba.

La señora Vavasour estaba plácidamente ocupada en tejer alguna labor de fantasía y, cerca de ella, había una mesita de té con una bandeja, pasteles, tazas, etcétera.

Mi torpe entrada rompió el hechizo de aquella acogedora domesticidad.

Como es natural, la señorita Hennessey cambió de postura y me miró por encima del hombro de Maundeville.

Él se dio la vuelta bruscamente para ver quién la había molestado, y la señora Vavasour dejó caer su labor y se subió las gafas para observarme.

Maundeville fue el primero en hablar y me saludó como si no solo fuera bienvenido, sino esperado.

— Ben venuto ! —exclamó, acercándose a mí—. Justo el hombre que necesitábamos. ¡Un crítico imparcial!

—Me habían dicho que no estaba —exclamé—. Es cierto que fue hace un rato, pero no oí a nadie.

Maundeville me dedicó una radiante sonrisa e interrumpió mis disculpas.

—¡Está usted dando un testimonio no solicitado de mi invento!

—dijo—. Claro que no oyó a nadie. ¿Acaso puedo evitar alegrarme de verle?

¡No se vaya! Recuerdo que ya conoce a la señorita Hennessey.

Doctor Armiston…, la señora Vavasour. ¿Ha tomado el té?

Dije que Bates me había ofrecido, pero lo había rechazado.

—Ah, ¿ha estado entre los libros? —prosiguió Maundeville, cogiendo un pincel de nuevo—. Vamos, señorita Hennessey, todavía nos queda una buena media hora de luz, y sé que un espectador no la molestará a usted.

Mientras Maundeville jugueteaba con su paleta, yo miré a la señorita Hennessey, tratando de descifrar por su rostro si quería que me fuera o que me quedara. Sonrió como si no tuviera ninguna objeción.

—Nos han pillado con las manos en la masa —dijo Maundeville con desenfado, retrocediendo un poco de su caballete y alternando la mirada entre este y la señorita Hennessey—.

Me temo que no podemos darle el pego al doctor, señorita Hennessey, y tampoco podemos ejecutarlo.

Propongo hacerle jurar que guardará el secreto, después de confesarlo todo.

—Con toda honestidad, no he mirado el caballete —dije—, y no quiero que me cuenten nada. Prometo olvidarlo.

—Qué poco halagador para la modelo y el artista —declaró Maundeville, volviendo al lienzo. Desde donde estaba sentado, cerca de la mesita de té, yo solo podía ver el borde del cuadro.

—Oh, pero tiene que ver el cuadro, doctor —añadió la señora Vavasour—. Es precioso.

—El caso es que… —Maundeville hablaba con frases lentas y entrecortadas mientras pintaba—…

se ha topado usted con una terrible conspiración.

¡Mire un poco más hacia abajo, por favor, señorita Hennessey!

—Maundeville prestó toda su atención al lienzo, mientras yo charlaba con la anciana, o más bien la escuchaba, y trataba de observar discretamente a la señorita Hennessey.

Estaba sentada en un taburete, con un codo en la rodilla y la barbilla en la mano. Llevaba un vestido escotado de seda verde y de corte bohemio. Tenía un pequeño estampado de tréboles en otro tono de verde. Lucía esmeraldas en su pelo rojizo y alrededor del cuello.

Desde mi posición no podía verle bien la cara, pero sí distinguía las curvas de la mejilla y la barbilla, el cuello juvenil y el brazo torneado, y recordé una vez más lo sumamente hermosa que era.

Sabía que era atractiva, pero esto iba más allá.

No era de extrañar que todos los jóvenes relacionados con este asunto estuvieran embelesados hasta el punto de legarle su patrimonio.

Entretanto, Maundeville trabajaba con ahínco, a veces conversando un poco con la señorita Hennessey, a menudo simplemente mirándola con atención, dando un toque aquí y allá en el lienzo, con la boca fruncida en concentración, sus ojos vivaces moviéndose, unas veces con descontento, otras con una mirada de satisfacción, de la modelo al lienzo y viceversa.

Incluso en esta habitación, con sus grandes lucernarios orientados al norte, empezaba a caer la tarde.

Pero él siguió trabajando, ansioso, suponía uno, por fijar y rematar una pose o una expresión en particular.

Arrojó el pincel.

—¡He terminado! —dijo—. Puedes bajar de tu tarima.

La señorita Hennessey se desperezó, se levantó lentamente de su asiento y, cogiendo la mano que Maundeville le tendía, bajó al suelo. Se acercó a la mesita de té y me ofreció la mano, saludándome con su franqueza característica.

Repetí mis disculpas por haberlos interrumpido.

—Pero va a tener que justificarse —dijo ella—. El profesor Maundeville quiere un crítico. —Se volvió a medias hacia Maundeville, que se había dejado caer en una silla frente al caballete y se había quedado contemplando su obra.

Parecía estar de un humor inhabitualmente serio, para él, y durante unos minutos no habló ni nos prestó atención alguna, sino que permaneció inmóvil, con todos sus pensamientos concentrados en lo que había hecho.

Su cabeza se recortaba contra una pieza de tela blanca que colgaba en la pared detrás de él.

Su pelo cano, espeso y corto no ocultaba la hermosa forma de su cráneo.

Su rostro, muy bronceado, su nariz aguileña y algo prominente y su barbilla audaz destacaban con elegancia sobre el fondo blanco.

Sin duda era un hombre de ciencia moderno, pero sentado allí no daba esa impresión.

—¿Es usted artista? —le pregunté en voz baja a la señorita Hennessey—. Si es así, ahí tiene un modelo para usted, a su vez.

Lo miró con atención, pero negó con la cabeza. —No se me ocurre —dijo—. ¿Cómo titularía usted el cuadro?

La caída de los reyes , pensé. —No lo sé —dije.

—Yo tampoco. —Algo en su voz me hizo volverme para mirarla mientras se dirigía hacia la señora Vavasour.

Justo después de eso, Maundeville se movió, le echó un último y largo vistazo a su obra y luego se unió a nosotros.

—Puede echar un vistazo si quiere —me dijo, y todos cruzamos la estancia y nos paramos frente al cuadro. Maundeville se recostó a un lado del caballete, de cara a nosotros, tal vez para juzgar nuestro veredicto por nuestros rostros.

Desde luego, me quedé muy asombrado por lo que había hecho.

En el cuadro, la señorita Hennessey estaba sentada en el taburete que había usado en la tarima, mirándonos directamente, pero con los ojos bajos. Una mano sostenía a medias un arpa; la otra caía a su costado.

Era como si la desdicha la hubiera arrollado mientras tocaba y la hubiera dejado desamparada. En el fondo no había nada más que unos pocos rostros sombríos: meros fantasmas. El pelo rojo estaba pintado con gran belleza; la soledad y la melancolía de la figura eran maravillosas, sobrenaturales.

No pude evitar pensar que Maundeville tenía una naturaleza más compasiva de lo que yo le habría atribuido, para ser capaz de crear algo tan hermoso.

—Bueno, ¿qué opina? —preguntó.

—No lo sé. Parece… She is far from the land . —Ni siquiera estaba seguro de lo que quería decir con eso, pero debió de agradarle, pues me sonrió con el mejor de los humores, a pesar de que mi opinión sobre un cuadro cualquiera no vale dos peniques.

Cuando las dos damas salían del estudio, la señora Vavasour recordó de repente que se había dejado el bolso en la mesita del té. Hice ademán de ir a por él, pero Maundeville se me adelantó.

A medio camino entre la mesa y la puerta donde esperaban las damas, nos sobresaltó con un grito inarticulado.

Saltó hacia la muchacha como un gato, cubriendo el espacio que quedaba entre él y la puerta, y la fuerza de su embestida empujó a la señorita Hennessey hacia la galería exterior.

Inmediatamente después de chocar contra ella, medio tropezó, medio se arrojó de lado al suelo y, en el mismo instante, un busto que había estado sobre la puerta en una pequeña ménsula cayó junto con ella, rozándole el hombro, y se hizo añicos en el suelo.

Yació un instante, luego se levantó, muy pálido y conmocionado.

Me acerqué a él, pero me apartó con un gesto.

—Estoy bien. Mire a ver si le he hecho daño —me dijo. Se dejó caer en un sofá cercano a la puerta y hundió la cabeza entre las manos.

Fuera, en la galería, la señora Vavasour, más bien como una gallina alterada, le suplicaba innecesariamente a la señorita Hennessey que no se asustara.

La muchacha había sido lanzada contra la pared del lado opuesto de la galería y estaba sentada en el suelo, medio riendo.

Los bucles de su melena pelirroja se le habían soltado y le caían sobre la cara.

—¿Está usted herida? —le pregunté.

—No —dijo—. ¿Me echa una mano?

La ayudé a levantarse mientras la señora Vavasour parloteaba y revoloteaba a su alrededor, arreglándole el pelo.

—Algo se ha caído, ¿verdad? ¿Y él lo ha visto venir? —La señorita Hennessey se apoyó en la pared y miró a través de la puerta los escombros en el suelo del estudio—. ¿Dónde está el profesor Maundeville? ¿Se ha hecho daño?

Encontramos a Maundeville sentado donde lo había dejado. Se levantó con una risa al vernos, aunque todavía parecía extraordinariamente pálido.

—Tengo que darle las gracias —empezó la muchacha—. De verdad, de todo corazón. —Miró hacia arriba y, evidentemente, entonces se dio cuenta de que el busto había caído desde una altura considerable.

—Podría haber sido bastante grave, ya veo —dijo en voz baja—. Le estoy muy agradecida, profesor Maundeville. Espero que no esté muy herido. ¡Por favor, siéntese otra vez!

Maundeville se sentó, pero hizo todo lo posible por quitarle importancia al asunto.

—Si está segura de que me perdona mi forma de despedir a una invitada —dijo, con una sonrisa caprichosa—, intentaré perdonarme a mí mismo. Oh, sí, estoy bien… Solo asustado.

—Pues no lo parece —insistió la señorita Hennessey.

Pero Maundeville se negó a responder en serio. —Sin pretender valorar su sesera en peligro —dijo—, ¡piense en el daño a mi reputación de hospitalidad!

La muchacha lo estudió con aire dubitativo, pero entonces intervino la señora Vavasour.

—Debemos dejar que el profesor descanse después de su heroico esfuerzo, querida mía.

—Y añadió con cierta rigidez—: Debes recordar que tú también has sufrido una sacudida muy fuerte.

Era obvio que la buena señora pensaba de algún modo que el asunto debería haberse gestionado con más decoro.

La muchacha y Maundeville intercambiaron miradas divertidas.

—Una sacudida muy fuerte, me temo —convino Maundeville—. He sido terriblemente brusco. ¡Solo puedo alegar inexperiencia! —Todos reímos, incluso la señora Vavasour, aunque lo hizo con cierta vacilación.

Las damas se despidieron de nuevo, y esta vez se marcharon sin más percances, y yo con ellas. Maundeville las acompañó hasta su carruaje. Lo dejé en el bordillo de la acera, viéndolas alejarse, y aunque insistía en que estaba bien, seguía pareciendo muy pálido bajo el bronceado.